El pueblo sitiado

Cómo el populismo convierte la desconfianza en infraestructura de poder entre plataformas, IA y vida democrática.

·Martín González Senosiain

Hubo un tiempo en que revelar una trama oculta podía destruir una presidencia. Watergate no fue solo un caso de espionaje político ni una crisis institucional estadounidense. Fue una escena de revelación. Una parte del poder apareció haciendo aquello que las reglas públicas prohibían. La distancia entre la imagen declarada del sistema y las prácticas de quienes lo administraban se volvió insoportable y acabó activando una sanción política, judicial y moral que culminó con la renuncia de Richard Nixon.

La comparación con el presente resulta incómoda. Hoy, la transgresión visible no siempre destruye carreras. La humillación pública del adversario, la sospecha permanente sobre periodistas, jueces, universidades o sistemas electorales, e incluso la difusión de acusaciones sin pruebas, pueden convertirse en recursos de movilización. El discurso de Donald Trump en el National Mall, el 4 de julio de 2026, ofrece varias ilustraciones directas. Tras invocar la igualdad ante la ley, deslizó que él no había sido tratado “tan bien” y cerró de inmediato el asunto. Más adelante, al hablar de la reconstrucción militar, dijo que debería referirse a un “tercer mandato” y se autocorrigió de inmediato para evitar una posible controversia. Ninguna de esas expresiones demuestra por sí sola un programa institucional concreto. Pero ambas muestran una operación retórica significativa. El agravio individual y el límite constitucional se vuelven guiños compartidos antes que motivos de sanción pública. Trump, Orbán, Bolsonaro, Milei o Netanyahu no son equivalentes ni proceden de los mismos sistemas políticos. Pero todos participan, con intensidades y formas distintas, de un tiempo en el que la autoridad ya no depende únicamente de la respetabilidad institucional y puede construirse también mediante la exhibición de agravio, ruptura y antagonismo.

La idea que orienta esta nota es sencilla, aunque sus implicaciones no lo sean. El conspiracionismo no constituye una anomalía exterior a la política contemporánea ni un simple déficit individual de racionalidad. Se vuelve políticamente eficaz cuando el populismo transforma malestares reales —precariedad, desigualdad, pérdida de control, desprotección e incertidumbre cultural— en relatos de enemigos ocultos, traiciones internas y cuerpos amenazados. La conspiración no sustituye a la política. La reorganiza alrededor de una gramática que personaliza problemas estructurales y convierte la complejidad social en batalla moral.

Esta nota parte del curso europeo CONSPIRE, seguido desde la Universidad Complutense de Madrid. Es una iniciativa Erasmus+ de educación superior coordinada por la Università degli Studi di Torino. Su consorcio reúne a la propia Turín, la Universitat Autònoma de Barcelona, la University of Tartu, la Istanbul Technical University y la Aalborg University, junto con CesUE. Su formación, alojada como MOOC en la plataforma de Turín, articula seis módulos sobre organización comunitaria, salud, medios, religión, política y ciencia. No trata la conspiración como una excentricidad psicológica. La estudia como un fenómeno capaz de afectar a la salud, al pensamiento crítico, a la confianza democrática y a la vida relacional.

La bisagra de 2008

La crisis financiera de 2008 no creó por sí sola el auge populista ni la difusión de teorías conspirativas, pero volvió más visible que el mercado no era un árbitro neutral ni una maquinaria meritocrática. Bancos rescatados con recursos públicos, desahucios, desempleo, austeridad y concentración de riqueza hicieron difícil sostener la promesa de que obedecer las reglas bastaba para garantizar una vida digna.

Durante décadas, el neoliberalismo había presentado la vida social como una suma de trayectorias individuales. La vivienda se convirtió en inversión. El empleo, en empleabilidad. La educación, en capital humano. La identidad, en proyecto de marca. Cuando esa promesa se agrieta, el malestar busca formas de representación. Puede orientarse hacia una crítica democrática de las estructuras económicas, de la concentración empresarial o de la desigualdad territorial. También puede traducirse en la acusación de que alguien, en secreto, ha diseñado deliberadamente el daño.

