El yo como yacimiento: Appadurai en Bielefeld

Arjun Appadurai llama «yo minable» a una nueva mercancía hecha de vínculos, relatos, perfiles y datos. Una lectura de su trabajo de 2026 sobre persona, afecto e inteligencia artificial.

·Martín González Senosiain

El 17 de junio de 2026, en el aula X-E0-001 de la Universidad de Bielefeld, Arjun Appadurai impartió una conferencia cuyo título funciona casi como un manifiesto, The Next New Commodity: Mining the Self in the Era of Digital Personhood. La próxima nueva mercancía ya no sería necesariamente una cosa. El yacimiento sería el yo.

Appadurai ocupaba durante el semestre de verano la Niklas-Luhmann-Gastprofessur de la Facultad de Sociología y dirigía además el seminario doctoral Circulation and Comparison in Global Socio-Cultural Flows. Pero la idea del yo minable no apareció de pronto en aquella aula. El 10 de febrero había publicado en The Hindu The next big commodity is the mineable self. El 16 de abril, en Ámsterdam, desarrolló otra pieza relevante en la conferencia Affect in Times of AI: Emotion, Technology, and Democratic Imagination. En mayo volvió sobre el mineable self en una conversación con Reset DOC sobre universidad y self-branding.

De las cosas al yo

Que esta formulación proceda de Appadurai importa. En 1986, The Social Life of Things propuso estudiar las mercancías siguiendo las condiciones sociales que les permiten adquirir valor, circular y entrar o salir de estados mercantiles. Modernity at Large trasladó después la atención hacia la circulación global de personas, tecnologías, capitales, imágenes e ideas. En Banking on Words, ya en 2015, Appadurai examinó cómo las finanzas derivadas convierten incertidumbres y promesas futuras en valor.

Hay incluso una vieja intuición maussiana detrás de este recorrido. Las cosas nunca circulan completamente separadas de las personas y relaciones que las produjeron. En el episodio del BielefeldANTHRO Book Podcast, Appadurai vuelve a Marcel Mauss para recordar que los objetos llevan algo de quienes los manejan y para conectar el don con el contrato moderno. La economía digital parece invertir ahora el problema. Partes de las personas y de sus relaciones pueden convertirse en cosas circulables.

Cuarenta años después de The Social Life of Things, la propia persona parece entrar en esa trayectoria. No se trata simplemente de que produzcamos datos que otras organizaciones explotan. La formulación de Appadurai desplaza el foco desde los datos hacia aquello de lo que proceden.

¿Qué yo se mina?

Conviene detenerse en la palabra self. El yo del que habla Appadurai no es simplemente una identidad digital, una interioridad psicológica ni un conjunto de datos personales esperando ser recogidos.

Su obra lleva décadas describiendo una persona constituida socialmente. En Modernity at Large, la imaginación deja de ser una facultad privada para convertirse en una práctica social mediante la que las personas construyen mundos posibles y versiones de quienes son. Medios, migraciones, imágenes y relatos no actúan únicamente sobre una identidad previa, sino que participan en su formación.

Más adelante, en su trabajo sobre la capacidad de aspirar, Appadurai insistió en que incluso la posibilidad de imaginar y navegar futuros es cultural y relacional. Las aspiraciones no nacen en aislamiento. Se forman en la vida social y están distribuidas de manera desigual.

El antecedente más directo del mineable self aparece en Banking on Words. Allí la persona deja de presentarse como una unidad indivisible y aparece como dividual, susceptible de ser separada en atributos, riesgos y relaciones. En la conversación del BielefeldANTHRO Book Podcast, grabada durante su estancia, Appadurai vuelve sobre ese problema con una formulación especialmente clara. Los sistemas modernos, sostiene, nos han “troceado”. Somos simultáneamente quien trabaja, quien pide un préstamo, quien cobra una pensión, quien posee un vehículo o quien presenta determinado estado de salud. Cada ámbito produce perfiles y puntuaciones diferentes, pero ninguna operación vuelve finalmente a reunirlos en una persona completa.

En esa misma conversación llega a decir que “there is no such thing as me” si por me entendemos una suma final capaz de recomponer todos esos perfiles en una unidad estable. Para esas infraestructuras existen, más bien, versiones parciales y operativas.

