Tres días antes de este Radar, el Museum of Modern Art de Nueva York abrió Full Disclosure: The Edge of Information Design, su primera exposición dedicada íntegramente al diseño de información. Treinta obras digitales y analógicas —seis de ellas incorporadas recientemente a la colección del museo— ocupan la galería de acceso libre de la planta baja hasta el 13 de junio de 2027. Entre ellas, una exige detenerse por la ambición de su propuesta: representar cinco siglos de relaciones entre tecnología y poder.

Calculating Empires: A Genealogy of Technology and Power Since 1500, de Kate Crawford y Vladan Joler, es el punto de partida de este Radar.

Sobre un fondo negro, líneas, figuras, conceptos y acontecimientos históricos forman una cartografía extraordinariamente densa. En el fragmento que acompaña este Radar —el mismo que Babelia eligió en 2025 para encabezar un artículo de Marta Peirano— conviven el ascenso del neoliberalismo, la financiarización, el colonialismo corporativo, la extracción de recursos, la explotación laboral, la privatización, la globalización y la captura tecnológica. No aparecen como episodios independientes. El dibujo obliga a buscar relaciones, y esa exigencia no es accidental. Es el método de toda la obra.

Una operación de traducción

Ahí reside buena parte de la propuesta de Full Disclosure. El MoMA parte de una distinción fundamental. Vivimos entre datos, pero los datos no constituyen por sí mismos conocimiento. Necesitan ser seleccionados, organizados y traducidos para que podamos interpretarlos. Esa mediación constituye precisamente el territorio del diseño de información.

Los algoritmos, el aprendizaje automático y la inteligencia artificial han ampliado enormemente lo que una visualización puede hacer. También han vuelto más importante conocer las decisiones, categorías y fuentes sobre las que se construye. El contexto importa. La confianza pública en las instituciones y en el conocimiento que producen se ha debilitado y, para el museo, visualizar información significa trabajar tanto con la verdad como con la confianza.

Cada mapa establece límites. Cada diagrama selecciona información. Cada interfaz introduce prioridades. Decidir qué mostrar, qué relacionar y qué queda fuera del encuadre forma parte del conocimiento que finalmente recibimos.

Calculating Empires lleva esta operación a unas dimensiones poco habituales. El MoMA la ha incorporado a su colección como obra digital, pero en su versión instalada es, según la describió Marta Peirano, un mapa de veinticuatro metros de largo por tres de alto con miles de ilustraciones y textos. Organizada en dos grandes mitades, una sigue la transformación de los dispositivos de comunicación, las infraestructuras y las arquitecturas computacionales. La otra reconstruye historias del control y la clasificación a través de decenas de dominios, desde el tiempo y la educación hasta los cuerpos, la biometría, las prisiones o los sistemas militares.

Crawford y Joler organizaron ese material alrededor de cuatro grandes temas —comunicación, computación, clasificación y control— para rastrear fenómenos contemporáneos cuyas raíces se hunden siglos atrás. Peirano señala que tardaron nueve años en producirla y que buscaron inspiración en grandes frescos y tapices históricos, como el Tapiz de Bayeux o el Atlas Mnemosyne de Aby Warburg. La pieza puede recorrerse como mapa, atlas histórico, manifiesto y diagrama de circuitos al mismo tiempo.

De un altavoz a un imperio

Marta Peirano escribió sobre el proyecto en Babelia en febrero de 2025, con motivo de su estreno en España en LABoral de Gijón, y lo situó dentro de una obsesión que Crawford y Joler comparten desde hace una década: cartografiar el uso de la tecnología como instrumento de poder, con la infraestructura y la economía política como ejes.

El primer fruto de esa colaboración fue Anatomy of an AI System, de 2018, que hoy también forma parte de la colección del MoMA. Allí siguieron la red de trabajo humano, datos y recursos planetarios necesaria para que un Amazon Echo pudiera existir y funcionar. Un objeto doméstico aparentemente sencillo permitía desplegar una infraestructura que se extendía por minas, fábricas, cadenas logísticas, centros de datos y sistemas de extracción de información.

En Calculating Empires el campo de observación se expande radicalmente. Ya no se sigue un dispositivo, sino una genealogía que atraviesa expansión comercial, colonialismo, industrialización, sistemas de clasificación, burocracias, medios de comunicación, mercados, computación y formas contemporáneas de extracción de datos. El punto de partida no es arbitrario. Crawford explica que el mapa comienza hacia 1500 por la coincidencia de dos inventos: la imprenta, que permitió crear redes globales de información, y la navegación de largo alcance, que hizo posible colonizar pueblos indígenas a distancias mucho mayores. Como resumió Crawford en Gijón, hoy «el poder de la tecnología tiene que ver con acumulación a gran escala».

El desplazamiento resulta especialmente fértil desde la antropología. En lugar de tomar las tecnologías como objetos aislados, permite observarlas dentro de las relaciones materiales, económicas, institucionales y culturales que hacen posible su existencia. La inteligencia artificial deja así de aparecer exclusivamente como una sucesión de modelos y capacidades técnicas. Se incorpora a historias mucho más largas de clasificación, trabajo, administración, extracción y control.

Uno de los recorridos del mapa lo muestra con especial claridad. La capacidad de medir el cuerpo y las emociones se desarrolla, a través de sucesivos sistemas de cálculo, hasta convertirse en políticas de corrección y sometimiento. Pasa por la ortopedia pensada para enderezar cuerpos infantiles, por la histeria como categoría de género y, ya en el siglo XX, por la emoción convertida en algo que se mide, se clasifica, se medica y finalmente se monetiza. Lo que parecía una experiencia humana se vuelve dato.

