En mayo de 2026, Banda, en Uttar Pradesh, alcanzó los 48,2 °C. Delhi rozó los 45 °C. En el norte de India, algunas personas dedicadas a la agricultura empezaron a trabajar de noche porque el día se había vuelto insoportable. Las carreteras y los mercados se vaciaron durante las horas centrales. En algunas zonas se adelantaron vacaciones escolares. En la capital, se abrieron espacios de enfriamiento con ventiladores, agua y sales de rehidratación.

Mientras India arde, India también se cuenta.

La primera fase del Censo 2027 ya está en marcha. Entre abril y septiembre de 2026 se desarrolla el listado de viviendas y hogares. La enumeración de población está prevista para febrero de 2027. El Gobierno indio presenta el proceso como el primer censo digital del país: aplicaciones móviles, portal central de seguimiento, autocenso, datos legibles por máquina y una infraestructura llamada Census-as-a-Service para entregar información a ministerios y administraciones. En la segunda fase, además, se capturarán electrónicamente datos de casta.

La noticia no es solo técnica. No es solo que el censo sea digital. La noticia más profunda es que la casta vuelve al gran conteo decenal en un momento en que el calor extremo muestra, con brutal claridad, que ninguna sociedad se expone por igual.

Ese cruce es el radar: casta, calor y dato.

No se trata de usar India como ejemplo lejano ni como laboratorio exótico. Se trata de escuchar lo que India está mostrando desde dentro de sus propias tensiones: una sociedad que se clasifica, se desplaza, trabaja bajo calor, sostiene familias, produce electricidad, guarda semillas y reorganiza su vida cotidiana antes de que llegue el monzón.

Tres voces permiten leer esa escena: Veena Das, Arjun Appadurai y Vandana Shiva. Das ayuda a mirar cómo el daño baja a la vida ordinaria. Appadurai permite seguir la circulación de personas, dinero, imágenes, energía y aspiraciones. Shiva obliga a volver a la semilla, al suelo y a la reproducción material de la vida.

El calor también clasifica

Una ola de calor parece, al principio, un dato meteorológico. Una temperatura. Un mapa. Una alerta.

Pero el calor nunca cae sobre una sociedad plana.

No es lo mismo atravesar una ciudad con aire acondicionado que repartir comida en moto. No es lo mismo vivir en una urbanización arbolada que dormir en una habitación estrecha donde el ventilador solo mueve aire caliente. No es lo mismo decidir no salir a la calle que depender de salir para comer. No es lo mismo comprar agua fría que esperar una cola. No es lo mismo tener un trabajo que se puede suspender que trabajar al sol en una obra, un mercado, una carretera o un campo.

El calor clasifica porque revela diferencias que ya estaban ahí.

Revela vivienda, ingreso, edad, género, casta, salud, acceso al agua, acceso a sombra, acceso a electricidad, posibilidad de descansar y tipo de trabajo. Revela quién puede protegerse y quién debe seguir moviéndose.

En abril, la demanda eléctrica alcanzó un pico récord de 256,1 GW, el día 25, según datos de Grid-India recogidos por Reuters. En mayo, el 21, volvió a romperse el techo: 270,73 GW, cuarto día consecutivo de récord. La lectura oficial puede presentar estos datos como éxito infraestructural: el sistema eléctrico responde, la planificación aguanta, el Estado gestiona alertas, megavatios y capacidad instalada.

Esa lectura importa, pero no alcanza.

Porque el calor no solo produce demanda eléctrica. También produce cortes localizados, noches sin descanso, cuerpos agotados, gasto doméstico, dependencia del carbón, presión sobre las redes y desigualdad en el acceso al enfriamiento. El Estado puede medir gigavatios con precisión de ingeniería y, al mismo tiempo, tener dificultades para contar de forma transparente las muertes, enfermedades y pérdidas cotidianas que produce el calor.

Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué sabe contar el Estado cuando cuenta?

Contar: censo, casta y opacidad

El Censo 2027 aparece bajo esa pregunta.

India está preparando una de las mayores operaciones de conteo del mundo. El proceso será digital, coordinado, monitorizado, legible por máquina. En la segunda fase, incorporará datos de casta. Y esa decisión abre una disputa profunda.

Durante décadas, el Estado indio ha registrado algunas categorías administrativas, como castas y tribus reconocidas. Pero no había vuelto a una enumeración decenal amplia de casta desde 1931. El retorno de esa pregunta no es un detalle burocrático. La casta estructura acceso a tierra, educación, matrimonio, empleo, representación, vivienda, prestigio, cuidado y exposición a la violencia.

