Hoy este Radar no busca la última noticia sobre inteligencia artificial. Apunta hacia otro lugar. Hacia Federico García Lorca.
Hace noventa años fue detenido en Granada y asesinado extrajudicialmente en algún punto entre Víznar y Alfacar junto con otras personas represaliadas. La fecha exacta continúa siendo objeto de discusión historiográfica: las reconstrucciones sitúan el fusilamiento en las madrugadas del 17 o el 18 de agosto, aunque otras investigaciones defendieron durante décadas fechas posteriores. Tampoco conocemos el lugar exacto donde fue enterrado. Sus restos nunca han sido identificados.
Conocemos sus poemas, sus obras de teatro, sus dibujos, sus cartas, sus fotografías. Podemos reconstruir viajes, amistades y conversaciones. Podemos representar Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba en cualquier parte del mundo. Pero seguimos sin saber dónde está Federico.
El cuerpo que falta
Ian Gibson lleva décadas tratando de responder esa pregunta. El 21 de mayo de 2026 publicó No me encontraron. La fosa de Lorca: crónica de un olvido, donde reconstruye la búsqueda fallida de 2009 y los años posteriores de hipótesis, errores, silencios e investigaciones sobre el paradero de los restos. Para Gibson, localizar a Lorca tendría además una dimensión que desborda al propio poeta: su desaparición simboliza la de las miles de personas que continúan en fosas y cunetas.
La antropología lleva décadas preguntándose qué ocurre cuando una muerte no puede inscribirse plenamente en la vida social porque falta el cuerpo. Francisco Ferrándiz ha investigado etnográficamente las exhumaciones de las fosas comunes de la Guerra Civil y la represión franquista. Su trabajo muestra que abrir una fosa nunca es solamente una operación arqueológica o forense. Alrededor de los restos aparecen familias, asociaciones, instituciones, fotografías, objetos, emociones, conflictos políticos y diferentes maneras de comprender cómo debe despedirse y recordarse a una persona.
En Antropología del cuerpo y de las emociones, en la UCM, trabajamos precisamente esas diferencias. Algunas asociaciones memorialísticas sitúan en primer plano las decisiones de cada familia; otras insisten en la dimensión política colectiva de quienes fueron asesinados. La exhumación hace visible que alrededor de unos huesos continúan negociándose parentesco, identidad, dignidad, memoria y pertenencia.
El cadáver no es únicamente materia. Sigue teniendo relaciones.
María García Alonso ha estudiado una de las grandes asimetrías de la memoria de la Guerra Civil española: durante décadas, quienes pertenecían al bando vencedor pudieron recuperar a muchas de sus personas fallecidas, enterrarlas, homenajearlas y construir espacios públicos de memoria, mientras una enorme cantidad de víctimas de la represión permanecieron en cunetas y fosas y fuera de la memoria institucional. La aparición posterior de esos cuerpos alteró también las formas de narrar colectivamente el pasado. Hay un concepto trabajado en Ritual y Creencia que permite entender especialmente bien lo que ocurre aquí.
Posvida política: las relaciones de poder que continúan actuando sobre una persona después de su muerte: quién puede recuperar su cuerpo, identificarlo, enterrarlo, visitarlo, llorarlo o decidir cómo será recordado.
El poder no siempre termina cuando termina una vida. Puede continuar administrando el cadáver.
Y puede continuar administrando el duelo. No todas las muertes reciben monumentos. No todos los nombres entran en los libros. No todos los cuerpos regresan.
Las Madres de Plaza de Mayo hicieron de esa ausencia una de las imágenes políticas más poderosas del siglo XX. No porque su historia sea equivalente a la de Lorca, sino porque permite comprender algo fundamental: saber que alguien fue asesinado no resuelve necesariamente la desaparición. Recuperar el cuerpo, enterrarlo o disponer de un lugar al que acudir forma parte también del duelo.
En el caso de Federico existe, además, una complejidad que no debemos borrar. Su propia familia ha defendido históricamente que el lugar donde puedan encontrarse los restos sea preservado como un espacio colectivo de memoria de todas las personas allí asesinadas y no convertido exclusivamente en la tumba del poeta. Esa posición merece formar parte del relato porque muestra precisamente que no existe una única manera legítima de relacionarse con quienes han desaparecido.
Federico tiene innumerables lugares de memoria. Lo que todavía no tiene es una tumba que sepamos que contiene a Federico.
Nombrar también la violencia
Lorca no murió simplemente «en la Guerra Civil». Fue detenido y ejecutado dentro del aparato represivo desplegado en Granada después del golpe militar de julio de 1936. Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA y vinculado anteriormente a las JONS, encabezó su detención; José Valdés Guzmán, participante en la conspiración militar, camisa vieja y jefe de las milicias de Falange en Granada, dirigía desde el Gobierno Civil una represión que costó miles de vidas.
Las investigaciones difieren sobre la composición exacta del pelotón que ejecutó a Lorca, por lo que no tiene sentido simplificar la historia atribuyendo cada fase a una única organización. Esa incertidumbre forma parte, además, del propio problema historiográfico: la clandestinidad de la represión, los silencios de quienes participaron en ella y una documentación fragmentaria condicionan todavía lo que podemos reconstruir y aquello que permanece en disputa.
