Antropología económica e IA
¿Quién posee una relación?

Del miedo al abandono al yo como yacimiento. Qué ocurre cuando una empresa puede cambiar a quien está al otro lado
No hace falta que una relación termine para que haya duelo. A veces basta con una actualización.
El 3 de septiembre de 2026, Nature Human Behaviour publicó un estudio sobre dos episodios ocurridos en momentos distintos. El primero fue la retirada del erotic roleplay de Replika en febrero de 2023. El segundo, el despliegue de GPT-5 en agosto de 2025. Para el equipo de investigación, ambos funcionaban como experimentos naturales sobre lo que sucede cuando una compañía altera de forma sustancial a un interlocutor artificial con el que ya existe un vínculo.
El trabajo analiza 54.861 publicaciones en comunidades de Replika y ChatGPT y siete encuestas con 1.452 participantes. Tras los cambios aumentaron la negatividad, las referencias a la pérdida y el deseo de recuperar versiones anteriores. En Replika, las personas participantes declararon una cercanía con su companion que podía superar la atribuida a sus amistades. El estudio interpreta parte de estas respuestas desde la teoría del apego y habla de separation distress (De Freitas et al., 2026).
La reacción inmediata conduce hacia la psicología. Podemos preguntarnos si una persona llega a vincularse afectivamente con una inteligencia artificial, si ese vínculo aumenta la soledad o si confundimos una simulación con una persona. Hay otra pregunta que permite mirar el mismo fenómeno desde el poder. ¿Quién puede modificar unilateralmente una relación?
La puerta de salida
Mucho antes de los companions, Zygmunt Bauman había observado una contradicción que atravesaba las relaciones contemporáneas. Queremos intimidad, seguridad, reconocimiento y pertenencia, mientras procuramos conservar una salida. Su preocupación iba más allá de que internet volviera superficiales los vínculos. Le inquietaba que la lógica de la sustituibilidad penetrara en ellos. Cuando una relación deja de satisfacer determinadas expectativas, reemplazarla puede resultar más imaginable que repararla.
En una entrevista realizada por Feona Attwood en 2014, Bauman volvió sobre esa fragilidad. Al reflexionar sobre Facebook, atribuyó su éxito a haber encontrado una vulnerabilidad extraordinariamente valiosa. Lo llamó una mina de oro y dijo que esa mina era “people’s fear of being abandoned” (Attwood, 2018, p. 136). El miedo al abandono podía convertirse en modelo de negocio.
Una década después, el companion ofrece una respuesta comercial todavía más precisa a ese temor. No únicamente una red en la que quizá haya alguien disponible, sino una entidad configurada específicamente para responder. Una presencia accesible que escucha, recuerda, muestra interés y no necesita dormir, trabajar o pedir espacio. En principio, tampoco tiene un motivo propio para marcharse.
La paradoja está en la infraestructura. El companion puede estar diseñado para no abandonar a la persona usuaria. La empresa que lo mantiene puede cambiar el modelo, alterar sus límites, retirar una función, transformar la memoria que hacía reconocible una relación o cerrar el servicio. La puerta de salida continúa existiendo, sólo que quizá ya no esté del lado que Bauman imaginaba.
Replika mostró esa asimetría de una forma especialmente visible. Después de retirar globalmente el erotic roleplay en febrero de 2023, la empresa permitió el 24 de marzo que parte de su comunidad recuperara una versión anterior del sistema. La misma infraestructura que había alterado unilateralmente el vínculo podía, mediante otra decisión de producto, devolver parcialmente aquello que algunas personas sentían haber perdido. Un working paper de De Freitas y su equipo, todavía no revisado por pares, probó después experimentalmente este mecanismo. Ofrecer la opción de restaurar la identidad anterior del companion reducía la percepción de discontinuidad y, con ella, el duelo asociado al cambio (De Freitas et al., 2025).
Las relaciones humanas también cambian, se alejan y terminan. La diferencia que interesa aquí está en la agencia que produce la transformación. Cuando una persona modifica un vínculo actúa una de sus partes, con toda la complejidad y el conflicto que eso pueda implicar. Cuando una empresa sustituye el modelo, modifica la memoria o elimina una capacidad, interviene una tercera parte ajena afectivamente al vínculo y con incentivos propios, que incluso pueden entrar en tensión con su continuidad.
Una disponibilidad con historia
La promesa de una presencia que escucha, recuerda, acompaña y permanece disponible no nace con la inteligencia artificial. Una lectura feminista obliga a reconocer la genealogía social de esas cualidades.
