Una política para los medios comunitarios en Namibia y dos investigaciones sobre sanación colectiva en la Amazonía colombiana parecen pertenecer a ámbitos distintos.
En Namibia aparecen emisoras, lenguas locales, regulación y estructuras de financiación. En Colombia, mujeres sobrevivientes del conflicto armado pintan, bordan, cultivan plantas medicinales y reconstruyen relaciones dañadas por la guerra.
Ambas escenas hablan de infraestructuras que sostienen la memoria. Una permite que voces desplazadas de los grandes medios permanezcan en el espacio público. La otra convierte el trabajo artístico, el acompañamiento y el cuidado territorial en formas de reparación.
La inteligencia artificial introduce una tercera escena. Las emisiones radiofónicas pueden convertirse en corpus lingüísticos. Los bordados, testimonios y conocimientos sobre plantas pueden transformarse en archivos digitales. Pero la IA no se limita a aprender de ellos. Los clasifica, los recombina y puede reproducirlos de manera incorrecta. Además, la nube que los almacena necesita electricidad, agua, minerales, chips, redes y centros de datos.
La memoria digital también ocupa territorio.
Namibia y los recursos necesarios para hablar
En abril de 2026, Namibia aprobó su Política de Medios Comunitarios para el periodo 2026–2030. El marco fue desarrollado con apoyo de la UNESCO, el Ministerio de Tecnologías de la Información y la Comunicación, la Autoridad Reguladora de las Comunicaciones de Namibia y la red nacional de emisoras comunitarias.
La política intenta proporcionar la base institucional que el sector reclamaba desde hacía años. Las radios comunitarias transmiten lenguas locales, conectan zonas rurales con el debate público y abren espacios para poblaciones que suelen permanecer fuera de las conversaciones nacionales.
Durante la elaboración del marco se propusieron reformas como el acceso a publicidad gubernamental, la creación de un organismo nacional representativo y la ampliación del Fondo de Acceso y Servicio Universal para cubrir equipamiento e infraestructuras de los medios comunitarios. La fuente pública de UNESCO confirma esas propuestas, aunque no detalla cómo quedaron incorporadas en la ejecución final.
Ned Sibeya, de la Comisión Nacional de Planificación, describió estos medios como el latido de la sociedad namibia. La metáfora resulta reveladora. Una emisora local no es únicamente un canal por el que pasan noticias. Puede ser el lugar donde una comunidad se escucha a sí misma, reconoce una lengua y decide qué acontecimientos merecen atención.
La formalización introduce, sin embargo, una tensión. El lenguaje institucional habla de viabilidad, capacidad y estructuras coherentes de gobernanza. Son objetivos necesarios en un sector sometido con frecuencia a la escasez de recursos. Sin financiación, equipamiento y condiciones laborales dignas, el reconocimiento jurídico puede quedarse en una declaración.
Pero fortalecer capacidades tampoco es una operación neutral. Alguien debe decidir qué forma de hablar es profesional, qué estilo radiofónico se considera solvente y qué estructura administrativa resulta suficientemente estable. Una política concebida para proteger los medios comunitarios podría terminar normalizando las prácticas que pretendía sostener.
La precariedad no debe romantizarse como una expresión automática de autonomía. La falta de recursos limita la continuidad de las emisiones y aumenta la dependencia de gobiernos, anunciantes o donantes. Aun así, ciertas formas de organización informal han permitido conservar maneras locales de narrar, participar y adoptar decisiones que no encajan fácilmente en modelos corporativos.
El reto material consiste en proporcionar recursos sin convertir la ayuda en una técnica de domesticación.
Clave AIthropology Lab — La soberanía mediática no consiste solo en obtener una frecuencia. También exige capacidad para sostener una voz sin tener que modificarla hasta volverla reconocible para quien financia, regula o evalúa.
Amazonía colombiana y las heridas que se bordan
En Medical Anthropology, el artículo “Survivors, Artists, and Healers: Collective Healings of Ecological and War-Related Wounds in the Colombian Amazon”, de César E. Abadía-Barrero y el resto del equipo de investigación, estudia un proceso de creación colectiva desarrollado con mujeres sobrevivientes del conflicto armado en la Amazonía colombiana.