Sí sabemos que su detención y asesinato ocurrieron dentro de la violencia golpista y fascista desencadenada en Granada. Y tampoco deberíamos seguir rodeando de eufemismos otra parte de su historia.
Federico García Lorca era homosexual. Su sexualidad no explica por sí sola su asesinato —Ian Gibson ha advertido expresamente contra esa reducción—, pero tampoco fue irrelevante. Formó parte de las acusaciones y del lenguaje de persecución que lo rodearon. Ruiz Alonso lo señaló, entre otras cosas, por su homosexualidad y sus vinculaciones políticas; documentos franquistas posteriores lo describieron utilizando el lenguaje homófobo de la época y añadieron acusaciones de izquierdismo y masonería.
Nombrarlo importa. Porque recordar a Lorca mientras ocultamos aquello que también lo convirtió en objetivo sería otra forma, mucho más suave pero reconocible, de seleccionar qué Federico nos resulta cómodo conservar.
Federico no es solamente la persona que asesinaron
Existe otro riesgo en cada aniversario: terminar recordando mejor la muerte que la vida. Federico García Lorca tenía 38 años.
Había escrito teatro y poesía, dibujado, tocado música, dirigido La Barraca y experimentado con formas artísticas difíciles de encerrar en una tradición. Había escrito sobre deseo, autoridad, género, desigualdad, frustración, cuerpos sometidos y vidas que no cabían dentro de las normas sociales de su tiempo.
Y unos años antes había llegado a Nueva York. Poeta en Nueva York nació de aquella experiencia de 1929 y 1930, atravesada también por el crack de Wall Street.
Lo que encontró allí no fue solamente el espectáculo de la gran metrópolis moderna. Encontró algo que le resultó insoportable.
La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno.
Silvia Ruiz Tresgallo ha estudiado precisamente las conexiones entre ecología y capital en el poemario. Su análisis señala cómo Lorca percibe un sistema económico que explota simultáneamente los recursos naturales y la fuerza productiva de las personas y cuyo horizonte deja de ser una vida mejor para convertirse en acumulación. En su Nueva York, arquitectura, tecnología, naturaleza y economía dejan de ser mundos separados.
Wall Street adquiere así una fuerza simbólica enorme. Otros estudios han mostrado cómo el corazón financiero de la ciudad aparece asociado a un paisaje casi apocalíptico, mientras la mirada de Lorca se dirige una y otra vez hacia quienes quedan en los márgenes de esa modernidad.
Especialmente hacia Harlem. Lorca observa una ciudad atravesada al mismo tiempo por riqueza extrema, segregación racial, explotación y soledad.
No necesitamos convertirlo en profeta de nuestro presente. Sería quitarle mérito.
Estaba mirando su presente. Miró una sociedad obsesionada con el dinero y vio también los cuerpos que esa riqueza necesitaba mantener debajo. Miró las máquinas y se preguntó qué clase de vida estaban construyendo. Miró Wall Street y vio acumulación, pero también sufrimiento. Miró la ciudad moderna y encontró naturaleza violentada, racismo y aislamiento.
Casi un siglo después, esas preguntas continúan resultándonos incómodamente familiares.
Una poesía que nos ocurre
Hay textos que estudiamos. Y hay textos que, además, nos ocurren.
Poeta en Nueva York puede ser uno de ellos. Jo Labanyi propone pensar las emociones no simplemente como propiedades interiores de una persona, sino preguntándonos qué hacen: cómo circulan entre cuerpos, objetos y mundos; cómo producen relaciones; cómo algo creado en otro tiempo puede seguir afectando materialmente a quienes se encuentran con ello décadas después. En su trabajo sobre emoción, afecto y materialidad aparece precisamente Poeta en Nueva York.
Quizá esa sea una manera de comprender por qué seguimos leyendo a Federico. Un poema escrito hace casi cien años puede entrar en otro cuerpo, en otro tiempo y en otra ciudad y volver a hacer algo.
Puede incomodar. Puede conmover.
Puede dar palabras a una sensación que todavía no las tenía. Puede hacernos mirar de otra manera.
Rescatar la humanidad
Desde la antropología histórica, y siguiendo el trabajo de Ana María Lorandi, el pasado no se reduce a una secuencia de acontecimientos ni a lo que conserva un archivo. Comprenderlo exige también rescatar la humanidad de quienes protagonizaron la historia, atendiendo a sus experiencias, relaciones, silencios, símbolos y formas de agencia. Esa mirada permite devolver espesor humano a vidas que los grandes relatos pueden convertir en una simple línea documental.
Lorca sufrió un intento radical de borrado. Matar.
Ocultar el cuerpo. Impedir la tumba.
Censurar después partes de la vida y de la obra. Buscar a Lorca no significa necesitar unos huesos para demostrar quién fue. Sabemos quién fue. Significa reconocer algo más elemental: existe una violencia añadida cuando una sociedad no puede devolver a una persona asesinada su nombre, su cuerpo y un lugar.