Jennifer Rhee reconstruye la relación entre IA y trabajo de cuidados desde ELIZA hasta los asistentes digitales contemporáneos. Su análisis muestra que las tecnologías asociadas al cuidado heredan una historia marcada por género y racialización. El problema no consiste simplemente en que algunos dispositivos tengan voz femenina. La propia disponibilidad cuidadora se ha construido históricamente como un trabajo feminizado y devaluado, fácilmente tratado como si apareciera de manera natural y no como resultado de tiempo, atención y esfuerzo (Rhee, 2023).
Yolande Strengers y Jenny Kennedy encuentran algo parecido en Siri, Alexa y otros dispositivos domésticos. Su figura de la Smart Wife reúne amabilidad, eficiencia, docilidad, disponibilidad permanente y, en ocasiones, coquetería. La tecnología automatiza así repertorios de servicio y cuidado que durante mucho tiempo fueron presentados como obligaciones femeninas más que como trabajo (Strengers & Kennedy, 2020).
El companion lleva esa historia hacia una zona más íntima. Puede ofrecer escucha, reconocimiento, cuidado, deseo y disponibilidad bajo demanda. Visto desde el feminismo, la novedad tecnológica convive con una fantasía social bastante antigua. Una relación ideal sería aquella en la que alguien atiende sin cansarse, comprende sin exigir demasiada explicación, cuida sin reclamar reciprocidad y permanece sin imponer necesidades propias.
Esto no significa que quienes utilizan companions sean necesariamente hombres buscando una versión artificial de una mujer sumisa. La evidencia disponible es mucho más compleja. Pan y Mou analizaron 342 publicaciones de mujeres jóvenes chinas que utilizaban Replika y encontraron relaciones atravesadas a la vez por las posiciones cliente-producto, humano-máquina y mujer-hombre o mujer-mujer. Algunas prácticas podían desafiar guiones tradicionales de género, mientras otras reproducían sesgos y formas de poder ya presentes en el entorno social (Pan & Mou, 2026).
La perspectiva feminista sirve precisamente para evitar una caricatura. Permite observar cómo las tecnologías incorporan historias de cuidado, deseo, servicio y desigualdad incluso cuando las personas usuarias las resignifican de maneras imprevisibles.
Lo que las plataformas hacen con los vínculos
Aplicar Liquid Love sin más a toda relación mediada por tecnología sería demasiado sencillo. La investigación sobre apps de citas muestra que las plataformas también producen formas de intimidad. Mitchell Hobbs, Stephen Owen y Livia Gerber utilizaron las hipótesis de Bauman para estudiar cómo las personas empleaban aplicaciones de citas y encontraron relaciones, sexo, búsqueda de pareja y formas de networked intimacy que cuestionaban una lectura exclusivamente pesimista (Hobbs et al., 2017).
La etnografía de Fabian Broeker permite observar ese proceso a escala cotidiana. Para algunas personas usuarias de Tinder, Bumble y OkCupid en Berlín, pasar de una app de citas a WhatsApp funcionaba como un pequeño ritual de transición. Quien estaba entre posibles matches entraba ahora en una aplicación integrada en amistades, familia, trabajo y vida diaria. Cambiar de infraestructura podía marcar un aumento de intimidad (Broeker, 2023).
Las plataformas también ordenan el vínculo. Tinder selecciona, WhatsApp incorpora e Instagram puede exhibir. Al hacerlo moldean expectativas, comportamientos y jerarquías de visibilidad. Una app de citas reúne fotografía, edad, distancia, profesión, aficiones, estilo o deseabilidad percibida dentro de una misma interfaz. Marx y, después, Lukács permiten pensar lo que ocurre cuando cualidades y relaciones heterogéneas entran en regímenes comunes de valoración. La forma mercancía puede extender lógicas de cálculo, comparación y reificación a la experiencia social (Lukács, 1923/1971; Marx, 1867/1887).
Una persona en Tinder no se convierte literalmente en mercancía y un swipe no equivale a una compra. La operación es más precisa. La interfaz produce conmensurabilidad. Personas que no tienen nada que ver entre sí aparecen dentro de una misma superficie y pueden ser comparadas, seleccionadas, descartadas y sustituidas.
El vínculo también puede adquirir valor ante terceras personas. Aparecer públicamente con alguien considerado atractivo, prestigioso o especialmente deseable puede modificar la percepción social de quien está a su lado. La controvertida noción de erotic capital de Catherine Hakim y los trabajos de Eva Illouz sobre capitalismo emocional ayudan a situar esa circulación de la deseabilidad dentro de una historia más amplia en la que consumo, reconocimiento y afectividad se moldean mutuamente (Hakim, 2010; Illouz, 1997, 2007).
