Antropología política
La guerra no termina donde cae la bomba
Ucrania, Irán y una antropología de la paz en la era de la guerra algorítmica.

Fotograma de El acorazado Potemkin (1925), de Serguéi Eisenstein: el cochecito de bebé en la secuencia de las escaleras de Odesa. Fuente: Wikimedia Commons, dominio público.
Nota metodológica
Este ensayo diferencia entre víctimas verificadas, estimaciones de bajas militares y daños económicos. Las cifras de guerra nunca son definitivas: hay zonas inaccesibles, personas desaparecidas, registros incompletos y mortalidad indirecta difícil de atribuir. Por eso, las cantidades que siguen deben leerse como mínimos documentados o rangos razonados, no como una contabilidad cerrada.
El 20 de junio de 2026, la invasión rusa a gran escala de Ucrania cumple 1.577 días. Ha superado en diez días la duración de la Primera Guerra Mundial entre el 28 de julio de 1914 y el armisticio del 11 de noviembre de 1918.1
La comparación es temporal, no moral ni histórica. No iguala conflictos con causas, escalas y responsabilidades distintas. La invasión rusa de Ucrania es una agresión contra un Estado soberano. Pero la duración importa porque impide seguir hablando de una crisis pasajera. Después de más de cuatro años, la guerra se ha vuelto una estructura cotidiana que ordena cuerpos, cuidados, viviendas, trayectorias escolares, trabajo, desplazamientos, lenguas y expectativas de futuro.
La ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, permite observar la misma lógica en otra escala y en otro marco regional. Una guerra puede comenzar bajo el vocabulario de la precisión, la disuasión o la neutralización de una amenaza. Sus consecuencias, sin embargo, no permanecen dentro de una base, una instalación o un mapa de objetivos. Alcanzan hospitales, escuelas, puertos, redes eléctricas, rutas energéticas, fertilizantes, alimentos, agua y economías domésticas.2
Ucrania muestra qué ocurre cuando esa lógica se prolonga. Irán muestra con qué rapidez puede expandirse. No son conflictos equivalentes. Pero ambos hacen visible una verdad elemental: ninguna sociedad debe ser tratada como una superficie disponible para la demostración militar de otra potencia.
Más larga que la Gran Guerra
Las cifras son necesarias, aunque nunca suficientes.
A junio de 2026, afirmar que la invasión rusa ha causado al menos 420.000 muertes directas es una formulación prudente, no un total final. El umbral reúne estimaciones de bajas militares y el registro de víctimas civiles de Naciones Unidas. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos había verificado, a finales de enero de 2026, 15.172 civiles asesinados y 41.378 personas heridas en Ucrania desde febrero de 2022; la propia institución advierte que el número real es mayor, especialmente en territorios ocupados o de difícil acceso.3
Las estimaciones de muertes militares son más opacas y metodológicamente heterogéneas. CSIS calculó para finales de 2025 entre 275.000 y 325.000 militares rusos muertos y entre 100.000 y 140.000 militares ucranianos muertos. Otros recuentos, con métodos distintos, sitúan el conjunto de fallecimientos directos por encima de medio millón. La cifra de 420.000, por tanto, no compite con esos cálculos: funciona como un mínimo deliberadamente conservador.45
Tampoco incluye de forma suficiente la mortalidad indirecta. La guerra mata cuando se interrumpe un tratamiento, cuando una persona mayor queda aislada durante un apagón, cuando una familia pierde su vivienda, cuando el frío, la contaminación, la precariedad o el desplazamiento agravan una enfermedad. Una antropología de la paz no sustituye a la estadística. Devuelve a la estadística su densidad humana.
Una persona asesinada no desaparece en una tabla. Deja una habitación vacía, una conversación interrumpida, una persona dependiente sin apoyo, una infancia herida, una comunidad obligada a aprender a vivir con una ausencia.
Odesa y el carrito de bebé
Hay una imagen que sigue siendo difícil de mirar. En El acorazado Potemkin, Serguéi Eisenstein filmó un carrito de bebé descendiendo por las escaleras de Odesa mientras una multitud intenta escapar de la violencia estatal.
La secuencia no documenta una masacre ocurrida exactamente así. Es una construcción cinematográfica de 1925. Su potencia no depende de ser un registro literal. Eisenstein entendió que la violencia no aparece solo en uniformes, armas o explosiones. También se concentra en el instante en que proteger deja de ser posible, en la caída de quienes no pueden escapar y en la exposición extrema de una criatura.
