Lo que antes destruía presidentes ahora los elige

De Watergate a la IA, una lectura antropológica de cómo la transgresión visible pasó de escándalo a infraestructura de poder.

· Martín González Senosiain

El escándalo que todavía podía destruir

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que mostrar el mecanismo oculto del poder podía destruir una presidencia. Watergate no fue solo un caso de espionaje político, ni solo una crisis institucional estadounidense. Fue también una escena de revelación. Una parte del poder apareció haciendo aquello que, según las reglas públicas, no debía hacer. La distancia entre lo que el sistema decía ser y lo que algunos de sus operadores hacían en secreto se volvió insoportable. La presidencia de Richard Nixon cayó porque la exposición del bastidor activó todavía una sanción normativa fuerte.

Esa escena permite formular una pregunta incómoda sobre el presente. ¿Qué ha cambiado para que la transgresión visible, la humillación del adversario, la ruptura de normas básicas de cortesía institucional o la exhibición de reglas pragmáticas ya no destruyan necesariamente carreras políticas, sino que a veces las impulsen?

La respuesta rápida sería culpar a la tecnología. Las redes radicalizan. Los algoritmos premian la rabia. La inteligencia artificial acelerará la propaganda. Todo eso puede contener parte de verdad, pero no basta. La antropología política lleva décadas desconfiando de las explicaciones unicausales. La pregunta no es si la tecnología causó el extremismo contemporáneo. La pregunta es qué reconfiguró en el campo político para que ciertas formas de liderazgo rupturista, personalista y extremo dejaran de ser inviables.

Trump, Milei o Netanyahu no son equivalentes. No proceden del mismo sistema político ni expresan la misma genealogía histórica. Putin, además, recuerda el límite del modelo. Su poder descansa mucho más en un aparato securitario, en el monopolio de los medios y en la coerción estatal que en una economía del engagement. Pero todos estos nombres aparecen en un tiempo en el que la autoridad, la visibilidad, el agravio y la pertenencia han cambiado de soporte. La política ya no circula solo por partidos, parlamentos, prensa, sindicatos o burocracias. Circula también por timelines, clips, memes, grupos cerrados, métricas, recomendadores automáticos y comunidades afectivas que viven en conexión permanente.

Ese desplazamiento no crea la política extrema desde cero. La hace más habitable.

La pregunta mal formulada

La antropología política aprendió esa prudencia estudiando problemas mucho más antiguos. Las teorías sobre el origen del Estado buscaron durante mucho tiempo una causa principal. La irrigación, la guerra, la presión demográfica, la circunscripción ambiental, la estratificación, la redistribución o la influencia de estados previos fueron propuestas como motores decisivos. Pero el balance comparativo fue desplazando la búsqueda de una causa única hacia modelos sistémicos. El Estado no apareció porque un factor aislado lo empujara mecánicamente. Apareció allí donde varias condiciones interactuaron y se retroalimentaron.

Ese aprendizaje sirve para pensar nuestro presente. No tiene sentido preguntar si el smartphone, internet, las redes sociales o la IA produjeron a Trump, Milei o la radicalización de la derecha israelí. Esa pregunta está mal planteada. Las tecnologías no votan, no redactan programas, no construyen por sí solas coaliciones sociales. Pero sí reordenan condiciones de posibilidad.

La pregunta defendible es otra. Qué tipo de campo político aparece cuando décadas de neoliberalismo erosionan la confianza institucional, cuando la vida cotidiana se vuelve competencia de mercado, cuando las plataformas concentran la atención pública y cuando la transgresión visible se convierte en una forma de capital.

Ahí la tecnología deja de ser causa y se vuelve infraestructura. No empuja sola la historia, pero modifica los caminos por los que la historia puede circular. Una infraestructura no determina lo que ocurre dentro de ella, pero hace algunas acciones más fáciles, más rentables, más visibles o más repetibles que otras. Una carretera no causa un ejército, pero cambia la guerra. Una red eléctrica no causa una fábrica, pero transforma lo que una fábrica puede hacer. Una plataforma no causa una política extrema, pero cambia qué estilos de autoridad sobreviven mejor.

