La empresa que actúa sola no existe

Palantir imagina una república tecnológica armada, Estados Unidos restringe Fable 5 y Mythos 5 como capacidades estratégicas y Milei propone corporaciones no humanas. La autonomía algorítmica aparece como una ficción política que oculta personas, datos, territorio, trabajo y vida.

·Martín González Senosiain

La empresa que actúa sola no existe. Tampoco existe el modelo que decide sin mundo alrededor, ni la corporación algorítmica que opera fuera de toda red humana, material y jurídica. Lo que sí existe es una ficción cada vez más poderosa. Ciertos ensamblajes técnicos empiezan a presentarse como sujetos autónomos, con capacidad para actuar, contratar, calcular, vigilar, seleccionar objetivos o ser sancionados como si fueran una persona.

En pocas semanas de 2026, esa ficción ha tomado varias formas. Palantir ha defendido una república tecnológica donde el poder duro se construye con software y Silicon Valley paga su deuda moral mediante capacidad militar. Estados Unidos ha restringido Fable 5 y Mythos 5, modelos avanzados de Anthropic, como si fueran infraestructura estratégica. Javier Milei ha propuesto convertir Argentina en refugio legal para corporaciones no humanas gestionadas por agentes de IA. El Gobierno argentino, además, ha anunciado un Gemelo Digital Social que promete anticipar políticas públicas mediante procesamiento masivo de datos.

Leídos por separado, son episodios de actualidad. Leídos juntos, muestran una transformación mayor. Los Estados empiezan a decidir cuándo la IA es arma, cuándo es empresa, cuándo se acerca a la categoría de persona y cuándo una población entera puede convertirse en modelo predictivo. La autonomía técnica aparece como solución, pero también como coartada. Sirve para desplazar responsabilidades hacia entidades opacas mientras se ocultan las personas, los territorios, los cuerpos, el trabajo y la vida que sostienen esos sistemas.

La ficción del sujeto algorítmico

La propuesta de Milei es el punto donde la ficción se vuelve explícita. En una columna publicada el 4 de junio en el Financial Times, defendió una categoría legal nueva para empresas gestionadas por agentes de IA. Las llamó corporaciones no humanas y las imaginó con regulación mínima, responsabilidad limitada y fiscalidad competitiva.

La comparación elegida no era inocente. Milei vinculó esa figura con la sociedad de responsabilidad limitada y con la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602. Presentada así, la referencia parece una historia de innovación jurídica y eficiencia comercial. Mirada históricamente, abre una zona mucho más oscura.

La VOC no fue solo una empresa moderna antes de tiempo. Fue un engranaje fundamental del colonialismo europeo durante varios siglos. Combinó capital privado, guerra, monopolio comercial, administración territorial, esclavitud y violencia colonial. Su forma societaria permitió acumular riqueza y desplazar responsabilidad mientras conquistaba territorios, imponía monopolios, explotaba trabajo esclavizado y organizaba enclaves como Batavia o la colonia del Cabo. La personalidad jurídica moderna no nació en un laboratorio neutral. Nació también en ese mundo de barcos, fuertes, plantaciones, rutas coloniales, personas esclavizadas y beneficios protegidos por la distancia.

Por eso conceder personalidad jurídica a una IA no es un detalle técnico. Es decidir quién puede aparecer como sujeto de derecho y bajo qué ficción histórica. Marcel Mauss recordaba que la categoría de persona no es un dato natural, sino una construcción social e histórica. La persona jurídica occidental se extendió primero a determinados humanos, después a corporaciones y ahora se propone para agentes no humanos capaces de operar en mercados, firmar contratos, mover activos y perseguir objetivos.

Yuval Noah Harari respondió en el mismo diario pocos días después. Su advertencia apuntaba al corazón del problema. Reconocer personalidad jurídica a agentes de IA puede abrir una llave maestra hacia sistemas financieros, económicos y políticos. Si una corporación gobernada por IA causa daño, ¿a quién se encierra? La cárcel que puede disuadir a una persona de dirección no significa nada para un sistema sin cuerpo. Harari recuperaba además la analogía colonial de la VOC y Batavia. El riesgo no sería solo un Estado-empresa, sino un Estado-IA.

El contrapunto llegó desde el derecho de la IA. Yonathan Arbel, Simon Goldstein y Peter Salib defendieron que una corporación algorítmica podría hacer a esos agentes más visibles y gobernables. El Estado podría ver sus contratos y licencias, gravarlos, sancionarlos y confiscar sus recursos si causan daño. En su artículo sobre las A-corps, la corporación algorítmica aparece como una entidad jurídico-ficticia capaz de poseer propiedad, contratar y litigar, propiedad de humanos pero gobernada por IAs.