Odesa no es una escenografía disponible para el consumo de quienes miran desde lejos. Es una ciudad portuaria, multilingüe y plural, atravesada por memorias ucranianas, judías, griegas, moldavas, rusas y mediterráneas. La guerra actual obliga a volver a aquella secuencia con cuidado. No como una profecía estética, sino como una advertencia contra la facilidad con que el sufrimiento ajeno puede convertirse en una imagen repetible.
La tarea ética consiste en impedir que los cuerpos de Odesa, Járkiv, Mariúpol, Teherán, Gaza, Tiro o cualquier otra ciudad bombardeada se conviertan en una sucesión de fotografías antes de que el mundo pase a la siguiente noticia.
Irán no es un tablero vacío
Irán suele aparecer reducido a programa nuclear, teocracia, sanciones, misiles, petróleo o Estrecho de Ormuz. Estas dimensiones forman parte del contexto, pero no agotan una sociedad compleja ni justifican que su población pague los cálculos estratégicos de potencias exteriores.
Narges Bajoghli, antropóloga política iraní-estadounidense y profesora en Johns Hopkins University, ha estudiado cómo los medios, las instituciones militares y las memorias revolucionarias producen legitimidad dentro de la República Islámica. Su trabajo permite evitar dos simplificaciones. La primera imagina al Estado iraní como un bloque homogéneo. La segunda convierte a la población iraní en una masa pasiva, sin conflictos internos, redes familiares, deseos, disidencias ni proyectos propios.6
Shahram Khosravi, antropólogo iraní y profesor de Antropología Social en la Universidad de Estocolmo, ha investigado fronteras, migraciones, desplazamiento y espera. Sus trabajos ayudan a reconocer una violencia menos visible. Esperar una llamada, un visado, una evacuación, una medicación o noticias de una persona desaparecida también es vivir una guerra. La violencia no se mide solo por explosiones. Se mide también por el tiempo suspendido que se impone sobre millones de vidas.7
El diálogo debe incorporar voces que han producido conocimiento desde Irán. Nasser Fakouhi, profesor de Antropología de la Universidad de Teherán, ha trabajado sobre ciudad, identidad, violencia política y transformaciones culturales. Nematollah Fazeli, antropólogo cultural vinculado al Institute for Humanities and Cultural Studies de Teherán, ha investigado modernidad, educación, cultura y vida urbana. No se les cita como portavoces de una posición política única sobre la ofensiva. Se les incorpora para que Irán no sea explicado únicamente desde centros diplomáticos, militares o mediáticos occidentales.89
La continuidad de la cultura persa tampoco debe narrarse como una esencia inmóvil ni como una inmunidad ante la conquista. Los imperios persas cayeron militarmente en distintas ocasiones y los territorios iranios atravesaron conquistas macedonias, árabes, turcas y mongolas. Pero la lengua persa, las tradiciones literarias, los mundos intelectuales, las prácticas administrativas y las formas artísticas no fueron borrados.
Persistieron porque se transformaron. La cultura persa incorporó elementos árabes, islámicos, turcos y mongoles sin disolverse en ellos, e influyó a su vez en Asia Central, el Cáucaso, Anatolia y el subcontinente indio. No se trata de imaginar una identidad pura ni de borrar la pluralidad étnica, lingüística y religiosa de Irán. Se trata de reconocer una continuidad histórica que ha sobrevivido por su capacidad de recrearse.10
Ninguna crítica al autoritarismo del Estado iraní justifica el castigo colectivo de su población. Defender la paz exige rechazar tanto la represión interna como la destrucción externa.
Ucrania y el trabajo de imaginar futuro
Ucrania no es únicamente el territorio donde se libra una guerra. Es una sociedad que ha debido reorganizar la vida bajo bombardeos, apagones, desplazamientos, duelo, pérdida de vivienda y destrucción de infraestructura.
Adriana Petryna, antropóloga nacida en Ucrania y profesora en la Universidad de Pensilvania, transformó los estudios sobre desastre con su investigación sobre Chernóbil y ciudadanía biológica. En trabajos posteriores desarrolló la idea de horizon work, el esfuerzo práctico y ético de actuar cuando los modelos heredados ya no permiten prever lo que viene.11
La guerra obliga a hacer ese trabajo de horizonte cada día. Familias que deciden si abandonar una ciudad. Personal sanitario que atiende durante un ataque. Comunidades que improvisan refugios, cocinas colectivas, puntos de carga, redes eléctricas y escuelas subterráneas. No se trata de admirar esa resiliencia desde lejos. Se trata de no normalizar las condiciones que obligan a resistir de ese modo.
