Cuando las cucarachas responden

En la India de 2026, una descalificación judicial se convirtió en identidad política. El recorrido de la “cucaracha” abre preguntas sobre clasificación, aspiración, cuerpo, sátira, poder y visibilidad algorítmica.

·Martín González Senosiain

En mayo de 2026, una descalificación pronunciada desde la Corte Suprema de la India convirtió a la “cucaracha” en una imagen de la juventud desempleada y crítica. Menos de tres meses después, aquella palabra había sido reapropiada por un movimiento con millones de seguidores, había ocupado las calles de Delhi y formaba parte de una crisis política que terminó con la renuncia del ministro de Educación. La trayectoria del insulto permite plantear una cuestión más amplia. Importa quién tiene el poder de clasificar, quién puede alterar esas clasificaciones y qué ocurre cuando esa disputa circula a través de plataformas digitales.

El 15 de mayo de 2026 una palabra salió de la Corte Suprema de la India y comenzó a circular por un país que no tardaría en devolverla transformada. Cockroaches, cucarachas.

Durante una audiencia relacionada con la designación de un abogado como Senior Advocate, el presidente del Tribunal Supremo, Surya Kant, criticó a determinadas personas jóvenes desempleadas en el ámbito jurídico que, según sus palabras recogidas por la prensa, terminaban dedicándose al periodismo, las redes sociales o el activismo por el derecho a la información y comenzaban a “atacar al sistema”. También habló de “parásitos” (Ananthakrishnan, 2026a). La precisión importa. Al día siguiente, Kant sostuvo que había sido malinterpretado y afirmó que no estaba criticando a la juventud desempleada en general, sino a personas que accedían a determinadas profesiones mediante títulos falsos o fraudulentos (Express News Service, 2026). Podemos discutir, por tanto, qué quiso decir. Lo que ya no podía controlar era lo que aquella palabra había empezado a hacer.

La etnografía jurídica de Bruno Latour añade aquí una precisión útil. En La fabrique du droit, su trabajo en el Conseil d’État francés muestra que la autoridad del derecho no emana simplemente de quien ocupa un cargo. Se fabrica a través de expedientes, procedimientos, deliberaciones y operaciones de cualificación que convierten un caso en una decisión jurídicamente estabilizada (Latour, 2002). La frase de Kant arrastraba el enorme peso simbólico de la Corte Suprema, pero no era una sentencia ni una cualificación jurídica. Fue una intervención pronunciada dentro de la institución que escapó de las formas procedimentales mediante las que el derecho suele contener y transformar los asuntos que juzga.

Esa diferencia importa. Permite analizar la fuerza institucional de la expresión sin atribuirla automáticamente al Tribunal como decisión colectiva. También ayuda a entender por qué su circulación posterior fue tan disruptiva. Una palabra dicha en el espacio del derecho abandonó el expediente, el procedimiento y la deliberación, y empezó a adquirir otra vida social.

El 16 de mayo, Abhijeet Dipke respondió desde Estados Unidos con una publicación satírica que acabaría dando forma al Cockroach Janta Party (CJP), una parodia evidente del Bharatiya Janata Party (BJP) de Narendra Modi. Dipke había trabajado anteriormente en comunicación política y estudiaba un posgrado en relaciones públicas en Boston. Regresó a la India el 6 de junio, convertido ya en una de las caras visibles de un fenómeno que estaba pasando del meme a la movilización (Agarwala, 2026). Ese desplazamiento importa. El movimiento no nació exactamente dentro ni fuera de la India, sino en un espacio político conectado donde diáspora, medios, redes sociales y acontecimientos nacionales podían interactuar prácticamente en tiempo real. La trayectoria de Dipke recuerda así los paisajes y esferas públicas transnacionales descritos por Arjun Appadurai. El territorio estatal continúa siendo fundamental, pero ya no contiene por sí solo la producción de imaginación política (Appadurai, 1996).

