Nokia · El sisu que no cabía en un bolsillo estadounidense

De las botas de goma al SMS, del T9 a Asha y de la caída del negocio móvil a las redes de IA. Una historia sobre Nokia, Finlandia y el desplazamiento del poder tecnológico.

·AIthropology Lab

Nokia no solo fabricó teléfonos. Durante unos años fabricó una posibilidad: que una de las tecnologías que estaban reorganizando la vida cotidiana de miles de millones de personas no tuviera su centro en California, Seattle o Nueva York, sino en Finlandia, un país pequeño situado durante siglos en una frontera política y cultural incómoda con Rusia.

Antes de convertirse en un rectángulo que llevábamos en el bolsillo, Nokia había sido pulpa de madera, cable, caucho y botas para caminar sobre nieve y barro. Después fue radio, telefonía, SMS, cámaras, pequeños ordenadores conectados a Internet y algunos de los teléfonos más vendidos de la historia. Luego cayó. O, mejor dicho, cayó la Nokia que conocíamos.

Porque Nokia sigue existiendo. En 2026 ya no pelea principalmente por el espacio de nuestros bolsillos, sino por una capa mucho menos visible y quizá más importante del mundo tecnológico. Construye redes por las que circulan nuestros datos y, cada vez más, la inteligencia artificial.

Contar Nokia permite contar algo mayor. Cómo una tecnología se convierte en cultura, cómo los objetos modifican nuestras maneras de escribir, fotografiar, conversar, comerciar y recordar, cómo una máquina concebida en Finlandia puede adquirir usos inesperados en Kenia, India o Brasil y cómo el poder tecnológico puede desplazarse desde quien fabrica el objeto hacia quien controla el sistema operativo, la plataforma, los datos, la nube o la infraestructura.

Esta no es, por tanto, una historia sobre teléfonos antiguos. Es una historia sobre dónde reside el poder cuando una sociedad se vuelve tecnológica.

Primero fueron las botas

Nokia nació mucho antes de que alguien pudiera imaginar un teléfono móvil. En 1865, el ingeniero Fredrik Idestam abrió una fábrica de pulpa de madera en Finlandia. Aquella empresa terminaría confluyendo con Finnish Rubber Works, fabricante de botas, neumáticos y otros productos de caucho, y Finnish Cable Works, dedicada a cables eléctricos y telefónicos. De aquel entramado industrial surgiría en 1967 la Nokia Corporation moderna.

Contemplada desde un Lumia 1020, la genealogía resulta casi desconcertante. Pero contiene una pista. Nokia nunca tuvo una esencia tecnológica concreta. Su especialidad histórica fue cambiar de forma, de madera a caucho, del caucho al cable, del cable a la electrónica y de la electrónica a la comunicación.

Detrás de esa transformación estaba Finlandia.

Vivir al lado de Rusia

Finlandia tampoco puede explicarse sin hablar de su posición geográfica. Durante siglos formó parte de Suecia. En 1809 pasó a integrarse en el Imperio ruso como Gran Ducado autónomo. Conservó instituciones propias y desarrolló durante aquel periodo buena parte de las estructuras que posteriormente facilitarían la construcción de un Estado independiente.

La Revolución rusa abrió la siguiente grieta histórica. Finlandia declaró su independencia el 6 de diciembre de 1917. El gobierno bolchevique encabezado por Lenin reconoció formalmente la separación semanas después. La independencia no inauguró una historia tranquila. Llegaron la guerra civil finlandesa y, dos décadas más tarde, la Guerra de Invierno de 1939-1940 tras la invasión soviética.

Décadas después, la relación con Rusia produjo una escena mucho menos traumática y casi perfecta para esta historia. En octubre de 1989, Mijaíl Gorbachov utilizó en Helsinki un Mobira Cityman para llamar a Moscú. El modelo, lanzado por Nokia-Mobira en 1987, quedó asociado desde entonces al sobrenombre finlandés de «Gorba». La misma frontera histórica que había condicionado durante generaciones a Finlandia aparecía ahora atravesada por una tecnología móvil finlandesa.

En ese paisaje histórico aparece constantemente una palabra que Finlandia utiliza para hablar de sí misma, sisu.

Traducirla simplemente como resistencia o perseverancia resulta insuficiente. Emilia Lahti la estudia como una forma de fortaleza que aparece especialmente cuando una persona se enfrenta a una adversidad que parece superar los recursos que creía poseer. Pero contiene una ambivalencia especialmente útil para pensar Nokia. La perseverancia puede convertirse en obstinación. Continuar no siempre significa acertar y, en ocasiones, la capacidad de resistir impide reconocer cuándo una estrategia debe abandonarse.

El sisu no significa permanecer siempre igual. Pero tampoco garantiza saber cuándo cambiar.