Maryna Hrymych, etnóloga ucraniana especializada en patrimonio inmaterial, cultura popular y derecho consuetudinario, muestra que canciones, relatos, oficios, archivos familiares, rituales y celebraciones no son adornos culturales. En situaciones de destrucción se convierten en infraestructura social. Una escuela, una biblioteca, un museo, una iglesia, un archivo o una fiesta local sostienen la capacidad de una comunidad para reconocerse en el tiempo.12
El patrimonio no llega después de la paz: es una de las condiciones que hacen posible la paz. UNESCO había verificado 536 lugares culturales dañados en Ucrania a 10 de junio de 2026. Cada lugar dañado es una pérdida material, pero también un ataque contra la capacidad de narrarse, recordar y reconstruir vínculos.13
Laada Bilaniuk, profesora de Antropología Sociocultural en la Universidad de Washington, ha investigado las relaciones entre lengua, identidad y cultura popular en Ucrania. Su trabajo recuerda que defender el ucraniano no equivale necesariamente a nacionalismo excluyente. Puede expresar una respuesta a largas jerarquías imperiales y a formas históricas de negación lingüística.14
Defender Ucrania implica defender el derecho de su población a construir vínculos, lenguas, memorias y futuros sin imposición militar externa.
Rusia no es una sola voz
Nombrar con claridad la responsabilidad del Estado ruso en la invasión no obliga a reducir a toda la población rusa a una extensión del Kremlin. Esa simplificación sería políticamente cómoda y antropológicamente pobre.
Alexei Yurchak, antropólogo formado en la tradición soviética y profesor en la Universidad de California, Berkeley, estudió cómo las fórmulas oficiales podían repetirse incluso cuando muchas personas ya no creían plenamente en ellas. Su trabajo permite comprender que propaganda, silencio, ironía, miedo y adaptación pueden convivir en una misma sociedad.15
Serguei Oushakine, antropólogo de Princeton University, ha investigado cómo la pérdida, el trauma y el deterioro postsoviético pueden convertirse en vínculos sociales, patriotismo y pertenencia. Su obra ayuda a comprender que el sufrimiento colectivo puede abrir caminos de cuidado, pero también ser capturado por discursos nacionalistas que prometen dignidad a cambio de obediencia, sacrificio y enemistad.16
Valery Tishkov, etnólogo ruso y autor de una etnografía de la guerra chechena, permite introducir otra precaución. Los conflictos no terminan con el alto el fuego: dejan desplazamientos, economías destruidas, duelos, memorias fragmentadas y luchas por el significado de la pérdida. Dmitry Funk, etnólogo especializado en pueblos indígenas del sur de Siberia, ha investigado lengua, memoria, patrimonio y tradiciones orales entre comunidades teleut y shor. Sus trayectorias recuerdan que Rusia no equivale solo a Moscú, al ejército o a la propaganda estatal.1718
Nikolay Kradin, antropólogo político y arqueólogo de Vladivostok, ha estudiado sociedades nómadas y formas complejas de organización política no reducibles al Estado centralizado. Su obra no explica la invasión actual, ni debe utilizarse como comentario indirecto sobre ella. Sirve para evitar la ficción de que la historia euroasiática solo conoce un camino institucional, imperial o estatal.19
La guerra atraviesa regiones periféricas, familias movilizadas, pueblos indígenas, cementerios, economías locales y lenguas minoritarias que apenas aparecen en los mapas mediáticos. Una paz justa no puede ignorar esa pluralidad.
La guerra en la cadena de datos
La inteligencia artificial ya no pertenece solamente a laboratorios, empresas tecnológicas o discursos sobre el futuro. Ha entrado en la cadena material de la guerra.
No aparece siempre como una máquina que decide de manera autónoma a quién matar. Con más frecuencia clasifica imágenes de drones, cruza señales, detecta vehículos, prioriza amenazas, ayuda a navegar en entornos de interferencia, recomienda cursos de acción y acelera la producción de decisiones.