La pintura, el bordado y la instalación permitieron expresar pérdidas, dolores y expectativas de futuro que difícilmente podían reducirse a los protocolos clínicos convencionales. La experiencia culminó en Casa Común, una obra que articula memorias personales y colectivas.
En los tejidos aparecen familias y amistades, pero también plantas, animales, ríos y paisajes amazónicos. La sanación no se representa como una recuperación exclusivamente individual. Se produce mediante relaciones con otras personas y con un territorio que también ha sufrido la guerra.
El territorio no funciona como un escenario inerte sobre el que se desarrolló el conflicto. Forma parte de la herida. Los desplazamientos, la destrucción ambiental, la pérdida de cultivos y la ruptura de vínculos comunitarios pertenecen a un mismo proceso.
Un trabajo relacionado de Vanesa Giraldo-Gärtner, Sandra González Sanabria y Edna Rocío Cortés Guzmán, “Plantas medicinales que sanan heridas de guerra: una experiencia de reconciliación interespecie”, analiza en Caquetá el cultivo de plantas medicinales como práctica de construcción de paz.
Las plantas actúan como mediadoras alrededor de las cuales víctimas, personas excombatientes y comunidades campesinas pueden reconstruir confianza y formas cotidianas de cuidado. Cultivar, sanar y recordar dejan de ser actividades separadas. La planta no es únicamente un depósito de propiedades bioquímicas. Su eficacia social depende también de conocimientos, afectos, ritmos y obligaciones construidos a su alrededor.
El valor de estas prácticas no proviene de su reconocimiento como arte profesional ni de su incorporación a un mercado cultural. Surge del tiempo compartido, de la repetición de los gestos y de la posibilidad de permanecer junto a otras personas.
Un bordado puede ser una obra, pero también una relación.
Clave AIthropology Lab — La reparación no ocurre solamente cuando una institución reconoce el daño. También se produce en las prácticas lentas con las que una comunidad vuelve a relacionar cuerpos, memorias, plantas y territorio.
El tiempo del proyecto y el tiempo del cuidado
La política namibia se organiza alrededor de un periodo definido, entre 2026 y 2030. Necesita presupuestos, objetivos, indicadores y fechas de evaluación. Es el tiempo lineal de la planificación pública.
La sanación territorial descrita en Colombia sigue otra temporalidad. Depende de los cultivos, del regreso de los recuerdos, de los ciclos vitales y de la reconstrucción gradual de la confianza. No puede garantizarse mediante un cronograma de ejecución.
Ambos tiempos pueden ser necesarios, pero no son equivalentes.
Una institución necesita planificar. Una comunidad necesita continuar cuando terminan el presupuesto, el proyecto de cooperación o la investigación. La contradicción aparece cuando el tiempo administrativo pretende sustituir al tiempo de la vida.
Las instituciones suelen medir actividades realizadas, personas participantes, materiales producidos y resultados alcanzados. Las comunidades pueden valorar, en cambio, la recuperación de una lengua, la continuidad de una relación o la posibilidad de regresar a un lugar sin miedo.
Cuando el indicador sustituye al proceso, aquello que no cabe en el calendario comienza a parecer un fracaso.
Las palabras que desaparecen
En Anthropology News, Sarah Duignan examina en “Erasing Words, Erasing Health” las restricciones lingüísticas que afectan a las evaluaciones de salud ambiental en Estados Unidos.
La lista analizada incluye expresiones como Indigenous community, climate change, gender-based violence, women, pollution, safe drinking water, sociocultural y accessible. Cuando desaparecen estas palabras, no solo cambia el vocabulario de los informes. También se dificulta formular determinadas preguntas y documentar experiencias concretas.
Una evaluación que no puede nombrar una comunidad indígena, la contaminación del agua o la violencia de género no se vuelve neutral. Se vuelve incapaz de registrar las relaciones que producen el daño.