La conferencia de Ámsterdam añade otra capa. Allí Appadurai habla del algorithmic self, un yo crecientemente binarizado, ordenado mediante oposiciones y convertido en entidad lógica y calculable. Su pregunta inmediata es qué ocurre entonces con el afecto y con aquellas dimensiones de la experiencia que no son fácilmente susceptibles de numerización.

Así entendido, el mineable self no es una esencia escondida dentro de cada persona. Es algo más próximo a la socialidad hecha narrable, visible y calculable. Vínculos, historias, consumos, riesgos, aspiraciones, trayectorias y formas de presentarse pueden separarse de la experiencia que los produjo, compararse con otros y adquirir valor dentro de infraestructuras que no necesitan representar a una persona en toda su complejidad.

Appadurai presenta además el yo como un recurso infinitamente renovable. La mina se repone mientras vivimos. Cada nueva relación, relato, decisión o interacción puede producir nuevo material susceptible de extracción.

La cuestión no es entonces solo qué saben las plataformas sobre una persona. Es qué versión de esa persona necesitan fabricar para poder calcularla, y qué queda fuera durante esa fabricación.

La mina es la socialidad

En el artículo de febrero, Appadurai menciona nuestras amistades, vidas amorosas, conexiones familiares, compañeras y compañeros de clase, descendencia, personas con quienes trabajamos, vecindad, vidas digitales, alianzas políticas e incluso quienes nos proporcionan alimentos y medicamentos. A esa capacidad de cartografiar afinidades profundas y vínculos fugaces la llama “profiling on steroids”.

La elección de mining rompe con el lenguaje amable de las plataformas. Compartir, conectar, recomendar o personalizar describen acciones. Minar introduce una relación económica. Hay algo que puede extraerse, una infraestructura capaz de hacerlo y agentes que concentran el valor resultante.

La formulación aproxima a Appadurai a discusiones como el “colonialismo de datos” de Nick Couldry y Ulises Mejias o a las preguntas de Data Feminism de Catherine D’Ignazio y Lauren Klein sobre quién produce las categorías, quién cuenta y quién se beneficia de aquello que se convierte en dato.

Ámsterdam introduce además una paradoja. Las mismas plataformas capaces de capturar y valorizar nuestras relaciones pueden intensificar la sensación de conexión sin exigir una solidaridad real ni intereses compartidos. Appadurai habla allí de redes de emociones que circulan con una velocidad superior a la de las formas clásicas de reunión, organización o protesta. La conectividad, en ese sentido, no garantiza comunidad.

Las historias son el código de acceso

Las historias ocupan otro lugar central. En el artículo de febrero funcionan como vías de acceso a la mina. Streaming, medios, redes, branding y formas de autopresentación han ampliado el mercado mundial de relatos sobre personas. La promesa parece democrática. Todo el mundo tiene una historia y, potencialmente, toda historia puede encontrar público. Esa democratización puede ser al mismo tiempo infraestructura extractiva.

De ahí el juego de Appadurai con Charles Taylor. Las Sources of the Self se convierten en las “sources of the selfie”.

No solo dejamos datos detrás de nuestras acciones. Aprendemos también a narrarnos de formas que puedan circular. Perfiles, fotografías, vídeos, currículos, opiniones, experiencias, trayectorias profesionales o identidades políticas convierten la narración de una vida simultáneamente en expresión personal y en material susceptible de clasificación y valoración.

Ámsterdam refuerza la centralidad del relato desde otro problema. Appadurai insiste allí en que la política afectiva no se disputa solo mediante argumentos racionales y pone a Netflix como ejemplo de una maquinaria extraordinariamente eficaz para localizar, empaquetar y hacer circular historias procedentes de contextos diferentes. No es el mismo argumento que el del mineable self, pero ambos comparten una intuición. Narrar es una de las formas mediante las que personas y colectivos se vuelven legibles, memorables y circulables.

La entrevista publicada por Reset DOC en mayo lleva la preocupación hasta la universidad. Appadurai critica una educación superior atravesada por la lógica del mercado y por el cultivo del mineable self, la persona convertida en recurso susceptible de ser perfilado, monetizado y optimizado. La mina no está únicamente dentro de las plataformas. También podemos aprender a construirnos como yacimiento.

La persona calculable

El problema alcanza entonces a la propia noción de individuo. Appadurai describe una persona repartida entre puntuaciones crediticias, cálculos actuariales, depósitos algorítmicos de información y perfiles de consumo. Esas representaciones no necesitan formar un retrato completo y coherente.

