No escribo este radar desde fuera de la Universidad Complutense de Madrid. Lo escribo como alguien que ha aprendido en ella, en el aula y fuera de ella, de manera directa e indirecta. He aprendido de profesoras y profesores con quienes he compartido clases, lecturas, preguntas, conversaciones y formas de mirar. He aprendido también de quienes, aun sin haber coincidido conmigo en una asignatura concreta, han dejado una obra, un método o una pregunta que sigue trabajando dentro de mí.

Quiero que esta pieza sea, excepcionalmente, un gesto de agradecimiento, respeto y admiración. No porque la universidad pública necesite elogios abstractos, sino porque su valor aparece en experiencias muy concretas: una clase que abre una pregunta, una lectura que desordena una certeza, una tutoría, un seminario, una conversación en un pasillo, una biblioteca abierta, una persona que sostiene un trámite, un aula que permite pensar con otras personas.

La inteligencia artificial suele presentarse como una cuestión de modelos, cómputo y rendimiento. Pero entra siempre en mundos ya habitados: familias, escuelas, hospitales, trabajos, comunidades religiosas y espacios de disputa pública. La Recomendación de la UNESCO sobre la ética de la inteligencia artificial advierte que estos sistemas pueden reproducir o agravar discriminaciones, desigualdades y exclusiones. La pregunta, por tanto, no es solo qué puede hacer una tecnología, sino qué relaciones sociales vuelve legibles, administrables o invisibles.

Este radar parte de una revisión de perfiles de Dialnet y del listado de profesorado del Grado en Antropología Social y Cultural de la UCM, realizada en junio de 2026. No pretende construir un canon ni ordenar jerarquías. Reúne cinco trayectorias que me ayudan a nombrar algo que he vivido: la universidad no es una fábrica de credenciales, sino una comunidad de conocimiento, discusión, cuidado y trabajo colectivo.

María Isabel Jociles Rubio y la pregunta por cómo conocemos

La obra de María Isabel Jociles Rubio ha defendido la etnografía como práctica de relación, atención y reflexividad. En La observación participante en el estudio etnográfico de las prácticas sociales (2018), investigar no equivale a recoger datos desde fuera: exige construir una posición situada ante personas, vínculos e instituciones.

He encontrado en esta manera de entender la etnografía una enseñanza decisiva. Conocer no es extraer información de otras personas como quien recoge un recurso disponible. Conocer exige situarse, escuchar, dejarse afectar y responder por la propia posición. Es una lección especialmente necesaria cuando la IA convierte cada vez más dimensiones de la vida en datos que parecen separables de quienes los producen.

Ese interés metodológico se entrelaza con investigaciones sobre parentesco, adopción, monoparentalidad y reproducción asistida. Cambios en la concepción y representación del parentesco a raíz del uso de las técnicas de reproducción asistida con donante (2016), junto a Ana María Rivas Rivas, muestra que los vínculos familiares se construyen mediante afectos, documentos, instituciones, tecnologías médicas y decisiones administrativas. Sus trabajos sobre adopción internacional completan esa atención a los procesos mediante los que instituciones y familias producen parentesco.

Esta perspectiva obliga a mirar con cautela cualquier sistema que traduzca la vida familiar a categorías, perfiles de riesgo o criterios de acceso. Antes de aceptar que un algoritmo “conoce” una familia, conviene preguntar qué relaciones deja fuera de su esquema y quién decidió sus categorías.

José Ignacio Pichardo Galán y la pregunta por quién puede vivir sin ocultarse

José Ignacio Pichardo Galán ha situado la diversidad sexual y familiar en el centro del análisis antropológico y educativo. Entender la diversidad familiar (2009), Adolescentes ante la diversidad sexual (2009), con Belén Molinuevo Puras, y el volumen colectivo Abrazar la diversidad (2015), coordinado por Pichardo Galán, enlazan parentesco, escuela, derechos, lenguaje y desigualdad.

De esta trayectoria he aprendido que la escuela y la universidad no solo transmiten contenidos. También distribuyen reconocimiento, silencio, temor o posibilidad de existencia. Lo que una institución nombra, omite, protege o ridiculiza no es un detalle administrativo: organiza las posibilidades de vivir y aprender sin ocultarse.

Esa observación sirve para leer el presente digital sin convertirlo en una metáfora simple. Las categorías por defecto, los sistemas de moderación y los modelos que clasifican expresiones, cuerpos o identidades también pueden decidir quién aparece como norma y quién como excepción.

La pregunta cobra así una nueva urgencia. ¿Qué condiciones sociales y técnicas hacen posible que una persona no tenga que ocultar quién es para habitar una familia, una escuela, un empleo o un espacio digital? La UNESCO incluye la no discriminación, la diversidad y la igualdad de género entre los principios que deben orientar el ciclo de vida completo de los sistemas de IA.

