Ayiti: Trouillot, la IA y un solo mundo finito

Una nota sobre Haití, la ayuda internacional y la economía política de la inteligencia artificial leída desde Michel-Rolph Trouillot, la memoria colonial y la hermandad humana.

· Martín González Senosiain

Hay países que el mundo mira solo cuando ya no puede apartar la vista. Haití es uno de ellos. Aparece en la prensa cuando la violencia desborda la capital, cuando los hospitales cierran, cuando niñas, niños y adolescentes son reclutados por grupos armados, cuando una cifra de desplazamiento vuelve a batir el récord anterior. Entonces el nombre del país regresa al circuito internacional de la compasión, de los comunicados, de las promesas y de las misiones incompletas. Pero casi siempre vuelve de la misma forma. Como desastre.

Haití duele. Duele porque no se trata de una desgracia súbita ni de una catástrofe inexplicable. Duele porque su sufrimiento tiene historia, responsables, instituciones, deudas, intervenciones y silencios. Duele porque ahí se ve, con una claridad insoportable, una de las formas más palpables del fracaso de nuestra humanidad compartida. Somos capaces de organizar mercados globales de futuros, industrias enteras de predicción, infraestructuras digitales de escala planetaria y discursos brillantes sobre innovación. Pero no somos capaces de sostener con dignidad la vida de millones de personas atrapadas entre la violencia, el hambre y una ayuda internacional siempre insuficiente.

No hace falta escribir esto desde un lugar de juicio. Haití no necesita que miremos su dolor desde una superioridad compasiva. Necesita algo más difícil y más cercano. Que lo reconozcamos como parte de nuestro mismo mundo, de nuestra misma especie, de una historia común que no puede repartirse entre quienes innovan y quienes sobreviven. La distancia entre la inversión en inteligencia artificial y la subfinanciación de Haití no habla solo de prioridades económicas. Habla de una fractura de hermandad.

En AIthropology Lab solemos mirar la inteligencia artificial desde la antropología. Por eso Haití no queda fuera de nuestro campo. Al contrario. Si la IA se ha convertido en uno de los nombres dominantes del futuro, Haití nos obliga a mirar el reverso de esa promesa. No para oponer tecnología y humanidad de forma simplista, ni para fingir que el dinero invertido en IA podría transferirse sin más a un plan humanitario. La comparación no funciona así. Pero sí sirve para algo más profundo. Muestra dónde se concentra la imaginación del mundo y dónde se administra apenas la supervivencia.

Para pensar esto, Michel-Rolph Trouillot no es una referencia más. Es el centro de esta nota. Trouillot, antropólogo haitiano, entendió como pocas personas que el poder no solo domina cuerpos o territorios. También organiza lo que puede ser dicho, archivado, recordado y pensado. En Silencing the Past, mostró que la Revolución Haitiana fue durante mucho tiempo impensable para el orden intelectual europeo. Una revolución de personas esclavizadas que se proclamaban libres e iguales no cabía en las categorías de quienes decían representar la razón, la libertad y la civilización. Por eso fue minimizada, deformada o silenciada incluso cuando había ocurrido ante los ojos del mundo.

Ese silenciamiento no pertenece solo al pasado. Sigue actuando cada vez que Haití aparece reducido a la suma de pobreza, violencia, corrupción, desastre natural y dependencia. Sigue actuando cuando el país es narrado como problema administrable antes que como sujeto histórico. Sigue actuando cuando sus redes comunitarias, sus periodistas, sus organizaciones feministas, sus iglesias, sus escuelas, sus diásporas y sus formas cotidianas de sostener la vida quedan convertidas en contexto, mientras las agencias internacionales y la expertise externa ocupan el lugar de la explicación.

Haití no es un vacío esperando intervención. Tampoco es una víctima pura, ni una ruina sin pensamiento propio. Es una sociedad atravesada por una historia brutal, desde la esclavitud colonial hasta la deuda impuesta por Francia, desde las ocupaciones extranjeras hasta las misiones internacionales que dejaron también heridas, incluida la epidemia de cólera. Esa historia no explica todo, pero impide aceptar la mentira cómoda de que la crisis haitiana es solo el resultado de una incapacidad interna.

