Una lengua no es un evento

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Mientras UNESCO debate la IA y el patrimonio vivo, voces indígenas de México defienden el derecho colectivo a decidir qué tecnologías utilizar para sus lenguas.

·AIthropology Lab

El 15 de octubre, UNESCO dedica una sesión de sus TechCul Dialogues a la inteligencia artificial y el patrimonio cultural inmaterial. La convocatoria reconoce el riesgo de fijar o apropiarse de prácticas que permanecen vivas gracias a quienes las sostienen. Desde México, las reflexiones de Yásnaya Elena Aguilar Gil y distintas experiencias de activismo digital indígena amplían el debate hacia los derechos lingüísticos y la autonomía tecnológica. Decidir si una lengua debe incorporarse a un modelo de IA, y bajo qué condiciones, también forma parte de su futuro.

La sesión del 15 de octubre, de 9:00 a 11:00, hora peninsular española, forma parte de una serie de la Oficina Regional de UNESCO para Asia Oriental sobre IA y cultura en Asia oriental y sudoriental. La modera Harriet Deacon, de la Universidad de Hull, y tres de sus cuatro ponentes proceden de universidades chinas. La convocatoria plantea cinco preguntas. Examina cómo compaginar la documentación asistida por IA con el carácter vivo del patrimonio, cómo participaron las personas depositarias de esos conocimientos en el diseño y la gobernanza de las aplicaciones, y qué protocolos de protección de datos y respeto cultural se adoptaron para evitar la apropiación o la descontextualización. Pregunta también si las aplicaciones contribuyeron a la revitalización y al fortalecimiento comunitario, y qué limitaciones técnicas, éticas e institucionales persisten.

Son preguntas necesarias. Que UNESCO las formule reconoce límites que el entusiasmo por digitalizar la cultura viva puede dejar de lado. Aun así, parten de experiencias en las que ya se ha desarrollado una aplicación. La posibilidad de decidir previamente si conviene desarrollar esa tecnología merece un lugar igualmente importante en la discusión.

La lengua no es un evento

Yásnaya Elena Aguilar Gil, lingüista ayuujk de Ayutla Mixe e integrante del colectivo COLMIX, ofrece una provocación útil para leer esa sesión. En una conferencia magistral para FAIR, la red feminista de investigación en IA, sostuvo que la lengua no debería tratarse como cultura en el sentido de manifestación artística, el que la sitúa en los ministerios de cultura junto a la danza, la música o los textiles.

La razón no es que esas prácticas importen menos. Una danza ocurre en un momento. Una lengua no tiene momento propio. Atraviesa el despertar, la discusión, el pensamiento silencioso y hasta los sueños. Por eso Aguilar Gil habla de las lenguas como territorios cognitivos, y de la violación sistemática de los derechos lingüísticos como un despojo de esos territorios.

La distinción tiene consecuencias para la IA. El marco patrimonial piensa en prácticas que se documentan, se salvaguardan y se transmiten. Una lengua puede entrar en ese marco como objeto que conservar. Pero lo que la mantiene viva no es un archivo, sino la vida cotidiana en la que se habla, en la escuela, el hospital, el juzgado o la casa.

Aguilar Gil describe además cómo los Estados han abierto nichos tecnológicos para las lenguas indígenas. Aplicaciones de cuentos, sí. Sistemas de salud, de justicia o de administración pública, no. Para ese fenómeno recoge un término que atribuye a un colega lingüista, glottowashing, aparentar que se atiende la diversidad lingüística sin hacerlo.

El 6 de octubre, Aguilar Gil precisó su posición en una columna de El País. En un mundo no capitalista, escribe, con tecnologías digitales concebidas como bienes colectivos de acceso libre y justo, la inclusión de las lenguas indígenas en la IA ni siquiera se discutiría, porque todas las lenguas tienen el mismo derecho a usarse en todos los espacios. Aguilar Gil sitúa así la revitalización lingüística en el marco de las relaciones económicas que condicionan el desarrollo tecnológico. A su juicio, lo que está en juego es si «refuncionalizamos nuestras lenguas para que vehiculen el sistema capitalista». Advierte que, si no se dice con claridad, quienes dudan de la IA como herramienta de revitalización pueden parecer simples tecnófobos. Y deja abierta una pregunta difícil, cómo hacer una revitalización anticapitalista sin caer en un purismo que paralice.

Que la máquina hable no revitaliza

El 17 de septiembre, un reportaje de Arlette Xitlali Morales Diego para Animal Político reunió a personas hablantes y especialistas de distintas lenguas de México ante ese mismo debate. Kiado Cruz, comunicador e investigador zapoteco de Yagavila, contó que al hablarle en su lengua a un asistente de IA recibió una disculpa por no entenderle. Ximena Gutiérrez, lingüista computacional e investigadora del CEIICH de la UNAM, explicó que lo que apenas aparece en los datos de entrenamiento difícilmente se aprende, y que el problema no se resuelve solo con la computadora.

La advertencia más precisa vino de Marco Martínez, activista ayuujk de Rising Voices y COLMIX. Según el reportaje, Martínez considera que la discusión suele desviarse hacia una creencia falsa, la de que una lengua se revitaliza automáticamente cuando una IA la aprende. Esa creencia aparta la atención de lo que de verdad sostiene una lengua, la planificación lingüística y la transmisión entre generaciones. Su formulación es tajante. «De nada sirve que la lengua esté ahí si el código no es nuestro».