El populismo interviene en ese punto. No necesita ofrecer un análisis minucioso de las finanzas globales, de la precarización laboral o de la pérdida de servicios públicos. Puede ofrecer, en cambio, un relato mucho más inmediato. Los problemas no serían el resultado de procesos complejos, sino de la voluntad de una élite que se oculta tras las instituciones. La crisis de 2008 no hizo inevitable ese giro, pero creó un terreno especialmente favorable para que prendiera.

Sospechar no es conspirar

La desconfianza hacia gobiernos, corporaciones, partidos, medios de comunicación o autoridades científicas no es, por sí misma, irracional. Gobiernos, empresas y aparatos de seguridad han conspirado realmente; también han mentido, ocultado información y protegido intereses particulares. Una democracia sana necesita instituciones que puedan ser criticadas y una ciudadanía capaz de sospechar cuando las pruebas lo justifican.

La diferencia decisiva está en otro lugar. Una crítica democrática exige evidencias proporcionales, admite incertidumbre y reconoce que los procesos sociales tienen causas múltiples. Una teoría conspirativa convierte toda evidencia contraria en una nueva prueba del encubrimiento. La primera puede revisar sus conclusiones. La segunda está diseñada para no poder ser refutada.

El módulo sociológico de CONSPIRE recoge la propuesta de Hayagreeva Rao y Henrich R. Greve (2024) de desplazar la pregunta desde quién cree hacia cómo las teorías circulan y se vuelven persuasivas en sistemas sociales concretos. El interés no está en diagnosticar sujetos patológicos, sino en estudiar redes, plataformas, conversación y condiciones de incertidumbre que vuelven habitables determinados relatos.

Rao y Greve proponen, además, una imagen más productiva de quienes participan en estas narrativas. Es la figura del bricoleur. No se trata necesariamente de alguien que memoriza una doctrina cerrada. Puede combinar fragmentos de noticias, vídeos, tradiciones religiosas, experiencias familiares, críticas legítimas al poder, memes, discursos políticos y piezas de información científica. La inconsistencia no siempre debilita el relato. A veces le permite adaptarse a audiencias y momentos distintos.

Una teoría sobre vacunas, una sospecha contra la Unión Europea, una acusación de fraude electoral, una narrativa sobre migración y una advertencia acerca de la llamada “ideología de género” pueden parecer asuntos separados. Sin embargo, en determinados ecosistemas culturales se conectan mediante una misma intuición. Existe una élite que oculta la verdad, manipula a la población y amenaza una forma de vida considerada auténtica. Esa intuición funciona menos como una teoría concreta que como una gramática para leer el mundo.

Del estilo paranoide a la política de masas

La historia moderna está atravesada por esta gramática. Durante la Revolución francesa, sectores contrarrevolucionarios atribuyeron el cambio a masones, jacobinos e iluminados. Más tarde, Los Protocolos de los Sabios de Sion ofrecieron una falsificación antisemita capaz de explicar capitalismo, socialismo, liberalismo, secularización y crisis nacional como expresiones de una misma maquinaria judía mundial. Su fuerza no residía solamente en el odio que propagaban. También ofrecía una explicación total, binaria y cerrada del mundo.

El fascismo convirtió esa estructura en programa político. El declive nacional dejó de explicarse por conflictos sociales, derrotas militares, desigualdades históricas o errores de gobierno. Se atribuyó a comunidades internas de traidores, minorías o cosmopolitas que habrían corrompido la nación desde dentro. Regímenes comunistas autoritarios desarrollaron versiones distintas de la misma lógica mediante purgas, acusaciones de desviacionismo y campañas contra supuestos enemigos de la revolución. El macartismo estadounidense trasladó ese patrón a la Guerra Fría mediante la sospecha de una infiltración comunista en la administración, la cultura, la educación y el cine.

En The Paranoid Style in American Politics, Richard Hofstadter llamó “estilo paranoide” a esta forma recurrente de imaginación política. Su concepto exige cuidado. No sirve para medicalizar a poblaciones enteras ni para ridiculizar cualquier forma de desconfianza. Sirve, más bien, para reconocer una estructura narrativa marcada por la obsesión con la omnipotencia del enemigo, la certeza apocalíptica sobre un peligro inminente y la convicción de que toda contradicción confirma el complot.