Cada palabra eliminada cierra una línea de investigación. Lo que deja de nombrarse resulta más difícil de reconocer, medir y defender. La pérdida epistémica descrita por Duignan forma parte de una lógica más amplia. Los sistemas administrativos y digitales deciden qué puede aparecer como una realidad legible.
La escena ayuda a conectar Namibia y Colombia. Una lengua que no llega a la radio nacional pierde presencia pública. Una relación afectiva, espiritual o medicinal con el territorio que no entra en un formulario puede quedar fuera de las políticas de reparación.
La invisibilidad también se fabrica mediante clasificaciones.
Cuando las voces se convierten en datos
La inteligencia artificial podría ampliar el alcance de los medios comunitarios. Los sistemas de transcripción y traducción pueden facilitar la circulación de programas en lenguas locales, mejorar la accesibilidad y contribuir a conservar registros orales.
También podrían ayudar a ordenar archivos sobre memoria, biodiversidad o salud comunitaria.
Pero estas posibilidades dependen de quién diseña la herramienta, quién controla los datos y qué beneficios regresan a quienes produjeron el conocimiento.
Una crónica de Associated Press y Grist sobre el Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas de 2026 recoge esta ambivalencia. La IA puede apoyar la revitalización lingüística y la vigilancia territorial, pero también extraer sin consentimiento relatos tradicionales, conocimientos medicinales, información genética y datos sobre tierras.
Los principios CARE para la gobernanza de datos indígenas plantean cuatro dimensiones fundamentales. Beneficio colectivo, autoridad para controlar, responsabilidad y ética. Su punto de partida es que hacer un dato localizable, accesible y reutilizable no basta. También deben considerarse las desigualdades históricas, los propósitos de la recopilación y la autoridad de los pueblos sobre sus conocimientos.
Esta discusión afecta directamente a los dos casos.
Las emisiones de una radio comunitaria namibia pueden ser tratadas como datos de entrenamiento. Un modelo podría aprender vocabulario, pronunciaciones y relatos locales a partir de años de trabajo comunitario. Pero la disponibilidad técnica de una grabación no equivale a una autorización para reutilizarla.
En la Amazonía colombiana, los bordados, testimonios y conocimientos sobre plantas también podrían digitalizarse. Al separarlos de quienes los produjeron, un sistema podría convertirlos en patrones visuales, categorías emocionales o información reutilizable.
La extracción digital comienza cuando un conocimiento puede copiarse sin conservar las obligaciones que lo acompañan.
La nube tiene sed
La palabra nube produce una ilusión de ingravidez. Parece describir un espacio sin suelo, sin fronteras y sin materia.
Sin embargo, no hay inteligencia artificial sin centros de datos ni centros de datos sin energía. El informe Energy and AI de la Agencia Internacional de la Energía analiza la electricidad que requiere la expansión de la IA y sus efectos sobre la seguridad energética, las emisiones y la asequibilidad.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente añade otras capas. Los centros de datos consumen agua para refrigerar equipos, generan residuos electrónicos y dependen de minerales críticos y tierras raras cuya extracción puede causar daños ambientales. La fabricación de chips y dispositivos también exige grandes cantidades de materias primas.
La paradoja resulta difícil de ignorar.
Las comunidades de Namibia y Colombia pueden recurrir a la digitalización para proteger una lengua, conservar una memoria o defender un territorio. Pero al subir esos registros a infraestructuras comerciales de IA también participan, aunque sea indirectamente, en un sistema material que consume energía, agua y minerales.
La IA no solo aprende de los territorios. También necesita territorios para existir.
No hay una línea directa que permita atribuir cada archivo radiofónico a una mina o cada bordado digitalizado a un centro de datos concreto. La infraestructura opera mediante cadenas globales difíciles de rastrear. Precisamente por ello, la abstracción de la nube es políticamente eficaz. Separa el gesto aparentemente inmaterial de almacenar o procesar información de las condiciones materiales que lo hacen posible.
La misma tecnología presentada como instrumento para preservar una memoria puede depender de modelos extractivos que debilitan las condiciones ecológicas necesarias para mantenerla viva.
Una política de soberanía digital debería considerar tanto el control del contenido como la procedencia de la energía, el consumo de agua, la vida útil de los equipos y las cadenas minerales sobre las que descansa.