Finlandia también tenía antropología

Existe una resonancia intelectual poco conocida. Durante aproximadamente medio siglo, Finlandia desarrolló una tradición de sociología y antropología social alrededor de Edvard Westermarck, figura fundacional de la sociología finlandesa y con una influencia considerable en la London School of Economics. Su escuela se interesó por la comparación, la etnografía y por los procesos mediante los cuales surgen y se transforman los fenómenos sociales. Otto Pipatti ha reconstruido recientemente aquella tradición en The Origins of Human Social Nature: Westermarckian Sociology and Social Anthropology.

No hay una genealogía que lleve de Westermarck a Nokia. Hay algo más modesto y quizá más sugerente: una tradición finlandesa de observar cómo cambian las formas sociales y una empresa que, décadas después, contribuyó a cambiar algunas de ellas.

Europa inventa un idioma común para los teléfonos

Antes de Nokia hubo otro protagonista imprescindible, el estándar.

A principios de los años ochenta Europa estaba fragmentada entre redes móviles incompatibles. GSM surgió precisamente para construir una tecnología común. El 7 de septiembre de 1987, quince miembros de trece países firmaron en Copenhague el Memorandum of Understanding que conduciría al despliegue del nuevo estándar paneuropeo.

Aquello era mucho más que ingeniería. Era política tecnológica. La existencia de un estándar interoperable permitió producir economías de escala, roaming y terminales capaces de atravesar fronteras.

Finlandia quedó en el centro de aquel momento. El 1 de julio de 1991 se realizó la primera llamada oficial GSM. El entonces primer ministro finlandés Harri Holkeri llamó desde Helsinki a Kaarina Suonio, vicealcaldesa de Tampere, utilizando infraestructura desarrollada por Nokia para la red de Radiolinja.

Años después, Pekka Lonka, ingeniero de Nokia, contó que había realizado una llamada de prueba unas horas antes para comprobar que la red funcionaba correctamente. Las conexiones se habían ensayado incluso con anterioridad. La ceremonia y el trabajo técnico que la hace posible no siempre coinciden en el mismo momento.

No fue únicamente una demostración técnica. Un estándar europeo estaba empezando a convertirse en infraestructura global. El teléfono dejaba de pertenecer a un lugar y empezaba a pertenecer a una persona.

Entonces dejamos de llamar y empezamos a escribir

Quizá esta sea una de las transformaciones culturales de aquella época que peor recordamos. Nokia no inventó el SMS. El servicio surgió dentro del ecosistema colectivo de GSM y el primer mensaje fue enviado el 3 de diciembre de 1992. Lo escribió desde un ordenador el ingeniero Neil Papworth y llegó a un teléfono de Vodafone con dos palabras, «Merry Christmas». La primera escritura de la historia del SMS, curiosamente, todavía necesitó una máquina distinta del móvil para comenzar. Buscar una única persona o empresa inventora simplifica, en cualquier caso, una historia compuesta por estándares, operadoras, fabricantes e ingenierías trabajando simultáneamente.

Pero una tecnología no cambia una sociedad simplemente porque exista. Tiene que convertirse en práctica y volverse cotidiana. Nokia contribuyó enormemente a que el teléfono dejara de ser exclusivamente una máquina para transportar la voz y se convirtiera además en una máquina de escribir.

El cambio parece pequeño desde 2026. No lo era. Permitía escribir mientras se caminaba, mandar unas palabras sin interrumpir a alguien con una llamada, decir algo sin pronunciarlo en voz alta, guardar una conversación, releerla y esperar una respuesta.

El móvil empezó a albergar una nueva forma de presencia junto a una nueva relación con el tiempo. Una llamada exigía sincronía. Dos personas debían encontrarse disponibles aproximadamente al mismo tiempo. El SMS separó presencia y simultaneidad. Permitió estar para alguien sin estar con esa persona en aquel instante, dejar una frase esperando, responder después o retrasar deliberadamente una contestación.

Buena parte de la temporalidad social que hoy asociamos a WhatsApp, Telegram o los mensajes directos comenzó a naturalizarse en aquellas pantallas monocromas.

El 3310 y la conversación escrita móvil

En septiembre de 2000 Nokia presentó el 3310. El modelo y su variante 3330 terminarían alcanzando alrededor de 126 millones de unidades. Pero su interés cultural no está solamente en Snake, la batería o su posterior reputación de teléfono prácticamente indestructible.

Nokia presentó aquel aparato destacando explícitamente una función de chat construida sobre SMS. El teléfono permitía mantener un historial de conversación, utilizar alias, concatenar mensajes y plantear el intercambio escrito de una manera que Nokia comparaba ya entonces con el chat de Internet.

El 3310 heredaba además una identidad sonora que ya se había vuelto parte del paisaje cotidiano. El llamado Nokia Tune procedía de unos compases del Gran Vals del guitarrista y compositor valenciano Francisco Tárrega, escrito en 1902 y convertido por Nokia en tono reconocible desde la década de 1990. Una multinacional finlandesa había transformado unas pocas notas de guitarra española en uno de los sonidos más identificables de la globalización móvil.