Reuters informó posteriormente de que la comunidad vinculada al movimiento había alcanzado más de 22 millones de seguidores en Instagram en cuestión de días y superado después los 25 millones (Agarwala, 2026). Sin embargo, una comunidad digital no explica por sí sola una protesta. El humor encontró un terreno social que ya estaba preparado por el desempleo juvenil, las sospechas de corrupción, las filtraciones de exámenes y una creciente desconfianza hacia procedimientos institucionales de los que dependen millones de proyectos vitales. Las irregularidades en pruebas de acceso como NEET afectaron a millones de aspirantes, mientras diferentes investigaciones y testimonios familiares relacionaban la crisis de los exámenes con un grave sufrimiento entre estudiantes. La relación causal entre cada muerte por suicidio y cada irregularidad exige prudencia, pero la dimensión humana del problema dejó de ser una abstracción estadística (Ahmed et al., 2026).

Durante junio y julio esa angustia adquirió cuerpos y ocupó espacios. Jantar Mantar volvió a convertirse en escenario de protesta. Sonam Wangchuk emprendió una huelga de hambre que se prolongó durante 26 días; Neha Bora, presidenta de la All India Students’ Association, y otras personas activistas mantuvieron otra durante 23 días (Ellis-Petersen, 2026; Sinha, 2026). La presencia de Bora permite además introducir algo que la expresión genérica “juventud desempleada” corre el riesgo de ocultar. El propio manifiesto del CJP reclama que las mujeres ocupen el 50 % del Parlamento y del Consejo de Ministros (Cockroach Janta Party, 2026). Género, casta, clase, procedencia y posibilidades familiares condicionan de manera diferente quién puede estudiar durante años, quién puede desplazarse hasta una protesta, quién puede permanecer semanas en huelga de hambre y qué riesgos asume cuando ocupa el espacio público.

La metáfora, por tanto, tampoco cae sobre cuerpos abstractos. Una cucaracha es, antes que una imagen, un cuerpo. Y también lo son quienes marchan detrás de una máscara de cucaracha.

Mary Douglas ofrece aquí una primera entrada. En Pureza y peligro, las ideas de contaminación y suciedad no describen únicamente condiciones higiénicas. Expresan sistemas clasificatorios mediante los cuales distribuimos seres, objetos y conductas entre aquello que pertenece y aquello cuya presencia altera el orden (Douglas, 1966). Pocas criaturas materializan mejor esa presencia indeseada que una cucaracha. No negociamos con ella ni preguntamos por qué está ahí; queremos expulsarla. Cuando un conflicto político se formula mediante la figura de una plaga, la cuestión puede dejar de ser qué dice una persona para convertirse en por qué esa persona está ahí.

La literatura había imaginado mucho antes la violencia contenida en esa transformación. En Die Verwandlung, conocida habitualmente como La metamorfosis, Franz Kafka no convierte a Gregor Samsa exactamente en una cucaracha. El original alemán habla de un Ungeziefer, una alimaña o criatura dañina cuya clasificación queda deliberadamente indeterminada. Gregor conserva conciencia, memoria y afectos; lo que cambia radicalmente es la forma en que quienes le rodean empiezan a percibirlo y el lugar que consideran que puede ocupar. A medida que deja de trabajar y de contribuir económicamente a su familia, hijo, hermano y trabajador desaparecen detrás de la categoría de alimaña (Kafka, 1915).

La India de 2026 parece invertir aquella metamorfosis. Aquí nadie despierta transformado en insecto. Una autoridad proporciona la clasificación y las personas que la reciben hacen algo que Gregor Samsa nunca consigue hacer. Se apropian del nombre, salen de la habitación y ocupan el espacio público. La transformación interesa ahora por el movimiento contrario: la supuesta plaga conserva la palabra y responde.