Estas formas de imaginación política no desaparecieron. Se reencarnan hoy en la figura del “gran reemplazo”, en las teorías sobre el “globalismo” o en las acusaciones de “ingeniería social” que recorren ciertos discursos populistas. El discurso de Trump del 4 de julio ilustra este mecanismo sin necesidad de ajustarse a una teoría conspirativa cerrada. Al advertir que el comunismo podía volver a aparecer dentro del país y compararlo con un cáncer que debía extirparse, formuló una amenaza política como patología que convendría eliminar de manera preventiva. Lo analíticamente relevante no es la crítica de una ideología en sí misma, sino el desplazamiento desde el desacuerdo hacia un vocabulario de contaminación, urgencia y expulsión. Internet no inventó el enemigo invisible. Amplió su velocidad, su escala y su capacidad de mutar. La figura del enemigo secreto que conecta males dispersos y los atribuye a una voluntad coordinada pertenece, sin embargo, a una historia mucho más larga. Desde ahí se entiende mejor por qué la política contemporánea puede convertir el resentimiento en una identidad de pueblo sitiado.

El pueblo y sus enemigos

El módulo político de CONSPIRE distingue entre mentalidad conspirativa y teorías concretas. La primera es una disposición general a imaginar que élites, gobiernos o grupos secretos controlan acontecimientos decisivos. Las segundas se refieren a temas particulares, como el 11-S, el cambio climático, la pandemia, el alunizaje o las estelas químicas. La distinción importa porque permite reconocer que no todas las personas que dudan de una institución aceptan una visión conspirativa general del mundo.

El populismo se articula bien con esa disposición porque organiza la política como una oposición entre un pueblo moralmente puro y unas élites corruptas. Como explica Michael Butter, las teorías conspirativas no son un rasgo necesario de todo populismo, pero pueden funcionar como un recurso secundario muy eficaz para explicar por qué esas élites actuarían contra el pueblo.

El populismo construye dos ejes de antagonismo. En el eje vertical, el pueblo se enfrenta a élites lejanas, como tecnócratas, instituciones europeas, bancos, corporaciones o poderes globales. En el eje horizontal, el pueblo se define excluyendo a quienes no serían parte de la comunidad auténtica, como migrantes, minorías religiosas, feministas, personas LGBTIQ+, activistas o quienes son presentados como cosmopolitas.

El primer eje puede contener una crítica democrática de los privilegios, de la concentración económica o de los déficits de representación. El segundo transforma el malestar en exclusión. Cuando ambos se articulan, el pueblo agraviado deja de ser una categoría social abierta y se convierte en una comunidad imaginada que necesita enemigos internos para sentirse unida.

El populismo no es exclusivo de la derecha. También puede aparecer en movimientos de izquierda que articulan la oposición entre pueblo y élites, y que recurren a conspiraciones dirigidas “hacia arriba”, contra corporaciones, grandes fortunas o instituciones financieras internacionales. Las disputas europeas en torno a la austeridad y a las condiciones impuestas por la troika hicieron visible una crítica fundada al alcance político de la condicionalidad financiera. En ocasiones, sin embargo, la crítica puede deslizarse hacia una personificación del poder económico como una élite global sin rostro. La diferencia con la derecha populista no reside tanto en la estructura del antagonismo como en la dirección del agravio. Una apunta hacia arriba; la otra puede dirigirlo hacia minorías y grupos vulnerabilizados. La investigación comparada sugiere, no obstante, que el populismo de derechas recurre con mayor frecuencia a narrativas conspirativas, especialmente cuando identifica enemigos internos.

El narcisismo colectivo ayuda a entender esa transición. No es simplemente orgullo nacional. Es la percepción de que el propio grupo es excepcional, pero ha sido humillado, bloqueado o despreciado injustamente por otras fuerzas. Ese agravio convierte la restauración de la grandeza en promesa política y facilita la búsqueda de culpables. La nación deja de ser una comunidad plural y pasa a imaginarse como una víctima inocente, sitiada por poderes exteriores y traidores interiores.

El excepcionalismo nacional no es, por sí mismo, conspiracionista. Se vuelve relevante cuando la grandeza declarada se enlaza con la sospecha de una degradación interna. En el National Mall, Trump presentó a Estados Unidos como la culminación de la historia humana y como una nación sin equivalente, antes de advertir contra la presencia de “comunistas” en el país. La secuencia convierte la patria excepcional en un bien amenazado y ayuda a entender cómo la percepción de agravio colectivo puede hacer que la diferencia política parezca una fractura moral.