Visto desde ahora parece elemental. Visto desde el año 2000 es otra cosa. Todavía no existían WhatsApp, Telegram ni iMessage, pero estaba apareciendo algo que hoy organiza una parte enorme de nuestra vida social, la conversación escrita móvil.

La tecnología produjo nuevas maneras de cortejar, romper relaciones, avisar, mentir, cuidar, organizar una familia, mantener amistades y construir secretos. Los 160 caracteres tampoco fueron solamente una restricción técnica. Produjeron cultura, abreviaturas, emoticonos, códigos compartidos, normas de cortesía y nuevas ansiedades.

¿Cuánto tiempo es razonable tardar en responder? ¿Qué significa que alguien no responda? ¿Llamar o escribir? ¿Contestar inmediatamente demuestra interés o demasiada disponibilidad?

Preguntas que hoy trasladamos a las plataformas contemporáneas tuvieron una vida anterior entre SMS. Nokia no inventó todo aquello, pero ayudó a convertirlo en hábito.

T9, cuando el teléfono empezó a adivinar

Después ocurrió algo todavía más extraño. Nueve teclas tenían que representar un alfabeto entero. La solución tradicional exigía pulsar repetidamente una misma tecla para seleccionar una letra. T9 cambió el gesto.

La tecnología fue desarrollada por Tegic Communications y licenciada a diferentes fabricantes. Nokia no inventó T9, pero sus enormes volúmenes contribuyeron a convertir aquella escritura predictiva en una experiencia cotidiana para millones de personas.

Una pulsación por letra. El sistema observaba la combinación y buscaba en su diccionario cuál era la palabra más probable. De pronto, la máquina participaba en la escritura.

No era inteligencia artificial generativa ni un gran modelo de lenguaje. Sería un anacronismo presentar T9 como una versión primitiva de ChatGPT. Culturalmente, sin embargo, ocurrió algo revelador.

Mucho antes de que una máquina intentara completar nuestra frase, un Nokia intentaba completar nuestra palabra.

El parentesco entre T9 y un modelo de lenguaje no es computacional. Es cultural. Ambos colocan a quien escribe ante una propuesta lingüística producida por una máquina. Podemos aceptarla, rechazarla o corregirla. La diferencia tecnológica es gigantesca, pero el gesto resulta sorprendentemente familiar.

T9 no anticipó técnicamente la IA generativa. Anticipó algo quizá más importante para una antropología de nuestra relación con ella, nuestra disposición cultural a escribir junto a una máquina que intenta adivinar.

Un país de cinco millones fabrica teléfonos para el mundo

En 1998 Nokia se convirtió en el mayor fabricante mundial de teléfonos móviles y mantuvo el liderazgo durante más de una década. En 2007 declaraba aproximadamente un 38 % del mercado mundial y alrededor del 40 % durante el último trimestre del año.

Su peso sobre Finlandia llegó a ser enorme. En torno al cambio de siglo Nokia generaba aproximadamente entre el 3 y el 4 % del PIB finlandés y en torno a una quinta parte de las exportaciones del país. Algunas estimaciones para 2000 llegaron a situar esta última cifra algo por encima del 20 %.

Pero sería un error interpretar aquel éxito como una historia exclusivamente finlandesa o europea. Los teléfonos Nokia estaban en todas partes y una parte creciente de su mercado estaba fuera de Europa y Norteamérica. En el cuarto trimestre de 2007 la compañía registraba sus mayores crecimientos en Oriente Medio y África y en Asia-Pacífico, mientras sus ventas unitarias retrocedían en Norteamérica.

El mundo de Nokia nunca fue solamente Helsinki mirando hacia California. Incluía Lagos, Nairobi, Delhi, São Paulo o Beijing.

Quizá el aparato que mejor lo demuestra no sea el 3310, sino el Nokia 1100. Lanzado en 2003 y considerado el teléfono más vendido de la historia, superó los 250 millones de unidades. Era barato, tenía carcasa antideslizante y resistente al polvo y una función que desde la perspectiva de un smartphone puede parecer secundaria, pero que resultaba decisiva en muchos lugares, una linterna integrada. El 1100 recuerda que la innovación no siempre consiste en añadir capacidad de cómputo. A veces consiste en comprender que una luz en el bolsillo puede tener más valor cotidiano que una función espectacular.

El Nokia que se convirtió en otra cosa en Kenia

Aquí aparece una historia que impide contar la telefonía móvil únicamente desde Europa y Estados Unidos.

En marzo de 2007, Safaricom y Vodafone lanzaron M-Pesa en Kenia. Funcionaba sobre teléfonos 2G básicos y permitía enviar dinero de una persona a otra. Con el tiempo se convirtió para millones de personas en una puerta de acceso a servicios financieros que el sistema bancario tradicional no les había proporcionado.

M-Pesa no fue una innovación de Nokia. Precisamente por eso importa.

Los terminales Nokia formaban parte de la ecología material de aquella telefonía masiva, especialmente en África, Asia y Oriente Medio. Pero lo que las sociedades hacían con esos dispositivos no estaba decidido en Helsinki. Un teléfono concebido para llamar y mandar mensajes podía convertirse en monedero, sistema de transferencias, infraestructura comercial y mecanismo de inclusión financiera.