Quienes defienden la enumeración sostienen que no se puede corregir una desigualdad que no se mide. Quienes la rechazan temen que medirla endurezca identidades, reorganice alianzas políticas y vuelva todavía más burocrática una jerarquía que ya pesa demasiado sobre la vida social.

Ambas posiciones entienden algo esencial: contar no es neutral.

Un censo no solo refleja una sociedad. También la organiza. Decide qué diferencias serán legibles para el Estado, qué desigualdades podrán entrar en políticas públicas y qué formas de pertenencia quedarán fijadas como categorías oficiales.

Pero el calor introduce una contralectura decisiva. El mismo Estado que despliega una enorme infraestructura para contar población, hogares y casta no siempre cuenta con la misma claridad a quienes enferman, trabajan de noche, pierden ingresos, colapsan o mueren bajo calor extremo. Las muertes por calor son difíciles de registrar: se confunden con enfermedades previas, quedan fuera de certificados, se diluyen en datos fragmentados y muchas veces no entran en la estadística pública con la fuerza que merecen.

La opacidad también clasifica.

Clasifica lo que merece ser contado y lo que queda como daño doméstico, laboral o silencioso. Clasifica qué vidas aparecen como problema de Estado y cuáles quedan como cansancio, fatalidad o mala suerte.

Veena Das: el calor en la vida ordinaria

Veena Das permite bajar esa pregunta al terreno donde de verdad ocurre: la vida cotidiana.

Das, antropóloga india formada en el mundo intelectual de Delhi, trabajó durante décadas sobre violencia, sufrimiento social, Estado, enfermedad, pobreza y vida ordinaria. En Life and Words, su lectura de la Partición y de la violencia de 1984 no trata la violencia solo como acontecimiento excepcional. La sigue cuando desciende a la casa, al parentesco, al silencio, al cuerpo, al rumor, al cuidado, al trato con el Estado y a las pequeñas reparaciones con las que una vida sigue adelante.

Esa forma de mirar es especialmente útil ante el calor extremo.

Porque una ola de calor no es solo una emergencia climática. Es una transformación de lo ordinario.

Cambia la hora a la que se trabaja. Cambia la posibilidad de dormir. Cambia el ánimo dentro de una casa. Cambia la relación con el agua. Cambia el cuidado de niñas, niños, personas mayores y personas enfermas. Cambia el cuerpo de quien carga ladrillos, conduce, vende fruta, limpia calles, cosecha o espera en una parada.

También cambia lo que se calla. El cansancio se normaliza. El golpe de calor se vuelve parte del trabajo. La fiebre se resuelve con una pastilla barata. La imposibilidad de descansar se convierte en problema familiar, no en dato público.

Das ayuda a decir algo sencillo y difícil: el sufrimiento social no siempre aparece como gran catástrofe. A veces aparece como rutina.

Desde esa mirada, el calor no sustituye a la casta, ni a la clase, ni al género. Se posa sobre ellas. Las atraviesa. Las vuelve físicas. Las mete en la piel.

Arjun Appadurai: circulación bajo temperatura extrema

Arjun Appadurai permite mirar otra dimensión: la circulación.

Nacido en Bombay, hoy Mumbai, Appadurai hizo de la modernidad india y de la globalización cultural un campo de pensamiento. Modernity at Large propuso mirar el mundo contemporáneo a través de flujos: personas, tecnologías, finanzas, medios e ideas. Esa intuición sirve para leer una India bajo calor extremo.

India no está quieta. Circulan personas, mercancías, dinero, imágenes, rumores, energía, alimentos, aplicaciones, aspiraciones y futuros. En una primavera extrema, el calor altera esa circulación.

Cuando el día se vuelve insoportable, el trabajo se desplaza a la noche. Cuando sube la temperatura, sube la demanda eléctrica. Cuando la red se tensiona, aparecen cortes localizados. Cuando el cuerpo no descansa, la ciudad funciona de otra manera. Cuando el mercado se vacía por la tarde, el tiempo social cambia. Cuando la agricultura se reorganiza alrededor del calor, también cambian los ritmos del campo.

Appadurai sirve aquí no solo para hablar de diásporas o globalización, sino para seguir los flujos concretos que hacen una sociedad: electricidad, horarios, agua, transporte, plataformas, trabajo, remesas, monzón, cosechas, deseos.

El calor reprograma la circulación.