La sospecha, entonces, puede formularse con más cuidado. La tecnología digital no creó el extremismo político contemporáneo. Lo que hizo fue reconfigurar el espacio donde el malestar, el símbolo, la transgresión y el liderazgo compiten por volverse poder.

Cuando el mercado se quedó sin promesa

Antes de las plataformas hubo otra gran transformación. Reagan y Thatcher no causaron a Trump ni a Milei. Pero la avanzada neoliberal que simbolizan modificó profundamente la experiencia ordinaria de la vida social. Vivienda, empleo, educación, salud, ocio, prestigio e incluso vínculos afectivos fueron reescritos progresivamente en términos de mercado, rendimiento, inversión, elección y responsabilidad individual.

Esa transformación no fue solo económica. Fue moral. La persona fue invitada a entenderse como proyecto, marca, empresa de sí, cartera de competencias, perfil competitivo. La vivienda se convirtió en activo. El trabajo, en empleabilidad. La educación, en inversión. El afecto, en mercado de posibilidades. La identidad, en gestión de visibilidad. El fracaso, en déficit individual.

Zygmunt Bauman dio nombre a la textura de esa experiencia. La modernidad líquida describe un mundo donde los vínculos se vuelven provisionales, los compromisos revocables y las identidades proyectos en revisión permanente. Bauman —que no era antropólogo, pero pensó la vida cotidiana con una atención que cualquier etnógrafo reconocería— distinguía además la comunidad de la red. La comunidad precede a la persona y no se elige; la red se construye y se desmonta, contacto a contacto, con la misma lógica con la que se gestiona cualquier otra cartera. Conectar y desconectar sustituyen a pertenecer. Cuando la pertenencia misma se vuelve líquida, la promesa política de una pertenencia sólida —nación, pueblo, grandeza restaurada— adquiere un valor enorme.

Durante un tiempo, la promesa del mercado pudo sostenerse. Ofrecía una legitimidad práctica. No hacía falta amar el sistema si el sistema parecía producir movilidad, consumo, crédito o expectativa. Pero cuando la promesa se agrieta, la legitimidad institucional queda debilitada. La crisis financiera de 2008 funcionó como bisagra porque hizo visible que el mercado no era un árbitro neutral ni una máquina meritocrática. Podía fallar, rescatar a quienes habían ganado demasiado, expulsar a quienes habían obedecido demasiado y, aun así, seguir presentándose como único horizonte posible. Y a ese agrietamiento se suma otro, más silencioso y más profundo. Las mismas décadas que lo mercantilizaron todo aceleraron la degradación ambiental, mientras las emisiones globales seguían creciendo hasta alcanzar nuevos máximos históricos. También por esa vía el futuro se estrechó como horizonte creíble justo cuando el mercado lo exigía como única promesa.

En términos de antropología política, el neoliberalismo erosionó reservas de poder consensual. No eliminó la coerción ni la transacción, pero debilitó la confianza básica en el sistema. Cuando todo se mide como mercado y el mercado falla, la autoridad pierde uno de sus lenguajes de justificación. Ese vacío puede ser ocupado por formas carismáticas, punitivas o restauracionistas de legitimidad.

Aquí la noción de movimiento de revitalización resulta útil. Anthony F. C. Wallace la propuso para describir esfuerzos colectivos, deliberados y organizados de reconstrucción cultural en situaciones de crisis. No se trata simplemente de nostalgia. Se trata de recomponer un mundo que se percibe dañado, caído o robado. MAGA funciona en ese registro. Make America Great Again no es solo un eslogan electoral. Es una promesa de restitución de una plenitud perdida. Algo parecido, aunque con gramáticas distintas, ocurre cuando Milei promete cortar de raíz “la casta”, purificar el sistema mediante una motosierra simbólica y devolver a la sociedad una libertad supuestamente confiscada.

El neoliberalismo produce agravio, pero no decide su forma política. Esa forma se construye después, en otro terreno.

El bastidor empieza a mostrarse

La política siempre tuvo escena y bastidor. Erving Goffman enseñó a pensar la vida social como una gestión de impresiones, con espacios de actuación pública y espacios de preparación, cálculo, descanso o contradicción. Joshua Meyrowitz mostró después que la televisión y los medios electrónicos ya habían empezado a alterar esa separación. Algunas formas de autoridad dependían de mantener audiencias separadas y controlar quién veía qué. La televisión desordenó parte de ese equilibrio.