La innovación ya no residía únicamente en el laboratorio que había diseñado el aparato, sino en quien se apropiaba de él.

Payal Arora ha cuestionado precisamente el supuesto de que las historias de Internet y de la tecnología puedan comprenderse extrapolando las experiencias occidentales al resto del planeta. En The Next Billion Users observa cómo personas de India, China, Brasil, Oriente Medio y otros espacios incorporan las tecnologías desde necesidades, placeres y prácticas que frecuentemente contradicen lo que imaginaron quienes las diseñaron.

Nanjala Nyabola propone desde Kenia otro desplazamiento necesario. La vida digital africana no es una versión retrasada de una historia tecnológica que ya ocurrió en Occidente. Es un espacio político y cultural propio, atravesado por apropiaciones locales, desigualdades, innovaciones y nuevas formas de colonialismo digital.

Mirada así, la expansión de Nokia adquiere otro significado. Finlandia fabricaba una tecnología global, pero el mundo intervenía en su significado.

¿Dónde se fabricaba realmente un Nokia?

La nostalgia tecnológica suele borrar otra geografía, la de la fábrica.

En los años de máxima expansión, la producción de Nokia atravesaba Brasil, China, Finlandia, Alemania, Hungría, India, México, Corea del Sur y, posteriormente, Vietnam, además de una extensa red internacional de proveedores.

Un teléfono Nokia podía incorporar componentes procedentes de múltiples países, diseñarse desde equipos distribuidos internacionalmente y ensamblarse a miles de kilómetros de Finlandia. Un equipo de ETLA, en el marco de una colaboración con el Berkeley Roundtable on the International Economy, estimó después que Nokia capturaba una proporción muy significativa del valor añadido de sus teléfonos y que una parte dominante del valor generado directamente por la compañía seguía registrándose en Finlandia, aunque esa distribución cambiaba según el modelo y su cadena productiva.

Aquí la pregunta antropológica cambia. Ya no importa solo quién inventó el teléfono, sino quién lo montó, dónde se generó y capturó el valor, dónde se utilizó y quién decidió finalmente qué significaba aquella tecnología.

Un Nokia sostenido en Nairobi podía haber sido concebido en Espoo, incorporar componentes procedentes de diferentes continentes, ensamblarse en China o India y terminar participando en una práctica económica que nadie en la sede finlandesa había imaginado.

Eso forma parte del ensamblaje tecnológico.

Antes del iPad hubo una Internet Tablet de Nokia

Nokia tampoco se limitó a perfeccionar teléfonos. En mayo de 2005 presentó el Nokia 770 y anunció explícitamente una nueva categoría, Internet Tablet.

Era un dispositivo basado en Linux con pantalla de 800 × 480 píxeles, Wi-Fi, Bluetooth, navegador, correo electrónico, radio por Internet y RSS. Nokia desarrolló además alrededor de él la plataforma abierta Maemo. No era un teléfono. Era una pequeña máquina concebida principalmente para acceder a Internet.

Después llegarían el N800 y el N810. Cinco años más tarde Apple presentó el iPad.

¿Copió Steve Jobs a Nokia? No podemos sostenerlo. La historia de las tabletas tiene muchos antecedentes y no existe evidencia suficiente para afirmar una copia directa. Sí podemos sostener algo más revelador. Apple no inventó la idea de una tableta conectada a Internet. Nokia comercializaba su propia interpretación de esa categoría desde 2005.

La diferencia no estaba simplemente en quién había llegado antes a una idea. Estaba en quién consiguió convertirla en producto, ecosistema, deseo y mercado. Esa diferencia terminaría siendo decisiva.

La cámara deja de necesitar una ocasión

Nokia entendió muy pronto que el teléfono estaba dejando de ser teléfono. El N90 llevó óptica Carl Zeiss a la gama móvil. Después llegaron el N8 y, en 2012, uno de los experimentos fotográficos más singulares de aquella industria, el Nokia 808 PureView.

Su sensor tenía 41 megapíxeles y utilizaba pixel oversampling. Combinaba información de varios píxeles para producir imágenes de menor resolución y mayor calidad, además de permitir zoom, recorte y reencuadre. La tecnología reaparecería después en los Lumia.

Pero reducir esa historia a una carrera de megapíxeles sería perder lo esencial. Nokia estaba participando en otro cambio antropológico. La cámara dejó de ser un objeto que llevábamos porque pensábamos fotografiar algo. Pasó a ser un objeto que llevábamos siempre.

Con ello cambió nuestra relación con el acontecimiento. Empezamos a fotografiar no porque hubiéramos preparado una cámara, sino porque la cámara ya estaba allí. Entró en la comida, el viaje cotidiano, el nacimiento, la protesta, la violencia, el accidente y aquello que no sabíamos de antemano que necesitaríamos recordar.