Clave AIthropology Lab — La soberanía de datos queda incompleta si no pregunta por la soberanía energética, hídrica y mineral de la infraestructura que procesa esos datos.
La máquina también inventa
El peligro no termina con la apropiación.
Los sistemas generativos no recuperan recuerdos como lo haría un archivo. Producen respuestas mediante relaciones estadísticas entre fragmentos de información. Esto significa que pueden completar vacíos, mezclar variantes o presentar como auténtica una formulación que nunca existió.
Las investigaciones Multilingual Hallucination Gaps in Large Language Models e Investigating Hallucination in Conversations for Low Resource Languages muestran que los errores y las alucinaciones no se distribuyen de forma uniforme entre lenguas. El rendimiento varía según el idioma, la disponibilidad de recursos y el tipo de tarea.
Ese patrón permite plantear un riesgo específico. En una lengua escasamente documentada, una respuesta aparentemente fluida puede mezclar variantes, introducir estructuras de una lengua dominante o inventar formas plausibles. El resultado puede parecer correcto para quienes no pertenecen a la comunidad lingüística.
La máquina no solo puede apropiarse de una memoria. Puede producir un simulacro de esa memoria.
Si ese resultado circula más que las fuentes comunitarias, el error puede adquirir autoridad por repetición, visibilidad y facilidad de acceso. Una lengua con poca presencia digital corre el riesgo de ser representada públicamente por la versión probabilística que un modelo produce de ella.
La preservación tecnológica puede convertirse así en una forma involuntaria de sustitución.
El derecho a no producir el dato
La soberanía de datos suele formularse como el derecho a controlar quién recopila una información, dónde se almacena y con qué propósito se utiliza.
Pero también existe un derecho anterior. El derecho a no producir el dato.
No todos los conocimientos necesitan conservarse mediante registros permanentes. El silencio, el secreto, la transmisión limitada y el acceso condicionado pueden funcionar como tecnologías de cuidado. Determinados relatos se comparten únicamente en momentos concretos, con personas específicas o dentro de relaciones que implican responsabilidades.
La iniciativa Local Contexts ofrece una traducción práctica de esta idea. Sus etiquetas de conocimiento tradicional permiten indicar condiciones comunitarias de uso, entre ellas restricciones estacionales, materiales secretos o sagrados, contenidos de acceso limitado y usos exclusivamente comunitarios o no comerciales.
Registrar una ceremonia altera la ceremonia. Archivar un conocimiento secreto modifica las condiciones de su existencia.
Una comunidad namibia debe poder decidir que una emisión no se graba o que un relato no puede formar parte de un corpus lingüístico. Una mujer del Caquetá debe poder bordar sin que su obra termine en un banco de imágenes utilizado para entrenar sistemas de reconocimiento emocional.
La autoridad sobre los datos incluye la posibilidad de interrumpir su circulación.
Podemos llamar derecho a la fuga digital a la capacidad colectiva de retirarse de los circuitos de captura, impedir nuevos usos, exigir la eliminación de registros y mantener ciertas prácticas fuera de la representación algorítmica.
No se trata únicamente de privacidad individual. Es una forma de soberanía cultural y territorial.
La opacidad no equivale a ignorancia ni a ausencia de conocimiento. Puede ser una condición para que ese conocimiento continúe perteneciendo a las relaciones que lo sostienen.
¿Puede la IA ayudar a desaprender?
Queda una posibilidad más ambivalente.
En lugar de utilizar la IA únicamente para conservar tradiciones, una comunidad podría emplearla para examinar los discursos que el colonialismo, la guerra o la burocracia introdujeron en sus archivos. Podría comparar décadas de emisiones, documentos administrativos y materiales educativos para identificar cuándo determinados vocabularios desplazaron otros modos de nombrar el territorio.
Una herramienta gobernada localmente también podría localizar estereotipos, revelar ausencias o mostrar qué voces han dominado un archivo.
En ese sentido limitado, la IA podría colaborar en procesos de desaprendizaje.