El fragmento que publicó Babelia permite observar ese método en otra región del mapa. Financialization of everything ocupa una de sus zonas centrales, rodeada de criptomonedas, capital riesgo, desregulación financiera y paraísos fiscales. Cerca de Corporate colonialism aparecen la concentración de riqueza y poder, la extracción de datos y distintas formas de dominación económica. Más abajo, el ascenso del neoliberalismo se despliega junto a la desindustrialización, la externalización y la transformación del Estado del bienestar.

Las líneas atraviesan las fronteras entre economía, tecnología, política y trabajo.

Lo que un mapa decide mostrar

El resultado no funciona como una cronología convencional. Obliga a recorrer la imagen, acercarse, retroceder y reconstruir conexiones. Esa dificultad también forma parte de lo que representa. Los sistemas que Crawford y Joler cartografían son demasiado extensos para percibirse desde un único punto.

Una plataforma digital puede aparecer como una interfaz sencilla. Detrás existen centros de datos, cadenas logísticas, minerales, energía, trabajo humano, propiedad intelectual, regulación, mercados financieros y sistemas de clasificación. Hacer visibles esas relaciones exige modificar continuamente el nivel desde el que observamos.

Pero el mapa introduce otra dificultad. No se limita a revelar relaciones preexistentes. También decide cuáles mostrar.

Elegir un comienzo histórico, construir categorías, conectar dos acontecimientos mediante una línea o situarlos dentro de una misma región visual son decisiones interpretativas. El diseño que vuelve legible una estructura de poder propone al mismo tiempo una determinada manera de comprenderla. Los propios autores lo asumen: describen su obra como «necesariamente parcial, subjetiva» y marcada por su propia posición, toman al pie de la letra la propuesta de Donna Haraway de cartografiar la «informática de la dominación» y recuerdan que incluso un diagrama de Gantt o una puerta lógica llevan incorporada una estructura política.

Los mapas también tienen límites que sus autores reconocen. En la conversación con Peirano, a comienzos de 2025, Joler hablaba de las protestas estudiantiles de Novi Sad, la ciudad serbia donde enseña. Admitía que cartografiar el uso de la tecnología para ejercer control ayuda a prever el comportamiento de las fuerzas del orden, pero no la reacción de la población. Aquella movilización los había sorprendido. Lo que un mapa del poder no alcanza a dibujar es, precisamente, lo que las personas pueden hacer juntas.

Por eso resulta significativo que el MoMA haya situado Calculating Empires dentro de una exposición sobre diseño de información y no exclusivamente en una muestra dedicada a la inteligencia artificial. Full Disclosure reúne trabajos que utilizan datos para hacer visibles sistemas difíciles de percibir, investigar estructuras de poder, preservar historias o representar dimensiones íntimas de la experiencia humana.

El diseño de información aparece así como un problema cultural. Quién organiza aquello que sabemos, mediante qué categorías y bajo qué formas aprendemos a reconocer una relación como significativa.

El fragmento y el conjunto

La propia circulación de Calculating Empires añade otra capa a esta reflexión.

El fragmento del que parte este Radar encabezaba el artículo de Peirano, acompañado de un pie de foto que indicaba su origen y su autoría. Separado de ese pie, el recorte de una pieza de veinticuatro metros puede circular como una ilustración prácticamente autónoma. Recuperar su autoría y devolver la imagen a su contexto modifica inmediatamente lo que vemos.

Lo que parecía un diagrama independiente sobre el capitalismo contemporáneo forma parte, en realidad, de una genealogía mucho mayor sobre cinco siglos de tecnología y poder.

El fragmento que acompaña el anuncio de este Radar procede del material de prensa de Full Disclosure facilitado por el MoMA y se reproduce con el crédito indicado por el museo. La obra completa, además, puede recorrerse en línea, empezando, por ejemplo, por la región del neoliberalismo.

Ese desplazamiento dice algo también sobre nuestra cultura visual. Nunca habíamos tenido acceso a tantos mapas, gráficos, esquemas y visualizaciones. Al mismo tiempo, pocas veces había sido tan sencillo separarlos de las fuentes, decisiones y contextos que permitieron construirlos.

Calculating Empires utiliza esa misma capacidad de representación para trabajar contra la opacidad. Conecta procesos que la dimensión de los sistemas tecnológicos tiende a dispersar. Dibuja la infraestructura detrás de la interfaz. Devuelve historia a aquello que suele presentarse bajo el lenguaje de la innovación.

Pero también recuerda que hacer visible nunca es una operación inocente. Todo mapa selecciona, relaciona y deja algo fuera.

Crawford encuentra un precedente en la perspectiva artificial del Renacimiento. A su juicio, hizo con nuestra mirada lo mismo que hoy está haciendo la inteligencia artificial: cambiar cómo vemos el mundo, cómo nos vemos y cómo entendemos a las demás personas. Quizá por eso la imagen resulta tan incómoda como fascinante. Frente a sistemas diseñados para aparecer fragmentados —una plataforma aquí, un algoritmo allá, una cadena logística fuera de campo—, Crawford y Joler vuelven a colocarlos dentro del mismo dibujo.

El poder también depende de cómo aprendemos a verlo. Dibujarlo es una manera de volver discutibles sus conexiones.


Referencias