El problema no era construir teléfonos

Y entonces llegó 2007.

El iPhone cambió la definición de smartphone. Android extendió rápidamente un modelo alternativo y la competencia dejó de concentrarse fundamentalmente en radio, miniaturización, batería, resistencia o cámara.

La batalla empezó a librarse en otra capa.

La plataforma.

Y una plataforma no era simplemente un sistema operativo. Era la tienda de aplicaciones, las cuentas, los servicios, los desarrollos de terceros, los pagos, los datos, la nube y la capacidad de decidir qué software podía circular por todo ese ecosistema y bajo qué condiciones.

Nokia seguía siendo especialmente buena fabricando teléfonos cuando el mercado dejó de ser únicamente un mercado de teléfonos. Symbian, una de sus mayores fortalezas, se convirtió progresivamente en una arquitectura difícil de adaptar al nuevo paradigma.

La compañía no permaneció pasiva. Ovi intentó reunir tienda, mapas, correo y otros servicios; Maemo y después MeeGo exploraron otra vía técnica; el N9 mostró hasta dónde podía llegar esa apuesta; y la familia Lumia ofrecería después algunos de los mejores dispositivos construidos alrededor de Windows Phone. El problema no era la ausencia de innovación. Era convertir toda esa innovación en un ecosistema coherente y suficientemente atractivo para personas usuarias, desarrolladoras y empresas.

Aquí vuelve el sisu. La misma persistencia que permite atravesar una situación aparentemente imposible puede dificultar abandonar aquello que ha dejado de funcionar.

Decir que Nokia cayó porque no sabía innovar sería casi invertir los hechos. Nokia innovó muchísimo en fotografía, mensajería, ordenadores móviles, interfaces y redes. El problema fue no controlar suficientemente el nuevo sistema dentro del cual aquellos objetos adquirían valor.

Microsoft compró los teléfonos, no Nokia

En febrero de 2011, Stephen Elop, antiguo ejecutivo de Microsoft convertido en CEO de Nokia, describió la situación mediante la famosa imagen de la “plataforma en llamas”. Pocos días después Nokia apostó estratégicamente por Windows Phone.

En 2013 Microsoft anunció la adquisición de prácticamente todo el negocio Devices & Services. Conviene decirlo con precisión. Microsoft no compró Nokia. Compró su negocio de dispositivos y servicios. La operación, valorada en 5.440 millones de euros, se completó el 25 de abril de 2014. Nokia Corporation siguió existiendo.

El resultado fue devastador para la aventura telefónica de Microsoft. En julio de 2015 la compañía anunció un deterioro contable de aproximadamente 7.600 millones de dólares relacionado con los activos adquiridos a Nokia y una profunda reestructuración del negocio.

La Nokia que había conquistado el bolsillo prácticamente desapareció. Pero Nokia no.

Una antropóloga articuló la otra mitad de la historia de Nokia

Hay, sin embargo, un ensamblaje entero que la historia de la caída suele dejar fuera. Dónde vivía realmente una parte enorme de la base de personas usuarias de Nokia.

Mientras la guerra de los ecosistemas se desarrollaba entre Cupertino, Mountain View y Redmond, la escala cotidiana de Nokia seguía sosteniéndose en India, África, el Sudeste asiático y América Latina.

Precisamente en 2011, el año del memorando de la «plataforma en llamas» y de la apuesta por Windows Phone, Nokia presentó en Londres otra estrategia. Se llamaba Asha.

El nombre significa «esperanza» en hindi. La primera familia, Asha 200, 201, 300 y 303, fue presentada en Nokia World en octubre de 2011 y estaba dirigida explícitamente a lo que Nokia llamaba the next billion, los siguientes mil millones de personas que accederían a Internet mediante un dispositivo móvil.

Quien presentó los nuevos Asha en el escenario de Nokia World fue Blanca Juti, entonces vicepresidenta de marketing de Mobile Phones. Las crónicas en directo de aquel 26 de octubre la sitúan sustituyendo a Elop sobre el escenario para hablar de los mercados de alto crecimiento, la brecha digital y la nueva familia de terminales.

Juti nació en México y posee nacionalidad mexicana y finlandesa. En una entrevista publicada en 2020 explicó que su primer título en Cambridge fue en Antropología Social, seguido de un MPhil en Historia y un doctorado en Literatura. L’Oréal, en su biografía corporativa, confirma además que trabajó cinco años como agregada cultural de la Embajada de México en Finlandia antes de incorporarse a Nokia en 1998.

Dentro de Nokia ocupó responsabilidades en comunicación, relaciones con inversores, operaciones y marketing hasta convertirse en vicepresidenta de marketing. Según la biografía corporativa publicada posteriormente por L’Oréal, llegó a responsabilizarse de un negocio de telefonía móvil de 11.000 millones de euros en 150 países.

El dato resulta revelador para esta historia. Una de las mayores compañías tecnológicas del mundo tenía a una antropóloga mexicana-finlandesa explicando quiénes serían sus siguientes mil millones de personas usuarias.