Haití no fue pobre antes de ser saqueado. Esa frase debería acompañar cualquier intento honesto de escribir sobre el país. Antes de ser nombrado como problema humanitario, antes de convertirse en sinónimo internacional de fragilidad, Haití fue Saint-Domingue, una pieza central de la riqueza colonial francesa. Sus plantaciones de azúcar, café, añil y algodón no fueron un paisaje exótico ni una economía atrasada. Fueron una maquinaria de acumulación europea sostenida por trabajo esclavizado, violencia extrema y mortalidad masiva.

Durante el siglo XVIII, la antigua Saint-Domingue alimentó una parte enorme del consumo europeo de azúcar y café. La dulzura cotidiana de muchas mesas europeas, el café de las ciudades comerciales, la prosperidad de puertos, casas mercantiles, aseguradoras, bancos y familias propietarias tuvieron detrás cuerpos esclavizados en el Caribe. El presente de Haití no puede separarse de esa historia. La pobreza haitiana no es el reverso natural de una falta interna. Es también el residuo histórico de una riqueza extraída.

La independencia de 1804 no fue recibida como una promesa universal de libertad, sino como una amenaza. La primera república negra nacida de una revolución antiesclavista tuvo que pagar por haber sido libre. En 1825, Francia reconoció la independencia haitiana bajo amenaza militar y exigió una indemnización destinada a compensar a antiguas personas esclavistas. Haití tuvo que endeudarse para pagar a quienes habían perdido la propiedad sobre seres humanos. Esa inversión del sentido más elemental de justicia sigue siendo difícil de escribir sin rabia. La libertad de un pueblo fue convertida en factura.

Ahí Trouillot se vuelve imprescindible. La Revolución Haitiana no fue solo silenciada porque incomodara. Fue silenciada porque desordenaba el mapa entero de la modernidad europea. Europa podía hablar de libertad, igualdad y razón mientras una parte de su riqueza dependía de la esclavitud colonial. Haití hizo estallar esa contradicción. Por eso fue castigado, aislado, endeudado y narrado durante demasiado tiempo como anomalía. No se silenció solo una revolución. Se silenció también la deuda histórica de quienes se beneficiaron de su derrota económica.

La ocupación estadounidense de 1915 a 1934 añadió otra capa a esa historia. No fue una ayuda neutral ni una tutela benévola. Fue una ocupación militar. Hubo control de instituciones, intervención sobre las finanzas, reordenamiento constitucional, represión de resistencias y una nueva arquitectura de fuerza pública marcada por intereses externos. Incluso después de la retirada formal de las tropas, Estados Unidos conservó influencia sobre las finanzas haitianas durante años. La soberanía haitiana fue tratada una y otra vez como algo condicional, negociable, administrable desde fuera.

Por eso duele tanto escuchar hoy que Haití “no funciona”. Esa frase borra demasiado. Borra la plantación, la deuda, la ocupación, la intervención, la ayuda mal diseñada, la violencia política, los intereses de élites locales y extranjeras, la desigualdad global y las vidas concretas de quienes han sostenido el país a pesar de todo. Haití no es el fracaso de un pueblo. Haití es uno de los lugares donde se ve, de forma más descarnada, el fracaso de un orden mundial que primero extrae, después castiga, más tarde administra y finalmente se sorprende de las ruinas que deja.

La situación actual es devastadora. La violencia de grupos armados ha transformado la vida cotidiana. Puerto Príncipe ha quedado en gran medida bajo control o influencia de bandas, con cifras que se mueven entre el 85% y casi el 90% según el momento y la fuente. La violencia se ha extendido más allá de la capital hacia Artibonite y el Centre. El desplazamiento interno ya supera ampliamente el millón de personas, y la tendencia más importante no es solo su volumen, sino su desplazamiento territorial. Cada vez más familias huyen hacia provincias, alojadas en comunidades que ya estaban al límite.

El dato sobre la infancia resulta casi insoportable. UNICEF ha alertado de que las personas menores de edad pueden representar hasta la mitad de quienes integran grupos armados, y que la participación infantil en actividades de bandas, incluido el reclutamiento, aumentó un 700% en el primer trimestre de 2025 respecto al mismo periodo del año anterior. No hay forma limpia de leer esa cifra. No es solo un indicador de inseguridad. Es una fractura de la infancia como promesa social. Es la conversión de niñas, niños y adolescentes en piezas de una economía armada donde el futuro se estrecha hasta confundirse con la supervivencia inmediata.