Watergate pertenece todavía a un mundo donde la aparición del bastidor podía ser letal. El problema no era solo que hubiera operaciones pragmáticas del poder. El problema era que esas operaciones se vieran y quedaran confrontadas con las reglas normativas de la democracia liberal. La exposición funcionaba como escándalo porque todavía existía una frontera moral suficientemente compartida.

Las plataformas cambian esa escena. No inventan el bastidor ni la manipulación, pero modifican su rendimiento público. La transgresión visible puede presentarse como autenticidad. El insulto puede leerse como franqueza. La ruptura de reglas puede convertirse en prueba de que quien lidera no pertenece al sistema. La agresión puede aparecer como valentía. La mentira puede desplazarse desde el terreno de la verificación al terreno de la lealtad.

La novedad no es que el poder tenga bastidores. La novedad es que una parte creciente del poder contemporáneo se construye mostrando el bastidor como espectáculo, midiendo la reacción y automatizando su repetición.

Ahí las plataformas no actúan como simples canales. Actúan como sistemas de recompensa. Cada transgresión puede probarse, medirse, repetirse, variarse y ajustar su tono según el eco que produce. Lo que antes exigía intuición, olfato político o aparato propagandístico pesado, ahora puede iterarse en tiempo real.

La televisión empezó a erosionar la distancia entre escena y bastidor. Las plataformas monetizaron esa erosión. La IA amenaza con automatizarla.

La transgresión cambia de signo

Frederick G. Bailey distinguía entre reglas normativas y reglas pragmáticas en el juego político. Las primeras son las que se declaran públicamente, las que permiten juzgar una acción como correcta o incorrecta. Las segundas son las que sirven para ganar. En toda política existen ambas. La estabilidad de una arena política depende, en parte, de que las personas competidoras acepten unas reglas comunes, incluso si maniobran dentro de ellas. Un campo político, en cambio, aparece cuando los grupos rivales no comparten reglas previas para regular el conflicto.

Watergate reveló reglas pragmáticas y todavía produjo sanción normativa. Esa es la clave. Nixon no cayó porque el poder fuera inocente antes de Watergate. Cayó porque la exposición pública de ciertas maniobras seguía siendo incompatible con el baremo normativo que la propia democracia estadounidense decía sostener.

En la política plataformizada, esa relación se invierte parcialmente. La revelación de la regla pragmática ya no siempre destruye. A veces confirma. Quien insulta no queda fuera del juego, sino que demuestra que no se somete a “las formas”. Quien exagera no queda desautorizado, sino que expresa una verdad emocional más profunda que la exactitud factual. Quien humilla a la prensa, a la justicia o a la oposición no necesariamente pierde legitimidad, porque su legitimidad ya no procede de respetar la arena común, sino de actuar como si esa arena estuviera corrupta.

Trump y Milei han entendido esta mutación con especial claridad. No juegan fingiendo una adhesión plena a reglas compartidas. Juegan exhibiendo que no las reconocen del todo. Sus adversarios institucionales muchas veces responden como si la arena siguiera intacta. Denuncian la infracción, señalan la norma rota, esperan que la revelación produzca sanción. Pero en un campo reordenado por plataformas, la infracción puede circular como prueba de fuerza.

La economía de la atención no premia la transgresión porque sea ideológicamente de derechas o de izquierdas. La premia porque condensa conflicto, produce reacción, obliga a tomar posición y simplifica pertenencias. La transgresión visible se convierte así en una tecnología política. No porque sea nueva, sino porque ha cambiado su tasa de retorno.

Símbolos que sobreviven al cambio de bando

El poder no circula solo mediante argumentos. Circula mediante símbolos. David Kertzer insistió en que los símbolos políticos eficaces condensan significado, admiten múltiples voces y conservan ambigüedad. No significan una sola cosa. Precisamente por eso funcionan. Permiten que públicos distintos proyecten en ellos expectativas, agravios y deseos no siempre compatibles.