Frantz Fanon permite reconocer la violencia potencial de esa operación. El colonialismo no gobierna solamente mediante leyes, ejércitos o administraciones; produce también lenguajes capaces de acercar determinadas poblaciones a lo animal, lo irracional o lo inferior y, con ello, reducir su condición de interlocutoras políticas (Fanon, 1961). Algunas voces de la prensa india recordaron después de las palabras de Kant la historia extrema del término inyenzi —cucarachas— utilizado contra la población tutsi durante el genocidio de Ruanda. La comparación necesita un límite inequívoco. La India de 2026 no es Ruanda en 1994. No existe fundamento para trasladar entre ambos contextos las mismas intenciones, relaciones sociales o consecuencias. El precedente sirve mejor como advertencia que como equivalencia. Recuerda que la animalización puede transformar interlocutores en especies, reivindicaciones en infestaciones y conflictos políticos en problemas de limpieza.

Pero la cucaracha india de 2026 introduce algo que esa historia de la deshumanización no permite explicar por sí sola. La materia fuera de lugar decidió quedarse.

Veena Das ayuda a seguir lo que ocurrió después. Buena parte de su antropología consiste en observar cómo la violencia y las instituciones descienden hacia lo ordinario y se alojan en cuerpos, relaciones, burocracias, silencios y pequeñas prácticas cotidianas (Das, 2007). Podemos seguir del mismo modo la propia palabra, desde el tribunal hasta el titular, la publicación, el meme, la máscara, la pancarta, la acampada y la huelga de hambre. El acontecimiento no permanece arriba. Desciende y, al hacerlo, encuentra personas que llevan años preparando exámenes, familias que han invertido dinero y expectativas en la educación y jóvenes que han organizado una parte considerable de sus vidas alrededor de la promesa de que estudiar permitirá acceder a otro futuro.

Un examen no es solamente un mecanismo para medir conocimientos. Es también una promesa institucional sobre el futuro.

Aquí Appadurai ofrece otra clave. Su concepto de capacidad de aspirar describe la posibilidad, desigualmente distribuida, de imaginar recorridos plausibles entre el presente y futuros deseables (Appadurai, 2004). Estudiar, aprobar, acceder, trabajar y construir determinada vida forman una cadena de expectativas. Cuando las preguntas se filtran, una prueba se anula o las reglas parecen manipulables, no se rompe únicamente un procedimiento administrativo. También se deteriora la credibilidad del recorrido. La protesta deja así de tratar exclusivamente de un examen y comienza a hablar de quién conserva el derecho a creer en el mañana que las instituciones le habían prometido.

Appadurai permite todavía otro movimiento. En La vida social de las cosas propone seguir la circulación para observar cómo cambia el valor de un objeto al pasar de un contexto a otro (Appadurai, 1986). Podemos efectuar aquí el mismo ejercicio con una palabra y seguirla desde la Corte Suprema hasta la prensa, Instagram, el meme, la identidad, la calle y la negociación política. Continúa siendo “cucaracha”, pero su valor ya no es el mismo.

James C. Scott ayuda a comprender esa inversión. Scott distingue entre el discurso público sostenido delante del poder y las transcripciones ocultas donde circulan el rumor, la caricatura, la burla y otras formas de desacato relativamente protegidas de quienes dominan (Scott, 1990). El CJP introduce una variación propia de las infraestructuras digitales. La transcripción oculta casi no tuvo tiempo de permanecer oculta. Su manifiesto mezclaba reivindicaciones políticas con una estética deliberadamente absurda, mientras la afiliación se dirigía irónicamente a personas desempleadas, “vagas”, crónicamente conectadas a internet y capaces de quejarse profesionalmente (Cockroach Janta Party, 2026). La burla reproducía las categorías del desprecio hasta volverlas ridículas. El objeto de la broma dejó de ser la cucaracha y pasó a ser quien necesitaba llamarla cucaracha.

Después llegaron las máscaras. Una máscara hace algo que un tuit no puede hacer porque ocupa espacio. Convierte el insulto en una superficie visible, obliga a la metáfora a adquirir dimensiones humanas y devuelve al poder una imagen deformada de su propia clasificación. Allí donde la palabra pretendía reducir a alguien a insecto, el cuerpo que acepta públicamente esa imagen demuestra precisamente que continúa siendo un cuerpo político. Marcha, siente hambre, recibe agua, gas o golpes, se reúne y habla.