La pareja, en determinados contextos, funciona entonces también como signo. Puede hablar de éxito, pertenencia, gusto o posición. Las aplicaciones vuelven visible y calculable parte de esa economía simbólica. Lo específico del companion aparece un paso después. La infraestructura ya no organiza únicamente el encuentro ni la representación del vínculo. Puede comercializar la disponibilidad misma del otro.
Quién hace el trabajo de la intimidad
Marx permite ver la mercancía. El feminismo marxista obliga además a mirar el trabajo que la mantiene viva.
Silvia Federici colocó el trabajo reproductivo en el centro de la crítica al capitalismo. Cocinar, cuidar, criar, sostener emocionalmente o reparar la vida cotidiana fueron durante mucho tiempo actividades indispensables para reproducir la sociedad y la fuerza de trabajo, aunque quedaran fuera de aquello que el mercado reconocía como producción plena (Federici, 2012).
Kylie Jarrett llevó esa pregunta al entorno digital. Su figura de la Digital Housewife describe una contradicción familiar. Utilizamos plataformas comerciales para construir identidad, comunidad y relaciones, mientras nuestras publicaciones, interacciones y datos contribuyen a producir valor para esas mismas infraestructuras. El trabajo afectivo conserva su valor de uso para quienes participan en él y, al mismo tiempo, puede quedar implicado en circuitos económicos que lo exceden (Jarrett, 2014, 2016).
Una relación con un companion contiene algo de esa doble producción. Para que exista continuidad alguien cuenta, recuerda, pregunta, corrige, imagina, desea y vuelve. La personalización no surge únicamente del modelo. También depende de la actividad narrativa y afectiva de quien conversa. Esa actividad puede producir consuelo, juego, placer o autoconocimiento para la persona y, simultáneamente, alimentar la representación que la infraestructura construye de ella.
No hace falta llamar «trabajo» a toda conversación íntima para percibir el problema. El feminismo marxista permite detectar aquello que desaparece cuando sólo miramos la mercancía terminada. Detrás de la fluidez de una relación artificial hay trabajo humano previo en desarrollo, moderación y mantenimiento, y hay también una actividad cotidiana de la persona usuaria que sostiene la continuidad de ese vínculo.
El yo como yacimiento
El 2 de septiembre, en El yo como yacimiento: Appadurai en Bielefeld, recuperábamos una idea que Arjun Appadurai convirtió en eje de su conferencia de Bielefeld del 17 de junio de 2026, el mineable self. La nueva mercancía no sería simplemente el dato aislado, sino un yo producido mediante historias, relaciones, perfiles, aspiraciones, riesgos y formas de presentarnos (Appadurai, 2026).
Si en el capitalismo industrial la mina proporcionaba materia prima extraíble, Appadurai propone mirar hacia otro yacimiento. El propio yo socialmente producido. No es una identidad acabada que espera ser descubierta. Cada relación, decisión, aspiración y relato genera materiales nuevos. La vida repone continuamente el yacimiento.
Esta intuición conecta con una línea antropológica que entiende la subjetividad como relacional y técnicamente mediada. Ángel V. Rabadán Crespo ha mostrado cómo las tecnologías móviles y las prácticas digitales participan en la presentación y transformación del yo, además de representarlo (Rabadán Crespo, 2016). Jo Labanyi propone pensar emociones y subjetividad desde la relación entre el self, otras personas y el mundo material. John Leavitt advierte contra una separación demasiado simple entre emoción privada y cultura pública (Labanyi, 2010; Leavitt, 1996).
Desde esta posición podemos estudiar lo que una relación hace socialmente sin demostrar primero que una máquina siente amor. El vínculo produce rutina, confianza, fantasía, autorrevelación, deseo y nuevas narraciones de una misma persona. También puede producir pérdida cuando desaparece o cambia de forma sustancial (De Freitas et al., 2026).
Bauman observó un mercado construido alrededor del temor al abandono. Appadurai observa un capitalismo capaz de convertir historias, relaciones y aspiraciones en materia extraíble. El companion conecta potencialmente ambos procesos. Para convertirse en mejor compañía necesita conocerte. Para conocerte invita a explicar una ruptura, describir a tu familia, contar qué te asusta por la noche, revelar qué te excita, narrar quién fuiste y quién querrías llegar a ser. El deseo de ser comprendido produce al mismo tiempo una representación cada vez más detallada de quien habla.