El cuerpo como frontera de la nación

Las teorías conspirativas contemporáneas no giran únicamente alrededor de elecciones, gobiernos o instituciones internacionales. Con frecuencia se concentran en el cuerpo. El cuerpo individual, el cuerpo familiar y el cuerpo nacional aparecen como territorios en peligro, asediados por fuerzas que pretenden contaminar, sustituir, controlar o transformar a la población.

Las conspiraciones sanitarias ofrecieron una demostración clara durante la pandemia. Las vacunas fueron presentadas como instrumentos de vigilancia, modificación genética, esterilización o control poblacional. No eran únicamente relatos sobre una tecnología médica. Activaban una sospecha más amplia contra gobiernos, grandes farmacéuticas, organismos internacionales y autoridades científicas. El cuerpo se convertía en la última frontera frente a un poder presentado como ilegítimo.

La llamada “ideología de género” funciona de modo parecido. Derechos reproductivos, educación sexual, protección frente a la violencia machista, reconocimiento de identidades trans o matrimonio igualitario se describen como una agenda impuesta desde fuera. La Convención de Estambul, destinada a prevenir y combatir la violencia contra las mujeres, ha sido presentada en varios contextos como un caballo de Troya contra la familia, la soberanía nacional o el orden moral. La teoría del “gran reemplazo” condensa esa misma estructura. Combina nacionalismo, racismo, angustia demográfica y control de los cuerpos para sostener que una élite impulsa la sustitución de la población blanca o cristiana mediante migración, políticas de natalidad, feminismo, aborto o pluralismo cultural.

La conexión entre estas narrativas no es casual. Tanto las conspiraciones sanitarias como las de género comparten una misma intuición. El cuerpo —individual y colectivo— es el territorio donde se juega el control del futuro. Vacunas, anticonceptivos, educación sexual, migración y derechos reproductivos aparecen no como asuntos de política pública, sino como instrumentos de una transformación demográfica orquestada desde las élites. Esta gramática común permite que quien desconfía de las vacunas encuentre familiar la teoría del “gran reemplazo”, y viceversa. No porque ambas creencias impliquen automáticamente la otra, sino porque comparten una misma arquitectura moral compuesta por un pueblo puro, un cuerpo amenazado y un agente oculto que busca destruirlo. Esta lógica se vuelve especialmente explícita cuando el adversario político es descrito en lenguaje médico. Comparar una ideología con un cáncer no es una afirmación sanitaria, sino un recurso que traslada al terreno político una lógica de erradicación. La metáfora es relevante porque reduce el espacio para el desacuerdo. No se delibera con una enfermedad, se la trata, se la contiene o se la extirpa. Así, la defensa del cuerpo nacional puede pasar de ser una imagen de cuidado a una gramática que hace imaginable la exclusión preventiva.

El módulo de CONSPIRE dedicado a religión y espiritualidad permite ampliar esta lectura. No toda religión es conspiracionista, del mismo modo que no toda espiritualidad alternativa conduce al rechazo de la ciencia. Pero ciertas formas de nacionalismo religioso y conspiritualidad convierten los conflictos políticos en guerras espirituales. La autoridad de la evidencia queda subordinada al carisma de quien dice poseer una revelación. La discrepancia deja de ser debate y pasa a ser prueba de corrupción moral.

La atención como infraestructura de poder

Sería un error atribuir el auge del conspiracionismo a una causa tecnológica única. Las plataformas no votan, no redactan programas electorales y no inventan por sí solas el racismo, la misoginia o el resentimiento social. Pero sí reorganizan las condiciones de visibilidad. Hacen algunas formas de discurso más rentables, rápidas y repetibles que otras.

La inteligencia artificial no inventa esta gramática del agravio. Opera sobre ella. Los sistemas de recomendación ordenan de forma automatizada qué contenidos adquieren visibilidad y cuáles quedan relegados; la Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea reconoce que las grandes plataformas pueden modelar la opinión a escala y les exige evaluar y mitigar riesgos para el pluralismo mediático, los procesos electorales, la salud pública y el bienestar. Los modelos generativos, por su parte, reducen el coste de producir y variar textos, imágenes, voces y perfiles sintéticos.