El desacuerdo es útil porque revela el centro del conflicto. No se discute solo una herramienta. Se discute una nueva forma de fabricar sujetos económicos. La persona algorítmica no nace porque una máquina despierte. Nace porque una institución decide contarla como alguien.

Modelos, armas y personas seleccionadas

Mientras Argentina ensaya una apertura jurídica, Washington actúa en sentido contrario. El 9 de junio, Anthropic presentó Claude Fable 5 como su modelo más capaz, dentro de una categoría que llamó Mythos. Tres días después, el Gobierno estadounidense emitió una directiva de control de exportaciones que, invocando la seguridad nacional, ordenaba suspender el acceso de personas extranjeras a Fable 5 y Mythos 5.

El matiz importa. La orden apuntaba a las personas extranjeras, no a todo el mundo en abstracto. Pero Anthropic apagó ambos modelos globalmente para cumplir. La empresa sostuvo que la preocupación oficial partía de un método estrecho para sortear salvaguardas y que capacidades similares existían en otros modelos. Desde la Administración se afirmó, en cambio, que se había hallado una vulnerabilidad relevante y que la compañía no quiso corregirla o retirar el modelo. Más allá de esa disputa, el gesto político es claro. Un modelo comercial desplegado pasó a ser tratado como frontera soberana.

Un modelo deja entonces de ser solo producto. Se vuelve capacidad, riesgo, munición, infraestructura. La soberanía ya no se decide únicamente en fronteras, leyes, puertos o cables submarinos. También se decide en quién puede acceder a una arquitectura de lenguaje, cálculo y ciberseguridad.

Palantir ofrece la ideología que une esas escenas. En abril, la empresa resumió en veintidós puntos The Technological Republic, el libro de Alex Karp y Nicholas Zamiska. El argumento central sostiene que el poder duro de este siglo se construirá sobre software. De ahí la defensa de las armas de IA, la crítica a un pluralismo occidental presentado como vacío y la acusación a culturas calificadas como regresivas. Silicon Valley, sostiene esa visión, tiene una deuda moral con la nación que hizo posible su ascenso.

La palabra deuda no es casual. Donde Mauss mostró que el don produce obligaciones, alianzas y jerarquías, Palantir formula una obligación política. La tecnología debe devolver al Estado su protección en forma de poder militar. La empresa privada no aparece como mera proveedora, sino como actor civilizatorio. Occidente deja de nombrar una geografía y pasa a trazar una frontera moral. Distingue quién merece el futuro, quién puede ser vigilado y quién queda fuera de la comunidad tecnológica legítima.

Ese vocabulario no es abstracto. Palantir no vende solo metáforas de poder. Time ha documentado que sus productos ayudan a Ucrania en tareas de selección de objetivos militares, además de desminado e investigación de crímenes de guerra. En Gaza, la controversia es aún más dura. Un informe de la relatora especial de Naciones Unidas Francesca Albanese nombró a Palantir entre las empresas que, según su análisis, se benefician de la ofensiva israelí. The Guardian informó de que Palantir acordó una asociación estratégica con Israel para asistir misiones relacionadas con la guerra. La empresa niega relación con los programas Lavender y Gospel, usados para identificar objetivos en Gaza, pero ha defendido su apoyo a misiones israelíes de defensa y seguridad nacional en otros contextos.

Ahí se rompe la comodidad del lenguaje empresarial. Selección de objetivos, capacidad operativa, seguridad nacional o misiones relacionadas con la guerra son expresiones técnicas para procesos que pueden terminar con personas muertas. Puede haber justificación militar, puede haber violación del derecho internacional, puede haber zonas intermedias disputadas. Lo que no puede haber es inocencia analítica. Cuando una empresa ofrece software para acortar cadenas de decisión letal, la autonomía técnica entra en el terreno de la vida y la muerte.

Karl Polanyi ayuda a entender esa torsión. El capitalismo moderno ya convirtió en mercancía cosas que no se produjeron para venderse, como la tierra, el trabajo y el dinero. Las llamó mercancías ficticias. Los modelos frontera empiezan a parecer una nueva mercancía ficticia compuesta. En ellos se mezclan lenguaje, trabajo acumulado, datos, cómputo, secretos industriales, riesgo militar, energía y acceso geopolítico. La novedad no está solo en la técnica, sino en la forma de tratar una capacidad social como si fuera una cosa privada, exportable, restringible o armable.