Mientras tanto, la respuesta internacional llega tarde, fragmentada y subfinanciada. El plan humanitario de Naciones Unidas para Haití en 2025 requería alrededor de 900 millones de dólares para asistir a millones de personas. A mediados de ese año apenas había recibido en torno al 9% de lo necesario. El Programa Mundial de Alimentos llegó a pedir 46 millones adicionales para alimentar a dos millones de personas haitianas, incluidas miles en situación catastrófica. Son cifras pequeñas si se comparan con la magnitud del sufrimiento. Son todavía más pequeñas si se comparan con el dinero disponible en otros circuitos de la economía global.

Ahí entra la inteligencia artificial. Según el AI Index 2026 de Stanford, la inversión corporativa global en IA alcanzó en 2025 unos 581.700 millones de dólares. El llamamiento humanitario completo para Haití rondaba los 908 millones. La relación aproximada es de 640 a 1. El dato debe manejarse con cuidado. No estamos comparando la misma clase de dinero. La inversión corporativa, las adquisiciones, las salidas a bolsa y el capital privado no son equivalentes a la ayuda humanitaria. Pero como mapa de prioridades, la distancia es brutal.

En 2025, cientos de miles de millones de dólares circularon hacia una tecnología presentada como frontera del futuro. En Haití, al mismo tiempo, un plan humanitario básico quedaba casi vacío. De un lado, la IA aparece como promesa, productividad, soberanía tecnológica, ventaja competitiva, aceleración. Del otro, Haití aparece como urgencia, contención, riesgo, fragilidad, estabilización. Esa diferencia de vocabulario también es una diferencia de mundo. No solo expresa prioridades. Las produce.

La antropología del desarrollo lleva décadas advirtiendo contra la falsa neutralidad de estas categorías. Arturo Escobar mostró que el “desarrollo” no es solo una política pública ni una técnica de mejora, sino una forma histórica de producir al llamado Tercer Mundo como objeto de intervención. David Mosse enseñó que los proyectos de ayuda no funcionan solo por lo que hacen sobre el terreno, sino también por las narrativas que sostienen su coherencia ante países donantes, personal técnico e instituciones. Pérez Galán, desde la antropología del desarrollo, recuerda que el campo no puede reducirse ni a la denuncia abstracta ni a la ingeniería social. Hay que mirar prácticas, discursos, actores, intereses y contradicciones.

La Declaración de Barbados puede leerse aquí como una advertencia antigua y todavía vigente para la antropología. No porque el caso haitiano sea equivalente al de los pueblos indígenas latinoamericanos a los que se referían aquellas declaraciones. No lo es. Pero Barbados nombró con fuerza algo que sí atraviesa este texto. Ningún pueblo debe quedar reducido a objeto de salvación. Ninguna disciplina debería acostumbrarse a hablar por quienes han sido dañados. Ninguna política de ayuda debería confundirse con liberación si no reconoce la voz, la organización y la autodeterminación de quienes viven la herida.

La primera Declaración de Barbados, en 1971, y la segunda, en 1977, marcaron un giro crítico contra el indigenismo paternalista y contra una antropología que podía estudiar a los pueblos sin asumir de verdad sus luchas. Su lección no es una receta para Haití. Es una brújula. La ayuda que no escucha puede alimentar, curar o salvar vidas, y eso importa. Pero si no reconoce la voz propia del pueblo haitiano, vuelve a colocar desde fuera el marco de lo posible. Vuelve a producir dependencia allí donde dice producir desarrollo.

Trouillot permite añadir algo decisivo a esa brújula. El problema no es solo que Haití reciba menos dinero. Es que recibe menos mundo. Menos capacidad de ser escuchado como productor de diagnóstico. Menos derecho a aparecer como lugar de teoría política. Menos posibilidad de ser pensado fuera del nicho de la carencia. En Global Transformations, Trouillot habló del “nicho salvaje”, ese lugar simbólico que Occidente reserva para sus otros, para quienes aparecen como atrasados, problemáticos o incompletos. Hoy podríamos decir que la IA ocupa el nicho de la utopía y Haití el nicho de la ruina. La primera convoca inversión porque parece contener el mañana. El segundo convoca ayuda porque parece no poder salir del ayer.