Para un sistema podemos ser riesgo financiero y para otro historial de compras. Para otro, paciente, audiencia o patrón de movilidad. Importan porque no se limitan a describirnos. Vuelven al mundo convertidas en decisiones.

Una puntuación puede condicionar un crédito. Un perfil puede alterar las oportunidades que aparecen. Una predicción puede determinar el trato que recibimos. En el BielefeldANTHRO Book Podcast, Appadurai identifica a bancos, aseguradoras y hospitales como agentes de ese impulso actuarial y formula una pregunta decisiva. ¿Cómo llega una puntuación que no existía hace veinte años a normalizarse hasta parecer una verdad evidente sobre una persona?

La operación es doble. Algo cualitativo se extrae de una vida, se convierte en cantidad, se procesa numéricamente y después vuelve al mundo traducido en una decisión cualitativa. La persona recibe una respuesta individual, pero esa respuesta ha sido producida por una maquinaria de fragmentación y cálculo.

Es ahí donde la digital personhood del título de Bielefeld resulta especialmente sugerente. La persona digital no necesita ser un doble completo del individuo. Basta con que diferentes versiones calculables de una misma vida puedan actuar sobre ella.

Y entonces aparece la inteligencia artificial

Appadurai hace una precisión fundamental en el artículo de febrero. La nueva mercancía no es la inteligencia artificial. Es el yo.

La IA amplía la capacidad de relacionar, clasificar y recombinar esos fragmentos, pero Appadurai desconfía tanto de la celebración como de las certezas apocalípticas. En la conferencia de Ámsterdam y en el pódcast de Bielefeld insiste en que las afirmaciones de expertise sobre una tecnología tan reciente están exageradas. Sus efectos siguen siendo poco comprendidos, aunque eso no permite esperar pasivamente a disponer de una teoría definitiva.

Su preocupación más fértil está en otra parte. Mientras buscamos máquinas capaces de parecerse más a las personas, sostiene, estamos haciendo también que las personas se parezcan más a las máquinas.

En el pódcast lo formula mediante un ejemplo cotidiano. Aprender a producir el prompt correcto significa también aprender a comportarnos de una manera más adecuada para que la máquina pueda entendernos. En Ámsterdam lleva esa intuición al algorithmic self, una versión binarizada, lógica y formalizada de la persona.

La pregunta ya no es solo hasta dónde puede una IA parecer humana.

También podemos preguntar qué parte de lo humano tiene que quedar fuera para conseguir que una persona resulte computable.

¿El yo de quién?

Aquí la descripción de Appadurai se convierte en una pregunta nuestra.

Las minas nunca se distribuyen simétricamente. Tampoco sus derechos, sus beneficios ni sus daños. Hablar del yo como yacimiento obliga a preguntar qué personas se vuelven extraíbles primero, quién puede negarse, quién puede exigir explicaciones, quién queda mal representado por las categorías disponibles y quién realiza el trabajo que mantiene en funcionamiento esas infraestructuras.

La extracción digital tiene geografía, regulación, clase, género, lengua e historia colonial. No todas las personas disponen de las mismas posibilidades para conservar espacios de opacidad o disputar una clasificación algorítmica.

Por eso decir que “los datos son el nuevo petróleo” empieza a resultar insuficiente. La formulación de Appadurai es más incómoda. La mina está formada por las relaciones que nos constituyen, por las personas que conocemos, las historias que contamos, las instituciones que nos clasifican y los modos mediante los que aprendemos a presentarnos ante otras personas y ante sistemas técnicos.

En 1986 Appadurai nos invitó a seguir las cosas para comprender cómo adquirían valor. Cuarenta años después podemos seguir los fragmentos que salen de una vida: dónde circulan, quién los combina, cuándo cambian de valor y qué sucede cuando regresan convertidos en una decisión sobre la persona de la que fueron extraídos.

Aquí asoma también una vieja cuestión del fetichismo. Un perfil, una puntuación o una predicción pueden presentarse como si fueran propiedades evidentes de una persona, cuando en realidad condensan relaciones sociales, decisiones institucionales, categorías, trabajo e infraestructuras que desaparecen de la vista. Quizá el problema no sea solo que la vida se vuelva mercancía, sino que aquello que la calcula termine pareciendo capaz de hablar por sí mismo.

El yacimiento no produce únicamente datos. Produce objetos que regresan a nuestra vida con la autoridad de una verdad.

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