Ucrania ha declarado que emplea IA en análisis de ataques, planificación, detección e intercepción de amenazas aéreas, así como en sistemas que integran datos del frente. La evidencia pública también documenta la expansión de drones con navegación o reconocimiento visual capaces de operar con autonomía parcial cuando se pierde la señal. La propia dirección ucraniana de IA ha advertido que la velocidad y complejidad de estos sistemas puede llegar a superar la capacidad humana de revisión.20
La información pública sobre Rusia es menos transparente, pero la guerra se ha convertido en una carrera de sistemas no tripulados, guerra electrónica, sensores y automatización. La asimetría documental importa: no autoriza a afirmar grados de autonomía que no puedan verificarse, pero tampoco permite tratar la tecnología rusa como si fuera irrelevante.
Estados Unidos ha desarrollado Project Maven para integrar y analizar grandes volúmenes de datos procedentes de sensores, plataformas aéreas, satélites y otras fuentes de inteligencia. Su función declarada es apoyar la conciencia situacional y el juicio humano. Esa arquitectura, sin embargo, acelera la transformación de personas, edificios, vehículos y movimientos en patrones clasificables.21
En Gaza, investigaciones de +972 Magazine, Local Call y The Guardian describieron sistemas como Lavender y Gospel para generar o priorizar posibles objetivos durante la ofensiva israelí. Las Fuerzas de Defensa de Israel rechazaron que esas herramientas identificaran autónomamente a personas atacables y sostuvieron que eran instrumentos de apoyo para analistas. Ambas afirmaciones deben permanecer juntas: existen investigaciones periodísticas basadas en testimonios de inteligencia y existe una negativa oficial.22
Irán dispone de una industria de drones, navegación y reconocimiento en evolución. Sin embargo, la información pública independiente no permite asegurar que sus fuerzas hayan empleado selección algorítmica de objetivos durante la ofensiva de 2026 con el mismo grado de documentación disponible para otros casos. Esta incertidumbre no es una carencia del análisis. Es un límite ético y metodológico.
Heather Roff, especialista en ética militar y tecnologías emergentes, ha advertido que el problema no se limita a una máquina que dispara. También afecta a la generación de listas de objetivos, a la automatización de recomendaciones y a la posibilidad de que el juicio humano quede reducido a una validación apresurada. Noel Sharkey formuló hace años un límite claro: ningún sistema debería poseer autoridad autónoma para decidir sobre la muerte de una persona.2324
La inteligencia artificial no elimina la responsabilidad. La distribuye entre empresas, personal técnico, ejércitos, mandos, contratistas, plataformas de datos, gobiernos y quienes validan decisiones bajo presión.
La IA no ha terminado con la niebla de guerra. Ha desplazado parte de ella a sistemas de datos, imágenes, probabilidades y clasificaciones cuya lógica rara vez pueden auditar quienes sufren sus consecuencias.
Mundos compartidos y destrucción multiespecie
Hablar de una guerra multiespecie no significa equiparar de forma banal el sufrimiento humano y no humano. Significa reconocer que personas, animales, plantas, semillas, suelos, ríos, bosques, bacterias, infraestructuras y atmósferas forman mundos compartidos.
Donna Haraway cuestionó la fantasía de una humanidad separada de las formas de vida que la sostienen. Anna Tsing mostró que las ruinas no son vacíos, sino lugares donde persisten relaciones precarias entre seres humanos y no humanos. Thom van Dooren ha insistido en que la extinción y la pérdida ecológica tienen ritmos propios, a menudo más largos que los ciclos mediáticos o militares.252627
Nada de esto debe romantizar la devastación. Que haya vida después de una destrucción no convierte la destrucción en aceptable.
La guerra convierte el agua en riesgo, el suelo en sospecha y el bosque en objetivo, refugio o campo minado. Los animales de compañía pueden quedar separados de sus familias durante evacuaciones. El ganado permanece atrapado en áreas de combate. Las especies silvestres pierden corredores, alimento y hábitat. Las minas y los restos explosivos prolongan la violencia mucho después de que se mueve la línea del frente.
La destrucción de la presa de Kajovka mostró esta dimensión con especial crudeza. Alteró humedales, sedimentos, cultivos, especies y formas humanas de habitar el territorio. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió que parte del daño ambiental podía ser irreversible y tener consecuencias prolongadas.28
La guerra de Ucrania tiene también una dimensión climática: producción de armamento, incendios, destrucción energética, desplazamiento, transporte y reconstrucción generan nuevas emisiones en un planeta sometido ya a una crisis ecológica profunda. No existe una cifra fiable que permita contabilizar todos los animales muertos, desplazados o afectados. Esa ausencia de datos no debe convertirse en ausencia de responsabilidad.