Esa distribución no necesita ser denunciada con estridencia para resultar insoportable. No porque la IA sea irrelevante. No porque toda inversión tecnológica sea ilegítima. Sino porque el contraste revela una economía de la pertenencia profundamente rota. Celebramos la capacidad de las máquinas para escribir, traducir, clasificar, diagnosticar, vigilar o predecir, mientras millones de personas siguen sin poder contar con seguridad, alimento, refugio o escuela. La humanidad que se maravilla ante sus modelos generativos es la misma que no logra financiar el mínimo de una respuesta humanitaria en Haití. Ahí está el fracaso. No en la tecnología por sí misma, sino en la jerarquía de atención que la rodea.

Si todos esos cientos de miles de millones invertidos en inteligencia artificial pudieran escuchar, quizá el primer prompt verdaderamente humano no sería “optimiza mi productividad”, ni “resume este documento”, ni “predice el próximo mercado”. Sería algo más incómodo y más fraterno.

Ayúdanos a imaginar cómo reorganizar nuestros recursos, nuestras deudas, nuestras tecnologías, nuestras instituciones y nuestras formas de cuidado para que ningún pueblo sea condenado a sufrir la desdicha que atraviesa Haití, hoy y ayer. No respondas desde la caridad. Responde desde la pertenencia común a una sola humanidad en un mundo finito.

Ese prompt no espera que una máquina salve Haití. Sería absurdo y peligroso. Pero sí desplaza el centro de la conversación. La tarea ya no sería solo hacer sistemas más veloces, más rentables o más convincentes. Sería evitar que nuestra inteligencia colectiva, humana y artificial, siga creciendo en capacidad mientras decrece en hermandad.

La palabra hermandad también debe usarse con cuidado. No como sentimentalismo, sino como conciencia material. Compartimos atmósfera, océanos, cadenas de suministro, memorias coloniales, deudas, migraciones, epidemias, alimentos, minerales, datos, servidores, hambre y clima. Ninguna tecnología pertenece realmente a un mundo separado. La IA se entrena en infraestructuras planetarias. Haití sufre en ese mismo planeta. Entre ambas cosas no hay una relación simple, pero sí una vecindad histórica. Vivimos dentro de la misma casa.

No se trata de pedir a un modelo que salve Haití. Esa sería otra forma de fantasía tecnocrática. Se trata de usar el brillo de la IA para iluminar su sombra. En un extremo del planeta económico, centros de datos, chips, capital riesgo, empresas, gobiernos y universidades compiten por producir sistemas cada vez más capaces. En otro extremo, el plan humanitario de un país entero queda casi vacío. La misma época que celebra máquinas capaces de conversar como personas tolera que millones de personas sean tratadas como una emergencia aplazable.

Ahí el contraste deja de ser una comparación de presupuestos y se convierte en una escena de pertenencia. No dice que haya que apagar la IA para alimentar Haití. Dice algo más difícil de esquivar. Dice que la humanidad dispone de recursos, coordinación, ambición y velocidad cuando decide que algo pertenece al futuro. Y dice también que Haití sigue siendo colocado, una y otra vez, en el lugar de lo que puede esperar.

Y, sin embargo, hay que tener cuidado. Haití no debe convertirse en un recurso retórico para criticar la IA. Sería otra forma de extracción. Usar el dolor haitiano como argumento fácil repetiría el gesto que esta nota quiere cuestionar. La tarea es otra. Es sostener la incomodidad sin apropiarse de la voz. Es reconocer que Haití habla, piensa, recuerda, organiza, cuida, resiste. Es admitir que muchas de sus formas de agencia no entran bien en los indicadores que usan países donantes, bancos, gobiernos o plataformas. Es aceptar que la transparencia total exigida por la mirada externa puede ser también una forma de dominio.

El escritor Édouard Glissant defendía el derecho a la opacidad. Esa idea importa aquí. Haití no tiene que volverse completamente legible para ser digno de justicia. No tiene que convertirse en base de datos perfecta, ni en laboratorio humanitario, ni en caso ejemplar de resiliencia. La ayuda no debería exigir como condición que el país se deje traducir por completo al lenguaje de los proyectos. Escuchar no es lo mismo que capturar. Acompañar no es lo mismo que administrar. Reparar no es lo mismo que gobernar desde fuera.

Para AIthropology Lab, la lección es incómoda y necesaria. Pensar la IA antropológicamente no consiste solo en estudiar algoritmos, sesgos o modelos. Consiste también en mirar las condiciones históricas que deciden qué problemas merecen infraestructura y cuáles merecen apenas compasión. Consiste en observar cómo el futuro se reparte de forma desigual. Consiste en ver que la misma civilización capaz de invertir sumas gigantescas en máquinas inteligentes convive con la incapacidad política de sostener vidas humanas concretas.