Douglas explica con enorme precisión la ofensa y aquello que una clasificación coloca fuera de lugar. Pero Douglas no basta para explicar la rebelión. Aquí la materia fuera de lugar no acepta regresar a su casilla. Ocupa Jantar Mantar, habla y obliga al sistema clasificatorio a responder.

El 25 de julio, la Presidencia de la India aceptó la dimisión de Dharmendra Pradhan y, en el mismo comunicado, asignó a Pralhad Joshi la cartera de Educación además de sus responsabilidades existentes (President of India, 2026). Las movilizaciones habían obtenido una concesión política poco habitual del Gobierno de Modi, aunque sería simplificador reducir una decisión ministerial de esa naturaleza a una única causa.

También sería simplificador convertir inmediatamente la historia en una explicación general sobre “la India”. El Estado colonial británico desarrolló potentes tecnologías para censar, clasificar y administrar poblaciones. Casta, territorio, profesión, religión y criminalidad fueron reiteradamente convertidos en categorías de legibilidad política. Pero la República india acumula ya casi ocho décadas de historia propia. Sus desigualdades, instituciones, élites, movimientos sociales y nacionalismos no pueden interpretarse sencillamente como residuos del Raj.

Ambedkar ofrece una precaución mucho más productiva. No necesitamos afirmar que la “cucaracha” representa una casta ni identificar al CJP con una política dalit. Sí necesitamos recordar que ninguna clasificación cae sobre una sociedad plana. Dipke procede además de una familia dalit y ha reconocido públicamente la influencia intelectual de B. R. Ambedkar. Cuando regresó a Delhi el 6 de junio salió del aeropuerto mostrando un libro suyo (Agarwala, 2026). Ese gesto invita a observar sobre qué jerarquías materiales cae cualquier clasificación, quién dispone de educación, reconocimiento, contactos, propiedad o movilidad y quién debe recorrer caminos mucho más estrechos para aspirar al mismo futuro (Ambedkar, 1936). La jerarquía no es una peculiaridad cultural. Es política.

Vandana Shiva permite desplazar esa misma pregunta hacia la concentración de conocimiento y poder. En Monocultures of the Mind, Shiva (1993) utiliza el monocultivo para criticar sistemas que destruyen diversidad mientras presentan una única forma de conocimiento o desarrollo como universal. No hace falta convertir literalmente al CJP en un “policultivo político”; la metáfora terminaría haciendo más ruido que el argumento. Su intuición sí resulta útil. El poder económico no concentra solamente recursos, también puede estrechar los mundos considerados posibles.

La conexión, además, existe dentro del propio movimiento. El manifiesto del CJP cuestiona explícitamente la concentración mediática vinculada a los conglomerados de Ambani y Adani y reclama mayor espacio para medios independientes (Cockroach Janta Party, 2026). Shiva extiende así el problema hacia las condiciones materiales bajo las cuales una sociedad puede imaginar, conocer y hablar consigo misma.

En 2026 aparece además un actor adicional, las plataformas. Entre la palabra pronunciada desde una institución y su reapropiación política intervienen sistemas que ordenan contenidos, relevancia y atención. No disponemos de los datos internos de Instagram o X necesarios para afirmar que sus algoritmos causaron la expansión del CJP. Hacerlo sería confundir infraestructura con causalidad. Sí sabemos que el movimiento fue inseparable de esas infraestructuras. Nació en ellas, acumuló millones de seguidores y vio cómo una de sus cuentas en X quedaba bloqueada en la India antes de que un tribunal ordenara posteriormente restaurar el acceso (India Today News Desk, 2026).

La inteligencia artificial y la automatización no necesitan convertirse por ello en el tema principal de esta historia para encontrarse ya dentro de ella. Aparecen en la producción de algunas imágenes y páginas satíricas, en la circulación digital y, sobre todo, en una cuestión antropológica cada vez más difícil de evitar. Importa quién obtiene visibilidad.