La saca al revés
Ayer, 17 de agosto, una escultura de Federico volvió a recorrer Madrid. Era una obra de Fernando Sánchez Castillo, creada a partir de una fotografía de Lorca en tiempos de La Barraca y actualmente integrada en La perla peregrina, la exposición del Museo Reina Sofía en el Palacio de Velázquez. El propio escultor quiso apartarse de las representaciones solemnes y tristes del poeta: su Federico aparece sonriente, con los brazos levantados, casi saltando.
La acción Saca nocturna, organizada por La Juan Gallery dentro de Cultura Orgullosa 2026, tomó una palabra asociada a uno de los mecanismos más terribles de la represión —sacar de noche a personas detenidas para conducirlas hacia su ejecución— y la invirtió. Esta vez Federico salió rodeado de gente.
Quienes iniciaron simbólicamente el «secuestro» llevaban además una pancarta con unas palabras de «Gacela de la muerte oscura»:
Quiero dormir un rato, un minuto, un siglo, pero que todos sepan que no he muerto.
Hubo música, poesía, danza y acompañamiento desde el Palacio de Velázquez hasta la Plaza de Santa Ana. Que la acción forme parte de Cultura Orgullosa tampoco es un detalle incidental. El programa, impulsado por el Ministerio de Igualdad con la colaboración del Ministerio de Cultura, está dedicado a dar protagonismo a las creaciones artísticas LGTBI+ y a la diversidad sexual, de género y familiar.
Noventa años después, aquello que sirvió para perseguirlo puede ser nombrado públicamente como parte de su vida. Una noche se lo llevaron.
Noventa años después, otra multitud volvió a llevárselo. Pero esta vez ocurrió algo todavía más inquietante.
Al llegar a Santa Ana, Rata Bellucci hizo desaparecer la escultura. Entre quienes habían seguido la procesión alguien resumió lo ocurrido: «Se lo llevaron como aquel día. Nos quedamos sin Lorca».
La acción que parecía devolver el cuerpo termina, por tanto, devolviéndonos a su ausencia. No hay una restitución tranquilizadora.
No hay un Federico que finalmente permanece en la plaza. Está.
Y vuelve a faltar. Quizá ahí resida la potencia antropológica del ritual: no pretende reparar simbólicamente lo irreparable hasta hacerlo desaparecer bajo una celebración. Representa la ausencia otra vez y obliga a quienes participan a experimentar, aunque sea durante unos instantes, el vacío alrededor del cual se han construido noventa años de memoria.
La escultura desaparece. La multitud permanece. Y Federico vuelve a estar donde lleva noventa años: presente en su ausencia.
Un radar para Federico
Normalmente un radar sirve para detectar señales que vienen hacia nosotras y nosotros. Hoy hemos querido utilizarlo al revés, no para localizar, sino para emitir.
La señal va hacia Granada, hacia Víznar y Alfacar, hacia una tierra que todavía guarda cuerpos sin nombre, hacia las familias que continúan esperando y, finalmente, hacia Federico.
Noventa años después seguimos sin encontrarlo. Mientras tanto, seguimos leyéndolo. Porque quisieron hacer desaparecer un cuerpo. Y no pudieron hacer desaparecer una voz.
Referencias y lecturas
Ferrándiz, F. (2018). «De la lágrima al píxel: corrección política y emociones digitales en las exhumaciones de fosas comunes de la Guerra Civil». En L. E. Delgado, P. Fernández y J. Labanyi (coords.), La cultura de las emociones y las emociones en la cultura española contemporánea: siglos XVIII-XXI. Madrid: Cátedra, pp. 293–318.
García Alonso, M. (2018). «¿Qué es lo que quieren ahora si nosotros ya les habíamos perdonado? Resistencias y transformaciones de la memoria de los vencedores de la Guerra Civil española». Eolles (Est Ouest Langues Littératures Echanges Sociétés).
Gibson, I. (2026). No me encontraron. La fosa de Lorca: crónica de un olvido. Madrid: Aguilar. Publicado el 21 de mayo de 2026.
Labanyi, J. (2010). «Doing Things: Emotion, Affect, and Materiality». Journal of Spanish Cultural Studies, 11(3–4), 223–233.
Lorandi, A. M. (2012). «¿Etnohistoria, Antropología Histórica o simplemente Historia?».
Ruiz Tresgallo, S. (2018). «Asedios a la ciudad moderna: acercamientos ecocríticos a Poeta en Nueva York de Federico García Lorca». Ulúa. Revista de Historia, Sociedad y Cultura, 31. https://doi.org/10.25009/urhsc.v0i31.2589
Materiales docentes y notas de Antropología del cuerpo y de las emociones y Ritual y Creencia, Grado en Antropología Social, UCM.
Fuentes en línea
- Universo Lorca: https://www.universolorca.com/
- Ministerio de Igualdad — Cultura Orgullosa 2026: https://www.igualdad.gob.es/
- Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía: https://www.museoreinasofia.es/
- Ian Gibson, No me encontraron: https://www.penguinlibros.com/
- Ulúa. Revista de Historia, Sociedad y Cultura: https://ulua.uv.mx/