Pero un algoritmo no puede decidir qué parte de una lengua es auténtica ni separar por sí solo lo propio de lo impuesto. Las lenguas siempre contienen intercambios, conflictos y transformaciones. Convertir la descolonización en una limpieza automática del vocabulario podría producir nuevas formas de purismo y vigilancia.
La herramienta solo tendría sentido si permanece subordinada a decisiones comunitarias, admite la incertidumbre y permite rechazar sus resultados.
El posible detox cultural no consistiría en pedir a la máquina que purifique una lengua. Consistiría en utilizarla como un instrumento provisional para hacer visibles relaciones de poder que después deben interpretarse colectivamente.
La IA podría ayudar a encontrar las capas. No debería decidir cuáles hay que arrancar.
Del derecho a hablar al derecho a retirarse
En Namibia, la mediación principal pasa por una política pública apoyada por un organismo internacional. En Colombia, pasa por cuerpos, agujas, tejidos, semillas y plantas.
La inteligencia artificial añade otra traducción. Convierte voces, imágenes y relaciones en unidades procesables.
Cada traducción permite que algo circule, pero también puede retirar una parte de su contexto. Por eso el derecho a la comunicación y el derecho al territorio convergen en una serie más amplia de derechos.
El derecho a decidir qué se convierte en dato.
El derecho a conocer la infraestructura material que lo procesa.
El derecho a corregir las representaciones fabricadas por la máquina.
El derecho a borrar, callar y retirarse.
Una radio no es solamente una colección de archivos de sonido. Un bordado no es únicamente una imagen. Una planta medicinal no es una lista de compuestos.
Son relaciones sostenidas en el tiempo.
Lectura AIthropology Lab
Namibia recuerda que una lengua necesita medios, recursos e infraestructuras para continuar siendo pública.
Colombia muestra que la memoria y la sanación no pueden separarse de los cuerpos, de los ritmos del cuidado y de los territorios.
La materialidad de la inteligencia artificial obliga a añadir que la digitalización tampoco ocurre fuera de esos territorios. Cada archivo procesado entra en una infraestructura que consume electricidad, agua, minerales y dispositivos.
La soberanía tecnológica no puede reducirse a introducir más lenguas en un modelo. Debe incluir la capacidad de gobernar los datos, evaluar los costes materiales, impugnar las falsificaciones y mantener ciertos conocimientos fuera del alcance de la máquina.
Una IA capaz de escuchar más lenguas no será necesariamente más plural.
También debe aceptar que no tiene derecho a escucharlo todo.
Fuentes
- UNESCO. “Namibia: strengthening press freedom and giving community media a voice”, 20 de mayo de 2026.
- Abadía-Barrero, César E., Camilo Ruiz-Sánchez, Vanesa Giraldo-Gartner y Paola Gamboa-Alzate. “Survivors, Artists, and Healers: Collective Healings of Ecological and War-Related Wounds in the Colombian Amazon”, Medical Anthropology, 2026.
- Giraldo-Gärtner, Vanesa, Sandra González Sanabria y Edna Rocío Cortés Guzmán. “Plantas medicinales que sanan heridas de guerra: una experiencia de reconciliación interespecie”, The Journal of Latin American and Caribbean Anthropology, 31(2), 2026, e70048.
- Duignan, Sarah. “Erasing Words, Erasing Health: Environmental Health Assessments Under Constraint”, Anthropology News, 24 de marzo de 2026.
- Associated Press y Grist. “War, climate change and AI: What’s at stake at this year’s UN Indigenous forum”, 20 de abril de 2026.
- Global Indigenous Data Alliance. CARE Principles for Indigenous Data Governance.
- Local Contexts. Traditional Knowledge Labels.
- International Energy Agency. Energy and AI, 10 de abril de 2025.
- United Nations Environment Programme. “AI has an environmental problem. Here’s what the world can do about that”, actualización del 13 de noviembre de 2025.
- Chataigner, Cléa, Afaf Taïk y Golnoosh Farnadi. Multilingual Hallucination Gaps in Large Language Models, arXiv, 2024.
- Das, Amit et al. Investigating Hallucination in Conversations for Low Resource Languages, arXiv, 2025.