Una factura que no cabe en una cuenta
La guerra tiene un coste económico enorme, pero no existe una cifra única que lo resuma sin engañar.
La evaluación conjunta del Banco Mundial, Naciones Unidas, Comisión Europea y Gobierno de Ucrania estimó daños directos de unos 195.000 millones de dólares hasta finales de 2025 y necesidades de recuperación y reconstrucción cercanas a 588.000 millones durante la década siguiente. Ambas cifras no deben sumarse como si fueran dos facturas independientes. Los daños directos forman parte de la base desde la que se calculan las necesidades de recuperación.29
SIPRI estimó que el presupuesto militar ruso para 2026 alcanzaría aproximadamente 14,9 billones de rublos, después de un gasto militar y relacionado con la guerra de 15,9 billones en 2025. No toda esa cantidad puede atribuirse de manera exclusiva al frente ucraniano, pero expresa el tamaño de una economía reordenada por la guerra.30
Si se consideran el gasto militar ruso, el esfuerzo defensivo ucraniano, la ayuda militar exterior, los daños directos y las necesidades futuras de recuperación, el orden de magnitud supera ampliamente el billón de dólares. No es una factura cerrada ni una suma contable perfecta. Es una señal de escala.
La destrucción no se agota en el presupuesto. No contabiliza el trabajo de cuidados, la salud mental, las trayectorias educativas interrumpidas, las personas que no regresarán, las familias separadas, los animales abandonados, la tierra contaminada ni las comunidades que deberán reconstruir confianza después de la violencia.
La paz no es neutralidad
Defender la paz no equivale a pedir a Ucrania que acepte una ocupación. Tampoco equivale a pedir a la población iraní que soporte bombardeos, sanciones o castigos colectivos en nombre de una estabilidad regional que nunca llega.
La paz no consiste en repartir responsabilidades de forma simétrica entre quien invade y quien resiste. No exige olvidar crímenes ni pedir silencio a quienes han perdido familiares, hogares o territorios.
Una paz justa exige detener los ataques contra población civil, terminar las ocupaciones, proteger la soberanía, garantizar retornos seguros, investigar crímenes, reparar daños, desminar territorios y restaurar ecosistemas.
Exige también que las comunidades afectadas participen en la reconstrucción de su futuro. No solo gobiernos, empresas de defensa, acreedores o potencias internacionales.
La invasión de Ucrania y la ofensiva contra Irán no son idénticas. No necesitan serlo para enseñar una lección común. Ninguna vida puede reducirse a daño colateral. Ninguna cultura puede ser tratada como una abstracción disponible. Ningún río, bosque, ciudad o comunidad debería convertirse en material prescindible para una demostración de fuerza.
La paz no es una pausa entre bombardeos. Es la decisión política de que ninguna frontera, ningún recurso, ningún imperio y ninguna doctrina de seguridad valgan más que las vidas humanas y no humanas que hacen posible el mundo.