Pero su efecto político no es mecánico. Una pieza fabricada o amplificada por sistemas automatizados solo se vuelve persuasiva cuando encuentra redes que la interpreten, liderazgos que la legitimen y comunidades dispuestas a hacerla circular como prueba. Por eso la IA no debe entenderse solo como herramienta para detectar o fabricar desinformación. También forma parte de la infraestructura que organiza la atención, distribuye credibilidad y vuelve más difícil distinguir entre experiencia, testimonio, simulación y propaganda. Las directrices de la UNESCO sobre gobernanza de plataformas recuerdan que responder a desinformación y teorías conspirativas exige una responsabilidad compartida entre plataformas, instituciones públicas, medios, sociedad civil, academia y comunidades afectadas.

Rao y Greve proponen mirar las plataformas como un mercado de atención. La atención es escasa y no se puede verificar, escuchar y evaluar con el mismo cuidado todo lo que circula. En ese mercado, lo novedoso, dramático y emocionalmente intenso obtiene una ventaja competitiva. Un relato que conecta hechos dispersos mediante una amenaza oculta produce suspense, ofrece una misión, identifica héroes y villanos y permite a quien participa sentirse parte de una comunidad que ha despertado frente a una mayoría engañada.

El concepto de superdifusor permite precisar cómo opera esa atención. No toda cuenta ejerce la misma capacidad de fijar marcos interpretativos. Algunas personas, organizaciones y medios concentran audiencias, credenciales, carisma o capacidad económica. Son nodos que pueden convertir una narración marginal en contenido legítimo, visible y repetible. El módulo de CONSPIRE aplica esta categoría al ecosistema de la desinformación sanitaria, pero su utilidad es más amplia. También permite entender el papel de liderazgos políticos, voces mediáticas y microcelebridades en el paso de una sospecha periférica al debate público.

La expresión The Disinformation Dozen ofrece una ilustración, no una medición definitiva de toda la desinformación antivacunas. En 2021, el Center for Countering Digital Hate analizó una muestra de 812.000 publicaciones y compartidos en Facebook y Twitter y estimó que hasta el 65 % del contenido antivacunas de esa muestra podía atribuirse a doce figuras y sus organizaciones. El diseño y las conclusiones del informe fueron cuestionados por Meta, de modo que no conviene convertir la cifra en un censo absoluto. Aun así, el caso es útil para advertir de una estructura jerarquizada de influencia. La desinformación no surge solo de una masa indiferenciada de cuentas anónimas, sino también de figuras con audiencias enormes y capacidad de conferir autoridad a relatos dañinos.

Las plataformas tampoco funcionan todas igual. En los espacios abiertos, la visibilidad depende en gran medida de recomendaciones, tendencias y métricas públicas. En los entornos de mensajería o grupos cerrados, como WhatsApp y Telegram, pesa además la confianza interpersonal. Un mensaje enviado por una persona próxima puede recibir menos escrutinio que un contenido idéntico procedente de una fuente desconocida. Por eso el problema no es solo algorítmico. Es también relacional.

La Organización Mundial de la Salud define una infodemia como una sobreabundancia de información, parte de ella precisa y parte no, que puede producir confusión y desconfianza hacia gobiernos y respuestas de salud pública. Su enfoque insiste en que no basta con responder con datos. La gestión de una infodemia requiere información comprensible, localizada, basada en evidencias y transmitida por mediadores adecuados, con las comunidades en el centro.

La plataforma, por tanto, no es solo un canal. Es una infraestructura donde se articulan afectos, jerarquías, identidades y recompensas. La discusión pública deja de organizarse únicamente por medios de comunicación, partidos, sindicatos, universidades o asociaciones vecinales. También circula por vídeos breves, grupos cerrados, memes, transmisiones en directo, perfiles verificados y métricas de interacción.

Cuando el relato conquista instituciones

El conspiracionismo se vuelve especialmente peligroso cuando deja de ser una narrativa marginal y se convierte en herramienta de gobierno. En ese punto, la sospecha contra el adversario puede justificar presión sobre medios críticos, universidades, tribunales, organizaciones civiles o minorías.