José Luis Álvaro Estramiana y la pregunta por lo que el trabajo sostiene

José Luis Álvaro Estramiana, desde la psicología social, aporta una perspectiva que dialoga de forma productiva con la antropología. Su tesis doctoral, Desempleo y bienestar psicológico (1988), abordó el paro como un problema de estructura social, identidad, estigma y pertenencia, no como una mera insuficiencia individual. En sus investigaciones sobre los significados del trabajo y sobre desempleo y salud mental, la actividad laboral aparece como un espacio de tiempo, reconocimiento y vínculo social.

Esta enseñanza va más allá de una reflexión sobre empleo. Me recuerda que ninguna institución existe al margen de las personas que la sostienen. Una universidad pública no se reduce a sus rectorados, sus títulos o sus edificios. Existe porque trabajan en ella profesoras y profesores, personal investigador, personal técnico, de gestión y de administración y servicios, equipos de biblioteca, mantenimiento, limpieza, conserjería, informática y tantas otras personas cuya tarea hace posible el aprendizaje cotidiano.

Este punto importa cuando se habla de automatización, evaluación automatizada o gestión algorítmica. La cuestión no se agota en cuántas tareas puede ejecutar un sistema. También importa qué ocurre con la autonomía, el ritmo, la responsabilidad y la seguridad material cuando una infraestructura técnica redefine el valor de una tarea y la posición de quien la realiza.

La pregunta no es si la IA sustituirá o no sustituirá empleo en abstracto. Es qué formas de dependencia, vigilancia o exclusión se vuelven normales cuando el trabajo deja de ser un espacio estable de reconocimiento social.

Mónica Cornejo Valle y la pregunta por quién disputa la autoridad moral

Mónica Cornejo Valle ha investigado religión, espiritualidad, salud y movilización antigénero atendiendo a sus transformaciones en el espacio público. Sus trabajos sobre espiritualidad contemporánea y terapias alternativas, entre ellos La convergencia de salud y espiritualidad en la sociedad postsecular (2013), escrito con María Isabel Blázquez Rodríguez, analizan cómo prácticas terapéuticas, discursos de bienestar y repertorios morales atraviesan instituciones, redes y formas contemporáneas de subjetividad.

Junto a Pichardo Galán ha estudiado la movilización antigénero en La “ideología de género” frente a los derechos sexuales y reproductivos. El escenario español (2017) y Actores y estrategias en la movilización anti-género en España (2018). Estas investigaciones permiten observar tales corrientes como redes organizadas de emociones, instituciones, medios, doctrinas y proyectos políticos.

Para mí, la lección está en no aceptar nunca que la autoridad moral se presenta sola o de forma inocente. También en las plataformas, los sistemas de recomendación y los modelos generativos se organizan jerarquías de visibilidad. No porque los algoritmos tengan una moral propia, sino porque quienes los diseñan, financian, regulan y usan deciden qué se amplifica, qué se clasifica y qué se vuelve invisible.

¿Quién define qué familia, qué deseo, qué cuerpo o qué forma de vida merece reconocimiento público? ¿Con qué reglas, datos y responsabilidades se ordena hoy ese espacio? Estas preguntas son una defensa de la universidad como lugar donde la discrepancia puede formularse sin tener que ajustarse de antemano a una lógica de rentabilidad o de obediencia.

María Isabel Blázquez Rodríguez y la pregunta por los cuerpos que la medicina administra

La investigación de María Isabel Blázquez Rodríguez ha sido clave para la antropología de la reproducción, la salud y el género. Aproximación a la antropología de la reproducción (2005) y Del enfoque de riesgo al enfoque fisiológico en la atención al embarazo, parto y puerperio (2010) muestran cómo embarazo, parto y maternidad quedan organizados por saberes médicos, protocolos institucionales y normas de género. Su revisión sobre la biomedicalización de las vidas de las mujeres (2021) insiste en que esos procesos no son neutrales ni ajenos a la desigualdad.

Lejos de oponer de forma simple medicina y experiencia, sus investigaciones permiten ver cómo las prácticas sanitarias producen relaciones de autoridad y formas concretas de definir riesgo, cuidado y normalidad. La reproducción se vuelve así un terreno donde se negocian autonomía, conocimiento experto y justicia social.

La guía de la OMS sobre ética y gobernanza de la IA para la salud reconoce el potencial de estas tecnologías para diagnóstico, tratamiento e investigación, pero exige que derechos humanos y ética estén presentes en su diseño, despliegue y uso. Desde la obra de Blázquez, esa exigencia se vuelve material: ¿qué cuerpos alimentan los datos, quién interpreta las recomendaciones y quién carga con las consecuencias de un error o una exclusión?