En Nokia World, Juti centró su intervención en la brecha digital y en personas jóvenes de mercados de rápido crecimiento. Las crónicas contemporáneas la recogen hablando de Beijing, Delhi y São Paulo y describiendo a quienes buscaban una conexión propia a Internet. Su discurso no estaba organizado alrededor de procesadores o cuotas de mercado estadounidenses, sino alrededor de acceso, asequibilidad y conectividad.

Los Asha no pretendían competir frontalmente con un iPhone de gama alta. Los primeros modelos se movían aproximadamente entre 60 y 115 euros, utilizaban Series 40 y ofrecían distintas combinaciones de teclado QWERTY, pantalla táctil, dual SIM, correo, mensajería, mapas y redes sociales. Nokia Browser comprimía fuertemente el tráfico para reducir consumo de datos y tiempos de carga. Algunos modelos ofrecían autonomías de espera medidas en semanas.

No eran simplemente teléfonos baratos. Representaban otra hipótesis sobre cómo iba a conectarse el planeta.

Mientras una parte de la conversación tecnológica occidental discutía si el futuro pertenecía a iOS, Android o Windows Phone, Nokia seguía preguntándose cómo llegaría Internet a alguien para quien el precio del terminal, el coste de cada megabyte, la duración de la batería, la cobertura irregular o la posibilidad de utilizar dos SIM no eran detalles técnicos. Eran las condiciones materiales del acceso.

Conviene mirar críticamente la expresión «los próximos mil millones». El término convierte sociedades enormemente diferentes entre sí en una única categoría futura de mercado. India, Kenia, Indonesia, Brasil o Nigeria aparecen reunidas bajo la mirada de una multinacional que intenta imaginar a su próxima clientela.

Pero esa tensión vuelve la historia más compleja. Nokia entendía algo que el relato posterior de su derrota tiende a olvidar. La guerra del smartphone premium nunca fue toda la historia de la telefonía móvil.

La pérdida de Nokia frente a Apple y Google fue especialmente visible en el segmento hacia el que miraba buena parte de la prensa tecnológica estadounidense y europea. En otra geografía, Nokia continuó siendo durante años una de las principales puertas de entrada a la conectividad.

Y resulta difícil resistirse a la ironía. En el mismo año en que Nokia declaraba que su plataforma estaba ardiendo, una antropóloga mexicana subía al escenario de Nokia World para explicar que todavía quedaban mil millones de personas por conectar.

Una historia hablaba de derrota. La otra hablaba de expansión. Ambas eran Nokia.

Asha tampoco consiguió escapar de la transformación que estaba reorganizando la industria. Ya en 2013, mientras la compañía trataba de mantener su posición en África, India y otros mercados de crecimiento, fabricantes asiáticos empezaban a colocar smartphones Android a precios cada vez más próximos a los de los Asha. La ventaja del teléfono básico mejorado comenzaba a desaparecer frente a terminales baratos que daban acceso a un ecosistema de aplicaciones mucho mayor.

Nokia llegó incluso a ensayar otra respuesta. En febrero de 2014 presentó Nokia X, una familia de teléfonos asequibles basada en Android y dirigida, otra vez, a the next billion. Duró muy poco. Tras completar la compra del negocio móvil de Nokia, Microsoft decidió en julio de 2014 abandonar Asha, Series 40 y Nokia X para concentrar su estrategia en Windows Phone.

La desaparición de Asha no significó que desapareciera el mercado que intentaba atender. Durante los años siguientes, los smartphones Android de bajo coste ocuparon progresivamente ese espacio en India, África, el Sudeste asiático y América Latina.

Ahí la historia de Blanca Juti deja de ser un episodio lateral. El mismo desplazamiento de poder que había alcanzado a Nokia en Europa y Estados Unidos terminó alcanzando a esos «próximos mil millones». No necesariamente a través del iPhone ni de los teléfonos premium. Llegó mediante smartphones Android cada vez más baratos.

El fabricante del terminal podía seguir siendo indio, chino, coreano o europeo. La capa que organizaba aplicaciones, compatibilidad, desarrollo y servicios estaba convergiendo de nuevo alrededor de una plataforma controlada desde Estados Unidos.

Solo ocurrió unos años después y bajo otro nombre.

La historia de Nokia, por tanto, no se divide entre una derrota occidental y una victoria en el Sur Global. Es más incómoda. El desplazamiento del poder desde quien fabrica el teléfono hacia quien controla la capa que organiza el ecosistema terminó atravesando ambas geografías.

Blanca Juti había preguntado desde Nokia cómo conectar a los próximos mil millones. La década siguiente respondería quién controlaría el sistema mediante el cual se conectarían.

La geopolítica no necesitó una conspiración

La tentación de convertir esta historia en una operación deliberada resulta comprensible, pero no está respaldada por la evidencia.

No existe evidencia que permita afirmar que Estados Unidos, Microsoft o algún centro político decidieran destruir Nokia para garantizar que la tecnología occidental terminara bajo control estadounidense. Convertir la historia en esa conspiración la haría más débil.