El paso de un diagnóstico totalizador a una medida concreta merece especial atención. En el mismo acto del 4 de julio, Trump pidió aprobar el SAVE America Act, una iniciativa que, al cierre de esta nota, había sido aprobada por la Cámara de Representantes y seguía sin avanzar en el Senado. En su formulación pública, reclamó identificación de votante, prueba de ciudadanía y un uso muy restringido del voto por correo. No hace falta suponer que todas las personas que apoyan una reforma electoral comparten una misma intención para advertir el problema analítico. El relato sobre las “trampas” puede convertirse en arquitectura normativa y la pertenencia cívica puede quedar condicionada por requisitos documentales más exigentes. La cuestión no es que toda regulación electoral sea conspirativa, sino observar cuándo una sospecha no demostrada se presenta como fundamento suficiente para rediseñar el acceso a un derecho político básico.

El caso turco trabajado en CONSPIRE muestra cómo el control del relato no depende solo de bulos en redes. Puede sostenerse mediante demandas por difamación, presión judicial, licencias administrativas, concentración empresarial de medios y miedo económico entre quienes podrían financiar espacios críticos. La consecuencia es un estrechamiento progresivo del espacio público. Algunos temas se vuelven peligrosos de discutir. Las fronteras de lo permitido se vuelven ambiguas. La narrativa oficial termina imponiendo incluso los términos con que la oposición puede nombrar la realidad.

No es un caso aislado, aunque conviene evitar equivalencias mecánicas. En Hungría, una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea de febrero de 2026 declaró que el país había vulnerado el Derecho de la Unión y la libertad de expresión al impedir a la emisora Klubrádió seguir emitiendo. En Polonia, el mismo Tribunal concluyó en diciembre de 2025 que graves irregularidades en los nombramientos impedían considerar al Tribunal Constitucional independiente e imparcial. Son procesos nacionales diferentes, con trayectorias políticas propias, pero muestran que la erosión de los contrapesos puede adoptar formas jurídicas, mediáticas y administrativas, además de discursivas.

La lección no es que toda política conservadora o nacionalista sea autoritaria. Es más precisa. La democracia empieza a degradarse cuando el poder trata a la oposición no como adversaria legítima, sino como parte de una conspiración contra la nación. Entonces las garantías institucionales pueden presentarse como obstáculos, el pluralismo como decadencia y la crítica como sabotaje.

La teoría conspirativa ofrece una ventaja decisiva al poder. Convierte cualquier límite en prueba de hostilidad. Si una sentencia contradice al gobierno, sería porque la justicia está capturada. Si una investigación revela corrupción, sería porque los medios participan en una operación. Si una manifestación cuestiona una política, sería porque ha sido financiada desde el exterior. El relato se vuelve autoinmune. Todo aquello que debería obligar a rendir cuentas se reinterpreta como evidencia del enemigo.

Aprender a discutir sin fabricar enemigos totales

La respuesta a estas narrativas no puede consistir únicamente en verificar datos. El fact-checking es necesario, sobre todo para quienes todavía dudan, pero rara vez modifica por sí solo una identidad política organizada alrededor de la sospecha. Cuando el conflicto afecta a la pertenencia, la dignidad o la memoria colectiva, una corrección factual puede ser recibida como gesto de superioridad.

La educación tampoco puede limitarse a transmitir datos verificados. Debe enseñar cómo se construye el conocimiento, cómo se distinguen las evidencias de las opiniones, cómo se evalúa la fiabilidad de una fuente y cómo se navega en entornos de incertidumbre. Esta competencia, comparable a la alfabetización tradicional, permite participar en debates complejos sin depender ciegamente de autoridades externas ni caer en explicaciones simplistas. CONSPIRE insiste en que esta formación debe combinar pensamiento crítico con prácticas de diálogo y escucha, no reducirse a una lista de reglas para detectar bulos.

Tampoco sirve tratar a toda persona que desconfía de una institución como si fuera incapaz de pensar. La desconfianza puede tener raíces históricas reales. Poblaciones racializadas, comunidades migrantes, personas LGBTIQ+, mujeres, barrios empobrecidos o territorios abandonados han experimentado formas concretas de exclusión, vigilancia o maltrato institucional. Una política democrática no puede pedir confianza sin revisar las condiciones que la destruyen.