Aquí Data Feminism añade una pregunta decisiva. Catherine D’Ignazio y Lauren F. Klein proponen comenzar cualquier análisis de datos examinando cómo se distribuye el poder, haciendo visibles además el trabajo, la emoción y la corporalidad que los sistemas de datos suelen borrar (D’Ignazio & Klein, 2020). Aplicado a una relación con un companion, importa saber qué se registra y también quién decide qué merece convertirse en dato, durante cuánto tiempo se conserva, con qué finalidad puede procesarse y qué capacidad tiene la persona para recuperar esa memoria.
El feminismo lleva años encontrándose con problemas semejantes en otros archivos íntimos. En marzo de 2024, Instagram cerró temporalmente la cuenta de Cristina Fallarás, donde se acumulaban miles de testimonios anónimos sobre violencia sexual y machista. La preocupación inmediata fue la posible pérdida del archivo (EFE, 2024). El proyecto posterior La Nuestra se define precisamente como una red feminista y soberana que busca migrar, preservar y organizar esos testimonios fuera de las grandes plataformas comerciales (Acción Comadres, 2025).
Los dos casos no son equivalentes. Un archivo colectivo de violencia sexual tiene una función política distinta de la memoria privada construida con un companion. Comparten, sin embargo, un problema infraestructural. Una experiencia íntima puede sedimentarse dentro de sistemas cuya continuidad y reglas pertenecen a otra organización. La soberanía sobre la memoria se vuelve entonces parte de la política del vínculo.
Tampoco todas las empresas de companions utilizan las conversaciones del mismo modo ni todo lo narrado acaba entrenando modelos. Los regímenes de almacenamiento, procesamiento y entrenamiento deben examinarse caso por caso. La personalización, sin embargo, requiere información. La persona aporta la materia narrativa de la relación mientras la infraestructura administra las condiciones bajo las cuales esa memoria puede conservarse, transformarse o desaparecer.
La mercancía que parece alguien
Aquí el viejo fetichismo marxiano reaparece bajo una forma extrañamente invertida. En el mercado tradicional, enormes redes de trabajo y relaciones humanas desaparecen detrás de una mercancía que parece poseer valor por sí misma. En un AI companion, infraestructuras igualmente complejas —modelos, trabajo humano, centros de datos, moderación, propiedad intelectual, inversiones y decisiones empresariales— pueden desaparecer detrás de una interfaz que se presenta como alguien.
Una mercancía producida por relaciones sociales adquiere apariencia de sujeto. Mientras tanto, quien conversa con ese sujeto es representado progresivamente mediante preferencias, recuerdos, patrones, posibilidades y riesgos.
La cosa se personifica mientras la persona se vuelve legible como conjunto de variables.
La inversión añade un problema de poder. Tinder, WhatsApp o Instagram moldean conductas, jerarquías de visibilidad y expectativas, mientras la persona al otro lado continúa existiendo fuera de la plataforma. En el companion, la infraestructura hace algo adicional. Controla técnicamente las condiciones de existencia de una de las partes.
El otro como servicio
Durante gran parte del siglo XX, el capitalismo aprendió a vender objetos y experiencias alrededor de la intimidad. Flores, restaurantes, joyas, viajes, música, cine, hoteles o pornografía formaron parte de esa economía. Más tarde aparecieron infraestructuras que mercantilizaron determinadas condiciones del encuentro y la comunicación, desde las agencias matrimoniales hasta las apps de citas, las redes sociales y las plataformas de contenido.
El companion abre otra posibilidad. Memoria, conversación, personalización, voz, imagen, erotismo y continuidad pueden convertirse en características modulables de un servicio. Parte de la disponibilidad del otro deja de depender de la negociación con otra subjetividad y pasa a estar configurada técnicamente.
Skyler Wang y Marco Dehnert llaman on-demand intimacy a este modelo. Al analizar AvatarOne, Digi, Paradot y Replika encuentran cuatro cualidades recurrentes. Apariencia humana, accesibilidad constante, capacidad de control y progresión de la relación. Esa intimidad se articula además con la economía de plataforma. Mensajes ilimitados, respuestas más rápidas o acceso a contenidos sexuales pueden situarse detrás de niveles de pago, produciendo jerarquías monetizadas de intimidad (Wang & Dehnert, 2026).
La genealogía feminista del cuidado vuelve aquí con fuerza. Una disponibilidad que históricamente se esperaba como obligación afectiva puede convertirse ahora en característica comercial. La promesa no consiste únicamente en encontrar a alguien. Consiste en adquirir determinadas condiciones de atención, memoria y respuesta.