El derecho cualifica. Los movimientos reclasifican palabras. Las plataformas distribuyen atención.

Las tres operaciones son diferentes, pero las tres producen consecuencias políticas.

Y la historia tampoco terminó con la salida de Pradhan. El 10 de agosto, miles de aspirantes a empleos públicos volvieron a movilizarse en Jharkhand ante nuevas denuncias de irregularidades en pruebas de selección. La policía utilizó gases lacrimógenos, cañones de agua y bastones cuando parte de la manifestación intentó avanzar hacia la asamblea estatal. El ciclo de conflicto alrededor de exámenes, empleo y futuros continúa abierto.

Quizá esa sea finalmente la potencia política de la cucaracha. No su supuesta indestructibilidad. No necesitamos romantizar al insecto. Lo interesante es que una clasificación pretendió situar determinadas presencias fuera del espacio legítimo y quienes recibieron el nombre conservaron la palabra, alteraron su valor y regresaron con ella al espacio público.

Douglas permite reconocer la frontera y Fanon advierte sobre la violencia de la animalización. Latour obliga a distinguir entre la autoridad de una palabra pronunciada desde un tribunal y el trabajo procedimental mediante el que el derecho produce una decisión. Ambedkar hace visible la jerarquía sobre la que cae cualquier clasificación; Das sigue sus efectos hasta la vida ordinaria y los cuerpos; Appadurai muestra qué sucede cuando se rompe la posibilidad de aspirar y cómo los significados cambian al circular. Scott ayuda a comprender cómo la burla puede abandonar espacios subordinados y convertirse en discurso público, mientras Shiva devuelve la mirada hacia la concentración material de aquello que una sociedad puede conocer, imaginar y decir. Las plataformas añaden otra incertidumbre sobre qué voces circulan y cuáles permanecen invisibles.

El 15 de mayo, “cucaracha” era una categoría pronunciada desde arriba. Menos de tres meses después era un meme, una máscara, una huelga de hambre, una identidad política, una organización y una movilización capaz de obligar al poder a responder.

La materia fuera de lugar había tomado la palabra.

Al final, lo que permanece en disputa es el poder mismo de nombrar.

¿quién tiene, finalmente, el poder de nombrar a quién?

Referencias

Agarwala, T. (2026, 23 de julio). How Abhijeet Dipke became the face of India’s first Gen Z protest movement, and won. Reuters. https://www.reuters.com/world/india/abhijeet-dipke-face-indias-first-gen-z-protest-movement-2026-07-23/

Ahmed, A., Sharma, S., & Khanna, S. (2026, 25 de julio). “The fear killed her”: How an exam scandal in India sparked a student uprising. Reuters. https://www.reuters.com/world/asia-pacific/the-fear-killed-her-how-an-exam-scandal-india-sparked-student-uprising-2026-07-25/

Ambedkar, B. R. (1936). Annihilation of caste. [Trabajo publicado originalmente como discurso no pronunciado].

Ananthakrishnan, G. (2026a, 15 de mayo). Some jobless youth in law like cockroaches, become media, activists and attack system: CJI. The Indian Express. https://indianexpress.com/article/legal-news/cji-surya-kant-youngsters-cockroaches-media-activists-rti-lawyer-10691246/

Express News Service. (2026, 16 de mayo). ‘Misquoted by media’: CJI Surya Kant clarifies ‘cockroaches’ remark on unemployed youth. The Indian Express. https://indianexpress.com/article/legal-news/cji-surya-kant-clarifies-cockroaches-remark-fake-degrees-row-10692979/

Appadurai, A. (1986). Introduction: Commodities and the politics of value. En A. Appadurai (Ed.), The social life of things: Commodities in cultural perspective (pp. 3–63). Cambridge University Press.

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Appadurai, A. (2004). The capacity to aspire: Culture and the terms of recognition. En V. Rao & M. Walton (Eds.), Culture and public action (pp. 59–84). Stanford University Press.

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