Aquí aparece una de las aportaciones más fértiles de CONSPIRE. El community organizing no se presenta como terapia de reconciliación sentimental ni como método para borrar el conflicto. Parte de la idea de que la vida democrática necesita relaciones públicas sostenidas entre personas e instituciones capaces de actuar colectivamente. La lectura comparada de Ozzano y Fenoglio (2024) sitúa esta tradición en el tránsito europeo de la organización comunitaria inspirada por la Industrial Areas Foundation, una metodología orientada a construir poder cívico, no a sustituirlo por asistencia.

La reunión relacional uno a uno constituye una herramienta central de este enfoque. No es una conversación íntima ni una entrevista para extraer información. Es un encuentro estructurado donde dos personas comparten fragmentos de su historia, sus motivaciones, sus valores y sus aspiraciones. Su finalidad no es ganar una discusión ni convertir de inmediato a quien piensa de otro modo. Es construir una base de reconocimiento desde la que pueda aparecer una acción común. En la tradición de Edward T. Chambers y Michael A. Cowan, esta relación pública permite identificar liderazgos, comprender intereses y generar poder con otras personas, no poder sobre ellas.

Frente a la lógica conspirativa, que transforma toda diferencia en sospecha y todo desacuerdo en traición, el community organizing propone una política de relación. Busca identificar problemas concretos, reconocer intereses divergentes y producir capacidad colectiva. La conspiración crea cohesión a través del enemigo. La organización comunitaria intenta crear poder compartido mediante vínculos públicos.

No es una solución mágica. Hay ideologías violentas, racismos estructurados y discursos abiertamente antidemocráticos que no desaparecen mediante una conversación. Pero reconstruir espacios de escucha y acción puede impedir que el aislamiento, la incertidumbre y el agravio encuentren como única salida una comunidad de resentimiento.

Hacer política sin convertir el miedo en comunidad

El conspiracionismo prospera allí donde las instituciones han perdido credibilidad, las desigualdades se vuelven insoportables y la vida común se fragmenta. No basta con denunciar sus falsedades. Hay que comprender la promesa que ofrece. Promete orden frente a la incertidumbre, pertenencia frente al aislamiento, heroísmo frente a la impotencia y culpables frente a problemas que parecen no tener rostro.

El populismo conspirativo convierte esa promesa en poder. Toma un malestar que puede ser legítimo y lo reorganiza alrededor de un enemigo total. Las élites dejan de ser grupos concretos con intereses discutibles. Se convierten en una maquinaria secreta. Las minorías dejan de ser parte de la ciudadanía y pasan a representar una amenaza. La diferencia deja de ser pluralidad y se vuelve infiltración.

La tarea democrática no consiste en restaurar una confianza ingenua en cualquier institución. Consiste en construir instituciones que merezcan confianza por su transparencia, su capacidad de rendir cuentas y su disposición a reconocer daños. También exige medios plurales, servicios públicos sólidos, derechos sociales, educación crítica, espacios de deliberación y políticas que reduzcan las condiciones materiales de la desesperación.

CONSPIRE resulta valioso porque no separa el problema de la conspiración de los mundos sociales donde se vuelve persuasiva. Obliga a mirar las relaciones entre salud y desigualdad, plataformas y afectos, religión y autoridad, populismo y exclusión, desinformación y debilitamiento comunitario. Pero, sobre todo, recuerda que la defensa de una realidad compartida no puede basarse solo en corregir errores. Requiere reconstruir vínculos, instituciones y formas de acción colectiva que permitan discutir sin convertir al otro en enemigo absoluto.

El pueblo sitiado no es solo una imagen. Es una experiencia social real cuando la precariedad, la desigualdad y la falta de representación hacen que la vida común se sienta como un cerco. La política democrática consiste en desmontar ese cerco, no en fortalecerlo con enemigos imaginarios, sino en abrir espacios donde la diferencia no sea sinónimo de traición. Una democracia se fortalece cuando la crítica del poder no necesita fabricar enemigos absolutos.

Fuentes

Proyecto y materiales docentes

Bibliografía y documentación contrastada