La autonomía oculta el montaje

La empresa que actúa sola no existe porque ningún actor económico actúa solo. Michel Callon y Donald MacKenzie llevan años mostrando que un actor económico no es un individuo aislado, sino un agenciamiento sociotécnico. Es un ensamblaje de personas, dispositivos, capital, contratos, pantallas, algoritmos, normas y derecho que actúa como si fuera uno solo. La autonomía no es una propiedad mágica del sistema. Es el efecto de un montaje que ha conseguido borrar sus costuras.

La corporación algorítmica, el modelo frontera y la plataforma de integración de datos tienen algo en común. Parecen actuar desde un centro único, pero dependen de redes densas. Hay personas que diseñan modelos, etiquetan datos, moderan contenidos, compran cómputo, redactan contratos, negocian excepciones regulatorias, administran servidores, venden sistemas de defensa, procesan reclamaciones y obedecen decisiones automatizadas porque una institución ya las ha convertido en mandato.

Por eso la frase de Margarita Trovato, de la Fundación Vía Libre, funciona como síntesis. No existe una tecnología que opere en el vacío. El vacío es una puesta en escena. Todo sistema autónomo necesita energía, servidores, datos, permisos, interfaces, seguros, personal técnico, marcos legales y tolerancia política. El punto decisivo no es si hay personas detrás. El punto decisivo es qué personas se ven y cuáles quedan convertidas en infraestructura.

Aquí conviene abrir otro plano, casi siempre ausente en la imaginación de la élite tecnomilitar masculina que domina este debate. Karp habla de hard power. Thiel encarna la alianza entre capital, vigilancia y soberanía. Milei promete libertad jurídica para corporaciones no humanas. David Sacks aparece en la disputa sobre Fable 5 como voz del cierre soberano. En conjunto, esta escena pública está poblada por figuras masculinas, multimillonarias o próximas al poder estatal, convencidas de que el problema central del mundo es liberar, armar o disciplinar sistemas técnicos.

La economía feminista ofrece un contrapeso radical. No pregunta solo por eficiencia, competitividad o soberanía. Mira lo que sostiene la vida. Amaia Pérez Orozco plantea que la crisis debe leerse desde la sostenibilidad de la vida y no desde la centralidad de los mercados. Susana Narotzky ha trabajado sobre reproducción social, trabajo, cuidado, afecto, economía moral y desigualdad. Desde ahí, la autonomía algorítmica aparece menos como proeza tecnológica que como una nueva operación de ocultamiento. Se oculta quién cuida, quién limpia datos, quién sostiene infraestructuras, quién asume daños, quién modera violencia, quién pierde acceso, quién queda bajo sospecha y quién respira el aire caliente de centros de datos, guerras y extractivismo energético.

La crisis climática queda casi siempre fuera del encuadre. Es una omisión enorme. El IPCC lleva años advirtiendo que cada incremento de calentamiento intensifica riesgos múltiples y concurrentes. La Organización Meteorológica Mundial ha descrito una Tierra cada vez más fuera de equilibrio energético, con océanos que absorben la mayor parte del exceso de calor, olas de calor, inundaciones, sequías y amenazas crecientes para salud y alimentación. Aun así, la conversación tecnopolítica se organiza como si hubiera energía infinita, territorio infinito, agua infinita y tiempo infinito.

No lo hay. Los modelos requieren cómputo. El cómputo requiere electricidad, agua, minerales, redes, refrigeración y territorios. La guerra tecnológica consume materiales y energía. La vigilancia predictiva amplía infraestructuras. Las plataformas que prometen gobernar sociedades mediante simulaciones se montan sobre una biosfera cada vez más inestable. Cuando la nota tecnoliberal habla de innovación y no habla de clima, no está olvidando un detalle. Está negando una condición material de existencia.

La economía feminista permite decirlo sin rodeos. Ningún sistema económico es viable si destruye las condiciones que permiten vivir. Ninguna inteligencia artificial actúa sola si depende de trabajo, energía, cuidados y extracción. Ninguna personalidad jurídica de la máquina debería discutirse sin preguntar antes por las personas y ecosistemas que pagan sus costes.