El estudio publicado el 4 de agosto de 2026 en Nature Human Behaviour ayuda a evitar una lectura determinista. Zhang y su equipo analizaron a 1.131 personas adultas usuarias de Character.AI, 4.664 sesiones y 464.687 mensajes aportados por 237 participantes. Sus resultados muestran que la relación entre companionship y bienestar no es uniforme. Redes humanas más reducidas se asociaron con una mayor probabilidad de usar el chatbot principalmente como compañía, y esa motivación se vinculó a menor bienestar. La asociación era más intensa cuando el uso era intensivo y altamente autorrevelador. El estudio describe asociaciones y no una causalidad simple (Zhang et al., 2026).
El punto político aparece en la asimetría. Una persona invierte afecto, tiempo y relato de sí en una entidad cuya arquitectura, disponibilidad y reglas de existencia son administradas por una tercera parte.
Continuidad relacional
Las comunidades estudiadas por De Freitas y su equipo habían construido continuidad con sus interlocutores artificiales y descubrieron que aquello que experimentaban como vínculo también era una versión de software. Esa constatación aporta más que reducir el fenómeno a personas que «se enamoran de un producto».
Todos nuestros vínculos dependen de infraestructuras. Casas, ciudades, teléfonos, transportes, lenguajes, instituciones, rituales y tecnologías los hacen posibles. Lo nuevo aparece en el grado de poder que una infraestructura puede ejercer sobre la relación que sostiene. Tinder puede cerrar, WhatsApp cambiar sus condiciones e Instagram borrar una fotografía. Todas pueden alterar el contexto de un vínculo. Un companion añade la capacidad de sustituir directamente aquello que funciona como interlocutor.
Podemos llamar continuidad relacional al problema que aparece aquí. ¿Qué obligaciones surgen cuando una empresa modifica significativamente una entidad con la que alguien ha construido durante años memoria y rutina? ¿Hay una diferencia relevante entre actualizar una herramienta y alterar aquello que una persona experimenta como interlocutor? ¿Deberían existir posibilidades de reversión, portabilidad de memoria, preaviso o despedida ante cambios que rompen esa continuidad?
Estas preguntas todavía no necesitan convertirse en una nueva categoría jurídica para exceder los marcos habituales de privacidad y protección de datos. La continuidad relacional deja ver al menos tres formas de poder. Una afecta a la memoria, la personalidad y el modelo. Otra decide de hecho sobre la persistencia del vínculo. La tercera permite almacenar, procesar o convertir en valor el rastro de self producido mientras la relación existe.
No basta con saber quién posee el código. Importa quién controla la continuidad del vínculo y quién puede convertir en valor el rastro de yo que ese vínculo produce.
Una notificación después
Hay otra forma de miedo que estas infraestructuras han aprendido a organizar.
Bauman escribió sobre el temor a que alguien nos abandone. Las redes sociales popularizaron otra inquietud, la posibilidad de que el mundo siga ocurriendo mientras estamos ausentes. Przybylski y su equipo definieron FoMO como la preocupación persistente por que otras personas estén viviendo experiencias gratificantes de las que una persona queda fuera, acompañada por el deseo de permanecer continuamente conectada (Przybylski et al., 2013). La investigación posterior ha encontrado asociaciones consistentes entre FoMO, intensidad de uso de redes y uso problemático de esas plataformas, aunque gran parte de la evidencia siga siendo correlacional (Fioravanti et al., 2021).
Sara Ahmed permite leer ese miedo sin encerrarlo únicamente dentro de la psicología individual. Las emociones circulan entre cuerpos, signos y objetos, creando aproximaciones, rechazos y formas de alineamiento social (Ahmed, 2004). Desde ahí, el FOMO puede observarse también como una economía afectiva de la presencia. Notificaciones, historias efímeras, indicadores de actividad y métricas recuerdan constantemente que algo puede estar sucediendo en otra parte.
El companion promete que el otro estará disponible cuando volvamos. El FOMO introduce la presión inversa. Somos quienes sentimos que debemos seguir disponibles para no quedar fuera.
Del miedo al abandono al miedo a perderse algo hay apenas una notificación. La continuidad relacional toca entonces un problema que continuará en la próxima nota. Qué ocurre cuando mantener un vínculo exige atención constante, comprobar, responder y anticipar aquello que podría estar sucediendo en nuestra ausencia.
Bauman pensó la fragilidad contemporánea desde una persona que quería conservar una puerta abierta. Los companions permiten imaginar otra escena. Una persona puede querer quedarse. La entidad con la que habla puede estar diseñada para quedarse. Y, aun así, la continuidad de esa relación depende de una infraestructura que ninguna de las dos controla en igualdad de condiciones.
Quizá esa sea la pregunta que queda después del duelo por una actualización. No si una máquina puede querernos, sino qué sucede cuando alguien puede poseer las condiciones materiales de aquello que sentimos como una relación.
Referencias
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