Haití nos obliga a abandonar la inocencia. No basta con decir que el mundo es complejo. No basta con lamentar la violencia. No basta con celebrar que la tecnología algún día podría ayudar. Hay momentos en los que la distancia entre lo que sabemos y lo que hacemos se vuelve insoportable. Haití es uno de esos momentos. Y Trouillot, desde Haití, sigue recordándonos que los silencios no son vacíos. Son productos del poder.

Quizá por eso el gesto mínimo de esta nota sea negarse a mirar Haití solo como desastre. Nombrar el dolor, sí. Nombrar el fracaso, también. Pero no clausurar el país en su sufrimiento. Decir Ayiti es devolverle al país un nombre anterior a la plantación y una primera persona, aunque sea de forma incompleta y desde fuera. Es recordar que Haití no es solo aquello que el mundo no ha sabido salvar. Es también aquello que el mundo explotó, endeudó, ocupó, administró y no ha querido escuchar.

Trouillot nos enseñó que los silencios no son simples ausencias. Son hechos producidos. Se fabrican en archivos incompletos, en relatos cómodos, en categorías expertas, en ayudas que no escuchan, en cifras que cuentan cuerpos sin contar historia. Hoy, el silencio sobre Haití no consiste en que no se hable del país. Se habla de Haití todo el tiempo. El silencio consiste en hablar de él como si su presente no tuviera genealogía, como si su dolor no tuviera acreedores, como si su pueblo solo pudiera aparecer ante el mundo bajo la forma de víctima, amenaza o beneficiario.

También por eso conviene no dejar sola la voz de Michel-Rolph Trouillot en esta nota. Haití no cabe en una sola voz, ni siquiera en una voz imprescindible. Junto a él resuenan otras escrituras haitianas que han sostenido memoria, lengua y vida cotidiana frente a la reducción del país a catástrofe. Évelyne Trouillot, escritora en francés y kreyòl, recuerda desde la literatura que Haití no solo debe ser explicado. También debe ser narrado desde dentro, con sus vínculos, sus pérdidas, sus hogares, sus cuerpos y sus palabras. Esa presencia no desplaza el argumento antropológico. Lo vuelve más justo.

Si la inteligencia artificial va a ocupar una parte tan grande de nuestra imaginación colectiva, entonces una antropología de la IA no puede limitarse a estudiar modelos, sesgos o interfaces. Tiene que mirar también los lugares que ese futuro deja fuera. Haití es uno de ellos. Mirarlo de frente no repara la deuda, no alimenta a una familia desplazada, no devuelve la infancia robada a quienes han sido empujadas y empujados a la violencia. Pero no mirarlo, o mirarlo solo como expediente humanitario, es seguir participando en el silencio.

El fracaso de Haití no es haitiano. Es nuestro. Es de un mundo capaz de convertir la caña, el café, los cuerpos y ahora los datos en riqueza, pero incapaz de convertir esa riqueza en cuidado compartido. Es de una humanidad que sabe construir máquinas que responden, pero todavía no sabe responder ante quienes más han sufrido su historia.

Haití no nos pide una emoción rápida. Nos obliga a una pertenencia más lenta. A comprender que no hay futuro tecnológico digno si una parte de la humanidad queda fijada en el lugar de la emergencia permanente. A recordar, con Trouillot y con la mejor tradición crítica de la antropología, que los silencios no se rompen solo hablando más. Se rompen cambiando quién puede hablar, quién puede decidir y quién cuenta como parte plena del mundo común.

En un planeta finito, ningún dolor queda realmente lejos. Y ninguna inteligencia, por artificial que sea, debería ayudarnos a olvidar que seguimos siendo una misma especie.

Fuentes de trabajo

Esta nota se apoya en datos recientes de Naciones Unidas, OCHA, OIM, UNICEF, Reuters, AP, OECD, Stanford HAI y los materiales de investigación preparados para AIthropology Lab. El marco antropológico procede de Michel-Rolph Trouillot, Arturo Escobar, David Mosse, Beatriz Pérez Galán, la Declaración de Barbados y la antropología crítica del desarrollo trabajada en el laboratorio. El cierre incorpora además la resonancia literaria haitiana de Évelyne Trouillot como forma de no reducir Haití a objeto de análisis externo.

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