Agradecer es defender la universidad pública

Este radar nace de un agradecimiento, pero no quiere quedarse en la emoción privada. Agradecer lo recibido en la universidad pública significa defender las condiciones que lo hicieron posible y que deben seguir siendo posibles para otras personas.

Defiendo una universidad pública porque el conocimiento no puede convertirse en un privilegio reservado a quien puede pagar por él. Porque una educación superior digna no debe depender de la renta familiar, del código postal, de la capacidad de endeudamiento ni de la promesa de rentabilidad inmediata. Porque las humanidades y las ciencias sociales son necesarias para comprender los efectos de la IA, pero también porque lo son las ciencias, las artes, la investigación básica, la docencia y todas las formas de saber que no caben en una hoja de cálculo de beneficios.

Defiendo la universidad pública porque no hay enseñanza ni investigación sin trabajadoras y trabajadores con derechos, estabilidad, tiempo y salarios dignos. La Ley Orgánica del Sistema Universitario establece que la financiación estructural de las universidades públicas debe ser suficiente para un servicio público de calidad, cubrir necesidades plurianuales de personal, investigación y sostenibilidad. La LOSU reconoce a este colectivo como personal técnico, de gestión y de administración y servicios (PTGAS) y garantiza su derecho a una participación libre y significativa, así como a su representación en los órganos de gobierno y representación de las universidades.

En la Comunidad de Madrid, esta defensa no puede ser abstracta. Los datos oficiales del curso 2024-2025 registran seis universidades públicas y trece universidades privadas, junto a una de la Iglesia Católica. También indican que 206.501 estudiantes cursaban estudios en centros propios de universidades públicas, frente a 121.900 en universidades privadas y de la Iglesia Católica. Ese mapa no es una razón para negar la existencia de la enseñanza privada. Sí es una razón para exigir que la financiación, la autonomía y el acceso a la universidad pública sean una prioridad política indiscutible.

El Gobierno regional aprobó en mayo de 2026 un nuevo modelo de financiación para las seis universidades públicas madrileñas hasta 2031. Es razonable que toda programación plurianual se examine en sus cifras reales, en su impacto sobre las plantillas, en los precios públicos, en la autonomía universitaria y en la capacidad efectiva de sostener investigación, docencia y servicios. Una carta abierta publicada el 4 de marzo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM cuestiona la composición de los 14.800 millones anunciados —que incorpora precios públicos e ingresos propios— y sostiene que la transferencia regional prevista no alcanzaría el objetivo de inversión pública recogido en la LOSU.

Por eso me sumo al sentido de la Plataforma UCM por la Pública. Defender la universidad pública en Madrid significa oponerse a la privatización de la enseñanza superior: a cualquier modelo que debilite deliberadamente lo público, traslade más costes a estudiantes y familias, subordine el conocimiento a lógicas de mercado o convierta la precariedad de sus plantillas en una forma normal de gestión.

No se trata de idealizar la universidad. La universidad pública tiene desigualdades, burocracias, conflictos y deudas pendientes. Precisamente por eso debe ser financiada, cuidada y democratizada: porque es un espacio que pertenece a la sociedad y donde sus problemas pueden discutirse, investigarse y transformarse colectivamente.

Un archivo de preguntas y una deuda de gratitud

Estas cinco trayectorias no ofrecen una única teoría de la inteligencia artificial. Me ofrecen mejores preguntas para impedir que la IA se presente como una fuerza autónoma.

¿Cómo se investiga sin fingir neutralidad? ¿Qué formas de parentesco reconoce una clasificación? ¿Qué identidades se convierten en norma o excepción? ¿Qué sostiene el trabajo cuando una infraestructura técnica reorganiza sus ritmos? ¿Quién define lo moralmente aceptable en un espacio público mediado por plataformas? ¿Qué cuerpos aparecen como riesgo, dato o coste dentro de la salud digital?

La inteligencia artificial no llega a un vacío. Llega a relaciones de cuidado, instituciones, economías, desigualdades, historias corporales y conflictos de reconocimiento. Por eso, antes de preguntar qué puede hacer, conviene preguntar qué mundo social está a punto de clasificar, administrar o transformar.

Yo he aprendido a formular estas preguntas gracias a una universidad pública concreta y a muchas personas concretas. A las profesoras y profesores de la UCM con quienes he tenido la fortuna de aprender de forma directa e indirecta, gracias. Gracias por la profundidad, por el rigor, por la cercanía, por el humor cuando lo hubo, por la exigencia y por hacer del aprendizaje una experiencia viva y amena.

Defender la universidad pública es defender la posibilidad de que esa experiencia no sea una excepción ni un recuerdo. Es defender que siga siendo un derecho, un trabajo digno y un espacio común.

Fuentes