Una ciudad caliente no es simplemente una ciudad con más grados. Es una ciudad donde cambian las rutas, los horarios, las pausas, los gastos, las deudas y los riesgos. Una familia bajo calor no solo consume más electricidad si puede pagarla; también reorganiza sueño, cocina, cuidado, desplazamiento y trabajo. Un país bajo calor no solo enciende más ventiladores y aparatos de aire acondicionado; también intensifica su dependencia energética, su presión sobre el carbón y sus desigualdades de acceso al enfriamiento.

Appadurai ayuda a leer India como una red viva de movimientos desiguales. El calor no detiene esa red. La deforma.

Vandana Shiva: sembrar bajo presión

Vandana Shiva abre el tercer plano: la semilla.

Conviene leerla con precisión. Shiva no es antropóloga académica. Es física de formación y una voz india de la ecología política, la soberanía de semillas, la biodiversidad y la crítica a los monocultivos. Su trayectoria se vincula con luchas ambientales indias como Chipko, con Staying Alive y con la creación de Navdanya, fundada en 1987 como movimiento por la biodiversidad, la agricultura ecológica y el derecho del campesinado a guardar e intercambiar semillas.

En una India bajo calor extremo, esa discusión deja de ser abstracta.

El informe conjunto de FAO y WMO sobre calor extremo y agricultura advierte que el aumento de temperaturas amenaza medios de vida, salud y productividad laboral de más de mil millones de personas. Los sistemas agroalimentarios están en primera línea. En regiones ya calientes, incluida buena parte de Asia del Sur, podría haber hasta 250 días al año demasiado calurosos para trabajar de forma segura al aire libre.

Eso significa que el calor no solo afecta la comodidad humana. Afecta la reproducción de la vida.

Afecta cultivos. Afecta ganado. Afecta pesca. Afecta suelos. Afecta la salud de quienes trabajan. Afecta la posibilidad de producir alimentos sin enfermar. Afecta el precio de comer. Afecta el tiempo de sembrar, regar, cosechar y vender.

La semilla, entonces, no es nostalgia rural. Es infraestructura de supervivencia.

Shiva puede y debe leerse con distancia crítica. Algunas de sus posiciones han sido discutidas, y ese debate forma parte de cualquier lectura responsable. Pero su lugar en esta pieza no depende de convertirla en autoridad incuestionable. Depende de reconocer que, frente al calor extremo, la pregunta por la biodiversidad, las semillas nativas, el conocimiento campesino y la autonomía alimentaria vuelve al centro.

En un mundo que suele llamar innovación a lo digital, Shiva recuerda que también hay innovación en conservar diversidad, sostener suelos y proteger condiciones de vida.

Casta, calor, dato

La escena india de 2026 reúne tres infraestructuras.

La infraestructura del Estado, que cuenta.

La infraestructura de la circulación, que mueve personas, energía, dinero y deseo.

La infraestructura ecológica, que sostiene semillas, agua, suelo, sombra y cuerpos.

La inteligencia artificial suele entrar en escena prometiendo clasificación, predicción y optimización. Pero antes de preguntar qué puede predecir un sistema, conviene preguntar qué mundo le estamos entregando como dato. Si el censo convierte la casta en información estatal, si el calor convierte la desigualdad en agotamiento corporal, si la energía convierte la temperatura en demanda eléctrica y si la agricultura convierte el clima en hambre o supervivencia, entonces ninguna base de datos es inocente.

India bajo calor permite ver algo que AIthropology Lab necesita mirar de cerca: las categorías no flotan en abstracto. Caen sobre cuerpos. Sobre horarios. Sobre barrios. Sobre castas. Sobre campos. Sobre habitaciones donde no se puede dormir. Sobre personas que trabajan cuando otras se refugian. Sobre semillas que todavía guardan una posibilidad de vida.

Das recuerda que el daño baja a lo ordinario.

Appadurai recuerda que la sociedad está hecha de circulaciones.

Shiva recuerda que la vida también depende de semillas, suelos y biodiversidad.

La casta no explica por sí sola el calor. El calor no reemplaza la historia de la casta. Pero juntos revelan algo decisivo: las desigualdades no solo se heredan. También se sudan.

India cuenta, circula y siembra bajo una temperatura nueva. Para una antropología de la IA, la lección es directa: ningún sistema de clasificación entiende una vida si no aprende también a mirar qué cuerpos soportan el mundo, a qué hora trabajan, dónde duermen, qué semillas guardan y qué calor les toca resistir.

Fuentes