En el mismo reportaje, Aguilar Gil daba por rota la promesa de un mundo digital lingüísticamente diverso y preguntaba si la IA es necesaria sabiendo que consume agua, energía y minerales. La respuesta, sostenía, tiene que darse desde las comunidades.

Antes del modelo, la deliberación comunitaria

Esa insistencia en quién decide tiene una genealogía. Desde la Sierra Mixe y la Sierra Juárez de Oaxaca, Floriberto Díaz y Jaime Martínez Luna desarrollaron la noción de comunalidad, una forma de vida compartida que articula territorio, asamblea, servicio, trabajo colectivo y fiesta. Lo comunal no comienza con un recurso que administrar en común. Comienza con una comunidad que decide sobre su territorio.

Aguilar Gil traslada esa lógica a la tecnología. Del tequio, el trabajo colectivo y recíproco para un bien común, deriva la idea de tequiología, una tecnología pensada desde la reciprocidad y fuera de la lógica de las patentes. Recuerda que la milpa también es tecnología y que nadie paga una licencia por sembrarla. Y menciona el Sumak Kawsay entre las maneras en que distintas lenguas nombran el buen vivir frente a la idea de progreso.

Rising Voices ha llevado esa orientación a la práctica. Entre abril y mayo de 2026 organizó en Chiapas un programa sobre IA, rendición de cuentas y autodeterminación indígena. Del 5 al 7 de mayo, en San Cristóbal de las Casas, quince activistas digitales hablantes de tsotsil, tseltal y ch’ol discutieron si querían relacionarse con la IA y de qué manera. La alfabetización sobre estos sistemas se planteó como punto de partida, y una preocupación recurrente fue la falta de información sobre qué hacen con los datos que recogen.

El 3 de octubre, la organización abrió una convocatoria equivalente para hablantes de lenguas indígenas de Oaxaca. La facilitan Kiado Cruz, Ximena Gutiérrez y Tajëëw Díaz Robles, mixe de Tlahuitoltepec e integrante de COLMIX. Y empieza por lo que no hará. «No te enseñaremos a usar herramientas de IA para crear contenido en lenguas indígenas». Las postulaciones cierran el 20 de octubre.

La secuencia importa. Primero, información y deliberación colectiva. Después, una herramienta, si así se decide.

Lo que la ética global dejó fuera

El 6 de octubre, la revista AI and Ethics publicó un artículo de Dorine Eva van Norren, investigadora de la Universidad de Leiden asociada al grupo de investigación sobre decolonialidad de la Universidad de Pretoria, que compara la Recomendación de UNESCO sobre la ética de la IA con los principios del Buen Vivir. Su reconstrucción del proceso de redacción aporta un dato revelador. El primer borrador incluía un valor de «vivir en armonía y paz» que varios Estados miembros objetaron por la ambigüedad del término armonía y sus posibles implicaciones para los derechos humanos. Terminó reformulado como «vivir en sociedades pacíficas, justas e interconectadas». La referencia a la armonía con la naturaleza desapareció de ese principio, aunque la Recomendación conserva compromisos ambientales en otros apartados.

La misma Recomendación anima a los Estados a considerar, cuando proceda, el uso de IA para preservar lenguas y conocimientos indígenas mediante enfoques participativos, y reconoce la autogobernanza de los datos de los pueblos indígenas. Van Norren observa que estos pueblos aparecen en el texto como comunidades separadas que requieren protección, mientras sus valores apenas entran en los principios que rigen para todos.

Leído desde Oaxaca, el problema se desplaza todavía un poco más. La Recomendación contempla la IA como un instrumento posible de preservación. Las reflexiones de COLMIX y Rising Voices añaden el derecho a deliberar colectivamente sobre su conveniencia y sus condiciones.

El consentimiento también es trabajo

En el radar del 14 de octubre, El resto de la delegación, abordamos un hallazgo de Samuel Oluwatobi Atiku sobre los sistemas que redactan notas de consultas médicas. Su análisis de documentos regulatorios sostiene que el consentimiento y la posibilidad de rechazar estas herramientas requieren vías alternativas dotadas de recursos. Una negativa formal difícilmente constituye una opción efectiva si faltan medios para sostenerla.

La escala cambia y el mecanismo se parece. Para que una comunidad pueda negarse a que su lengua entre en un modelo, o aceptar en sus propios términos, necesita condiciones similares a las que el trabajo de Rising Voices busca fortalecer. Información, tiempo, espacios de deliberación y una alternativa que funcione. Sin esas condiciones, el consentimiento comunitario puede reducirse a un trámite.

Las cinco preguntas de la sesión del 15 de octubre siguen siendo necesarias. La experiencia de las comunidades añade otra, anterior al diseño de cualquier aplicación. ¿Quién decide que una lengua necesita una máquina y con qué medios cuenta para rechazarla? Aguilar Gil cierra su conferencia sin una respuesta única. Propone tequiologías múltiples, tradiciones tecnológicas diversas y futuros que no tienen por qué medirse con una sola noción de progreso.

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