Argentina y la opacidad como forma de gobierno

El Gemelo Digital Social argentino muestra cómo esa operación puede aterrizar en un Estado concreto. El 22 de mayo, el Ministerio de Capital Humano anunció una réplica virtual de la sociedad argentina que cruzaría datos de la ANSES, salud, educación, trabajo y territorio para simular escenarios y anticipar el efecto de políticas públicas. Milei lo difundió en un vídeo generado con IA, con faltas de ortografía incluidas, y lo cerró con un guiño político, MAGA. VLLC!.

Lo decisivo no fue solo lo anunciado, sino lo omitido. No hay proveedor confirmado, ni presupuesto público claro, ni cronograma, ni marco legal específico. La ministra prometió trabajar con datos anonimizados y estadísticos, pero la anonimización no resuelve por sí sola el problema de finalidad, gobernanza y consentimiento. La Ley 25.326 de protección de datos personales recuerda que los datos recogidos para una finalidad no pueden reutilizarse libremente para otra incompatible.

En ese vacío aparece Peter Thiel. El dueño de Palantir se había reunido en privado con Milei semanas antes y compró propiedad en Buenos Aires. Además, los gemelos digitales son una de las líneas tecnológicas asociadas al tipo de infraestructura que Palantir representa. Integración masiva de datos, analítica predictiva, visión gubernamental del territorio y plataformas opacas de decisión. Pero no hay contrato confirmado. El vídeo del anuncio mostraba logotipos de Amazon Web Services, no de Palantir, y otras empresas como Microsoft, IBM o Siemens ofrecen tecnologías similares. Thiel no debe aparecer como adjudicatario. Funciona como arquetipo político-técnico de una forma de poder.

La Fundación Vía Libre pidió información sobre bases de datos, organismos involucrados, tratamiento de datos sensibles, base legal, cesión entre organismos, eventual integración de bases privadas, decisiones automatizadas, consentimiento y proveedores. También hubo pedidos de informes desde el Congreso. La opacidad no es un detalle administrativo. Es el centro político del caso.

Un gemelo digital social no reproduce una sociedad. Produce una forma de verla. Decide qué variables importan, qué daños se vuelven calculables, qué cuerpos aparecen como riesgo, qué hogares se vuelven patrón, qué territorios se transforman en señal. La promesa oficial habla de anticipar políticas. El peligro está en sustituir el conflicto social por una simulación que casi nadie puede discutir porque casi nadie sabe cómo está hecha.

Aquí vuelve la economía feminista con más fuerza. Un Estado que simula su sociedad puede contar aquello que ya sabe procesar y olvidar aquello que sostiene la vida común. Puede medir ingresos y no cuidados. Puede cruzar expedientes y no duelos. Puede clasificar hogares y no agotamientos. Puede detectar riesgo sin escuchar experiencia. Puede optimizar prestaciones sin reparar desigualdades. Puede producir evidencia sin democracia.

Lo que deja de contar

La autonomía algorítmica no elimina la política. La redistribuye. A veces la desplaza hacia una empresa. A veces hacia un modelo. A veces hacia una persona jurídica sin cuerpo. A veces hacia una plataforma estatal que promete anticipar la sociedad desde arriba. En todos los casos, el riesgo consiste en que la responsabilidad se vuelva más difícil de localizar.

Detrás del agente autónomo está la red que lo sostiene. Detrás del modelo soberano están las personas excluidas de su acceso. Detrás de la corporación no humana están quienes la poseen, la entrenan, la alojan, la financian y se benefician de su ficción. Detrás del Estado que anticipa están las personas contabilizadas. Detrás de la guerra asistida por software están las personas convertidas en objetivo, daño colateral o dato operativo. Detrás de la inteligencia artificial como promesa de abundancia está una crisis climática que estrecha las condiciones materiales de la vida.

Frente a la república tecnológica de los señores del hard power, la economía feminista recuerda algo mucho más básico. Antes que producir sujetos jurídicos para máquinas, habría que sostener vidas que merezcan ser vividas. Antes que imaginar corporaciones sin humanidad, habría que reconocer la humanidad ya expulsada del balance. Antes que convertir sociedades enteras en gemelos digitales, habría que escuchar a quienes cuidan, respiran, enferman, migran, trabajan, pierden, resisten y sostienen lo común.

Reconocer personalidad a las máquinas es, sobre todo, una manera de decidir qué personas dejan de contar. Esa decisión, por ahora, no la toma ninguna IA.

Fuentes

Vídeo breve

Vídeo breve sobre Palantir, el apagado de Fable 5 y las corporaciones no humanas que propone Milei.