Pero existe otra lectura geopolítica que sí podemos sostener. Durante la era GSM, Europa controlaba posiciones estratégicas en distintas capas de la telefonía móvil. Había construido un estándar común, tenía fabricantes como Nokia y Ericsson y disponía de redes, ingeniería, operadoras, propiedad intelectual y capacidad industrial.

La siguiente generación desplazó progresivamente el centro económico hacia otras capas. Apple controlaba hardware, sistema operativo y tienda. Google controlaba Android, servicios, publicidad, datos y una parte decisiva de la distribución de aplicaciones. Microsoft dominaba sectores fundamentales de la informática personal y empresarial. Amazon construiría una posición central en la nube y Meta terminaría concentrando una proporción enorme de las relaciones sociales digitales.

En ese proceso intervinieron efectos de red, economías de escala, mercados de capitales, concentración de datos y ecosistemas que se reforzaban con cada nueva persona usuaria. No hacía falta una conspiración. La propia arquitectura económica podía producir concentración.

Nokia no cayó porque fuera finlandesa. Pero su caída coincidió con algo mucho mayor. El poder tecnológico se estaba desplazando desde el aparato hacia la plataforma. Y buena parte de las plataformas que ganaron aquella batalla eran estadounidenses.

Nokia y el momento en que Europa dejó de controlar el bolsillo

Esta transformación permite plantear una pregunta diferente. ¿Qué capa de una tecnología produce verdadero poder?

Durante cierto tiempo fabricar el terminal, dominar la ingeniería de radio y participar en la definición de los estándares había sido suficiente. Después dejó de serlo.

Tener centenares de millones de teléfonos en centenares de millones de bolsillos era menos importante que decidir qué sistema operativo ejecutaban, dónde se descargaban sus aplicaciones, qué cuenta necesitaban, dónde quedaban sus fotografías, quién podía recopilar sus datos y quién cobraba una comisión por cada transacción dentro del ecosistema.

La pérdida de Nokia fue así algo más que la desaparición de una marca europea de teléfonos. Simbolizó un desplazamiento de capacidad tecnológica. Europa continuó produciendo investigación, industria y compañías estratégicas, pero perdió buena parte del contacto cotidiano con las interfaces desde las cuales comenzábamos a experimentar el mundo digital.

Y el mundo no estaba esperando a Silicon Valley

Aquí conviene introducir una última corrección de perspectiva. La historia global de la tecnología tampoco puede reducirse a una competición entre Europa y Estados Unidos.

M-Pesa y Asha lo demuestran. Las personas que Payal Arora denomina los próximos miles de millones de usuarios no son simplemente receptoras tardías de tecnologías inventadas en otra parte. Producen usos, economías, lenguajes, deseos, prácticas e innovaciones.

La telefonía móvil de bajo coste permitió que diferentes sociedades desarrollaran soluciones que no eran versiones incompletas del smartphone californiano. Eran otra cosa.

Nanjala Nyabola advierte desde Kenia del riesgo de explicar la digitalización africana únicamente mediante categorías construidas en otros lugares. Hacerlo puede ocultar simultáneamente la agencia local y las nuevas dependencias producidas por la infraestructura digital.

Eso obliga a ampliar la pregunta: no solo dónde está el poder, sino quién tiene derecho a decidir para qué sirve una tecnología.

Mirar Nokia como un ensamblaje

En este punto resulta especialmente útil una mirada desde los estudios sociales de la ciencia y la tecnología.

Los materiales teóricos que sirven de marco a AIthropology trabajan con STS, Latour y Suchman para comprender las tecnologías como ensamblajes sociotécnicos, relaciones entre objetos, personas, instituciones, prácticas, discursos e infraestructuras.

Pero Nokia obliga a ampliar ese marco geográficamente. Latour y Suchman ayudan a desmontar la idea de la tecnología como objeto autónomo. Arora y Nyabola ayudan a desmontar otro supuesto, que el significado de una tecnología se decide necesariamente en el lugar donde fue diseñada.

Blanca Juti introduce una tercera torsión. La antropología no aparece solamente después de la tecnología, observándola desde una universidad. Estuvo dentro de Nokia.

En una multinacional que intentaba comprender qué querían personas jóvenes en India, África, Asia o América Latina, cómo accedían a Internet, cuánto podían pagar por datos, qué significaba compartir un teléfono o utilizar dos SIM y qué infraestructura necesitaba un dispositivo para resultar realmente útil.

Eso no convierte Asha en «antropología aplicada» ni permite atribuir su diseño a una sola persona. Pero sí rompe una separación demasiado cómoda entre quienes estudian la cultura y quienes construyen tecnología.

Nokia nunca fue simplemente una fábrica finlandesa. Fue Finlandia y su política industrial, GSM, las operadoras, T9, Snake, M-Pesa sin ser Nokia, Asha, una antropóloga mexicana pensando los «próximos mil millones» desde dentro de una compañía finlandesa, las plantas de China, India, Brasil, México y Hungría, las cámaras Carl Zeiss, Symbian, Maemo, MeeGo y Microsoft.