Fuentes y referencias
Footnotes
-
Encyclopaedia Britannica, “World War I”. El cálculo de días se realiza entre las fechas de inicio y armisticio indicadas por la fuente. ↩
-
Associated Press, “A history of Iran’s nuclear program and tensions with the US as an interim deal is signed”, junio de 2026; Al Jazeera, “World reacts to US, Israel attack on Iran, Tehran retaliation”, 28 de febrero de 2026. La segunda fuente, publicada desde Oriente Medio, corrobora la fecha, el carácter conjunto de los ataques y su inmediata extensión regional. ↩
-
OHCHR/HRMMU, Four Years On: Civilian Harm and Rights Violations in Ukraine, 16 de febrero de 2026. ↩
-
Le Monde, “With an estimated 500,000 dead, the Russia-Ukraine war is Europe’s deadliest since 1945”, 27 de febrero de 2026. ↩
-
Bajoghli, Narges. Iran Reframed: Anxieties of Power in the Islamic Republic. Stanford University Press, 2019. ↩
-
Khosravi, Shahram. Precarious Lives: Waiting and Hope in Iran. University of Pennsylvania Press, 2017. ↩
-
Fakouhi, Nasser. “Making and Remaking an Academic Tradition: Towards an Indigenous Anthropology in Iran.” En Conceptualizing Iranian Anthropology: Past and Present Perspectives, editado por Shahnaz R. Nadjmabadi, cap. 5. Berghahn Books, 2010. ↩
-
Fazeli, Nematollah. Politics of Culture in Iran: Anthropology, Politics and Society in the Twentieth Century. Routledge, 2006. ↩
-
Encyclopaedia Iranica, “Iranian Identity, III. Medieval Islamic Period”. ↩
-
Petryna, Adriana. “Wildfires at the Edges of Science: Horizoning Work amid Runaway Change.” Cultural Anthropology 33, n.º 4 (2018): 570–595. https://doi.org/10.14506/ca33.4.06. ↩
-
Hrymych, Maryna, et al. “The Creation of a Hub for Ukrainian Intangible Cultural Heritage: A Case Study of the Ivan Honchar Museum.” Ethnologies (2023). https://doi.org/10.7202/1111896ar. ↩
-
UNESCO, “Damaged cultural sites in Ukraine verified by UNESCO”. ↩
-
Bilaniuk, Laada. Contested Tongues: Language Politics and Cultural Correction in Ukraine. Cornell University Press, 2005. ↩
-
Yurchak, Alexei. Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation. Princeton University Press, 2006. ↩
-
Oushakine, Serguei Alex. The Patriotism of Despair: Nation, War, and Loss in Russia. Cornell University Press, 2009. ↩
-
Tishkov, Valery. Chechnya: Life in a War-Torn Society. University of California Press, 2004. ↩
-
Funk, Dmitry A. Миры шаманов и сказителей: комплексное исследование телеутских и шорских материалов [Mundos de chamanes y narradores: estudio complejo de materiales teleut y shor]. Moscú: Nauka, 2005. Se cita por su investigación sobre patrimonio, tradición oral y pueblos indígenas de Siberia, no para atribuirle una posición sobre la invasión. ↩
-
Kradin, Nikolay N. “Nomadic Empires in Evolutionary Perspective.” En Alternatives of Social Evolution, editado por N. N. Kradin, A. V. Korotayev, D. M. Bondarenko, V. de Munck y P. K. Wason, 274–288. Vladivostok: Far Eastern Branch of the Russian Academy of Sciences, 2000. ↩
-
Reuters, “Ukraine’s defence AI chief predicts ‘new paradigm’ of warfare”, 12 de junio de 2026; Reuters, “Ukraine opens battlefield data access to allies’ AI models”, 12 de marzo de 2026. ↩
-
National Geospatial-Intelligence Agency, “GEOINT Artificial Intelligence”. La NGA indica que los componentes GEOINT de Maven le fueron transferidos en enero de 2023 y que sus capacidades de visión por computador se integran en flujos analíticos militares. ↩
-
The Guardian, “How AI is being used to target Palestinians in Gaza”, 3 de abril de 2024. La atribución a sistemas concretos y las respuestas oficiales israelíes deben leerse conjuntamente. ↩
-
Roff, Heather M. “The Strategic Robot Problem: Lethal Autonomous Weapons in War.” Journal of Military Ethics 13, n.º 3 (2014): 211–227. https://doi.org/10.1080/15027570.2014.975010. ↩
-
Sharkey, Noel E. “Saying ‘No!’ to Lethal Autonomous Targeting.” Journal of Military Ethics 9, n.º 4 (2010): 369–383. https://doi.org/10.1080/15027570.2010.537903. ↩
-
Haraway, Donna J. Staying with the Trouble: Making Kin in the Chthulucene. Duke University Press, 2016. ↩
-
Tsing, Anna Lowenhaupt. The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins. Princeton University Press, 2015. ↩
-
van Dooren, Thom. Flight Ways: Life and Loss at the Edge of Extinction. Columbia University Press, 2014. ↩
-
UNEP, Rapid Environmental Assessment of the Kakhovka Dam Breach, Ukraine. ↩
-
World Bank, European Commission, United Nations y Gobierno de Ucrania, RDNA5, 23 de febrero de 2026. ↩
-
SIPRI, A Budget for a Fifth Year of War: Military Spending in Russia’s Budget for 2026. ↩
Vídeo breve
Vídeo breve generado a partir de este ensayo sobre Ucrania, Irán y una antropología de la paz en la era de la guerra algorítmica.