Fue, además, la incapacidad de convertir algunas innovaciones notables en una plataforma coherente.

Mirada así, su caída deja de ser la moraleja simplista de una compañía que «no supo innovar». Nokia innovó muchísimo. Lo que no consiguió controlar fue el nuevo ensamblaje dentro del cual aquella innovación adquiría valor.

Nokia salió del bolsillo

La historia podría terminar ahí, pero Nokia tiene la costumbre de no terminar donde debería.

Después de vender su negocio de dispositivos concentró gran parte de su actividad en infraestructura de telecomunicaciones. Más tarde adquirió Alcatel-Lucent e incorporó con ello la genealogía tecnológica de Bell Labs.

Hoy Nokia desarrolla redes móviles y fijas, routing IP, infraestructura óptica, propiedad intelectual y tecnología para centros de datos. Ya no necesita estar en el bolsillo para participar en aquello que ocurre dentro de él.

En octubre de 2025 sucedió algo que permite cerrar esta historia con una ironía difícil de inventar. NVIDIA anunció una inversión de 1.000 millones de dólares en Nokia y una alianza para desarrollar AI-RAN y futuras redes 6G.

Lo más revelador no es solamente la inversión, sino cómo NVIDIA decidió titular su propio anuncio, “Powering America’s Return to Telecommunications Leadership”.

Impulsando el regreso de Estados Unidos al liderazgo de las telecomunicaciones.

Es retórica corporativa, no una descripción neutral del mundo. Precisamente por eso resulta significativa. Una compañía estadounidense presenta una inversión en una empresa finlandesa como parte del «regreso» nacional al liderazgo de las telecomunicaciones.

Eso no demuestra que Estados Unidos destruyera Nokia. Demuestra algo más revelador: la infraestructura tecnológica vuelve a narrarse explícitamente como poder nacional y geopolítico.

Una última ironía

Durante los años de Nokia, una empresa europea demostró que una tecnología global podía construirse desde un país de pocos millones de habitantes. Sus teléfonos terminaron incorporados a vidas que Helsinki tampoco podía controlar: conversaciones adolescentes, transferencias monetarias, economías informales, fotografías, llamadas perdidas, redes familiares, negocios y formas locales de relación.

Dentro de la propia Nokia, una antropóloga mexicana trataba de imaginar cómo conectar a quienes la empresa llamaba «los próximos mil millones».

Después, el centro de gravedad tecnológico se desplazó hacia plataformas estadounidenses. Y ahora una de las compañías que mejor representan el nuevo poder estadounidense en inteligencia artificial invierte mil millones de dólares en Nokia para construir conjuntamente la siguiente generación de redes y lo presenta como parte del regreso de Estados Unidos al liderazgo de las telecomunicaciones.

Nokia vuelve a estar ahí, pero ya no controla el objeto que tenemos en la mano. Construye una parte de la infraestructura que casi nunca vemos.

Quizá esa sea una forma más fértil de pensar el sisu. No como la capacidad de permanecer idéntica ni siquiera como la capacidad de no caer, sino como la capacidad de continuar cuando ya no es posible seguir siendo lo que se era.

De la pulpa a las botas, de las botas a los cables, de los cables al GSM, del GSM al SMS, del SMS a la escritura predictiva, de la voz a la fotografía, de la cámara al pequeño ordenador conectado, del teléfono a la red y de la red a la inteligencia artificial.

Nokia no inventó cada una de esas tecnologías. Ayudó a convertirlas en prácticas humanas: un teléfono podía ser una máquina de escribir, una conversación podía quedar esperando una respuesta, una máquina podía anticipar nuestra siguiente palabra y una cámara podía acompañarnos siempre.

El resto del mundo mostró algo igual de importante. Una tecnología tampoco pertenece por completo a quienes la diseñan. Puede convertirse en otra cosa en cuanto alguien la hace suya.

M-Pesa probablemente dice tanto sobre la historia social del teléfono móvil como el iPhone. Asha dice tanto sobre Nokia en 2011 como el memorando de la plataforma en llamas. Una fábrica de Chennai dice tanto sobre Nokia como una oficina de Espoo. Una antropóloga mexicana pensando la conectividad de India, África y América Latina dice tanto sobre su historia como un equipo de ingeniería finlandés. Y un anuncio de NVIDIA sobre el «regreso de Estados Unidos» dice tanto sobre las telecomunicaciones contemporáneas como una ficha técnica de 6G.

Porque la pregunta nunca fue solamente quién inventó el teléfono. La pregunta era quién fabrica la tecnología, quién la utiliza, quién decide para qué sirve, quién captura su valor y quién termina controlando el sistema dentro del cual adquiere sentido.

Hubo un tiempo en que buena parte del futuro cabía dentro de un Nokia.

Hoy Nokia intenta construir la red por la que circulará el siguiente.


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