Las plataformas seleccionan muy bien ese tipo de objetos. Un símbolo demasiado preciso se agota pronto. Un símbolo ambiguo, condensado y multivocal produce conversación, disputa, identificación y rechazo. No necesita resolver sus sentidos. Vive de mantenerlos abiertos.

“La casta” es un ejemplo especialmente fértil porque no pertenece de manera estable a una sola familia ideológica. En Italia, el término ganó centralidad con el libro de Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella sobre los privilegios de la clase política. En España, Podemos lo convirtió en una frontera moral durante su irrupción electoral de 2014. Años después, Milei lo rearticuló en Argentina desde un libertarianismo de derecha. Pocas pruebas mejores de eficacia simbólica que un signo capaz de pasar del antipoliticismo italiano al populismo de izquierda español y de ahí al libertarianismo argentino sin perder su fuerza de condensación.

El mismo símbolo permite decir cosas distintas. Para unas personas, “la casta” nombra la captura oligárquica de la democracia. Para otras, el Estado parasitario. Para otras, el privilegio de partidos, sindicatos, medios, universidades o burocracias. Su potencia no reside en la precisión, sino en la capacidad de organizar frustraciones heterogéneas bajo un mismo objeto enemigo.

MAGA opera de otro modo, pero con lógica parecida. La gorra roja condensa nación, nostalgia, clase, raza, masculinidad, agravio, desafío mediático y pertenencia ritual. La motosierra de Milei condensa limpieza, violencia simbólica, recorte, castigo, espectáculo y promesa de refundación. No son programas. Son dispositivos de reconocimiento.

El algoritmo no crea por sí solo esos símbolos, pero contribuye a seleccionarlos. La plataforma funciona como una criba que varía los mensajes sin descanso, mide el eco y retiene lo que circula. Lo que condensa demasiado poco no viaja. Lo que no genera disputa se apaga. Lo que no permite apropiaciones múltiples se vuelve sectario o técnico. Sobreviven los símbolos que mejor transforman ambigüedad en circulación.

El líder como redistribuidor de atención

También cambia la forma de liderazgo. La autoridad carismática ha sido pensada como una de las grandes fuentes de legitimidad política. Pero hay otra comparación útil si se maneja con cuidado. Trump o Milei no son “grandes hombres” melanesios. Sería una equivalencia torpe. Sin embargo, algunos rasgos de sus liderazgos presentan parecidos formales con el modelo big man descrito por Marshall Sahlins. Autoridad construida sobre la persona, competencia permanente, redistribución constante y dependencia de seguidores que deben ser alimentados simbólicamente una y otra vez.

En el modelo clásico, la redistribución podía ser material. Prestigio, bienes, banquetes, deudas, alianzas. En la política plataformizada, lo que se redistribuye es atención. El líder ofrece visibilidad, agravio, orgullo, insultos dirigidos, enemigos reconocibles, pequeñas victorias expresivas, sensación de pertenencia y oportunidad de participar en una épica común.

Esta redistribución no es secundaria. Es el centro. Una persona seguidora recibe algo cada vez que el líder nombra al enemigo, humilla al adversario, desafía a la prensa, rompe un protocolo o produce un gesto viral. Recibe reconocimiento indirecto. El líder parece decirle que su rabia era legítima, que su desprecio tenía fundamento, que su pérdida no era un fracaso privado, que el mundo está mal organizado y que alguien, por fin, se atreve a decirlo.

Hay un rasgo más que conviene nombrar. Esta gramática del liderazgo está fuertemente masculinizada. La competición agonística, el insulto como moneda, la exhibición de dureza, la humillación pública del rival. El repertorio entero premia una performance de masculinidad combativa que Trump, Milei o Putin encarnan con variaciones. No es que las derechas radicales carezcan de mujeres dirigentes —Meloni, Le Pen o Weidel lideran proyectos centrales en Europa—, pero incluso ellas operan dentro de una gramática que no fue escrita para ellas, y que negocian caso a caso. El modelo big man, conviene recordarlo, ya era en su contexto etnográfico un juego de hombres. La juventud, mientras tanto, aparece en estos movimientos sobre todo como audiencia y como mano de obra del meme; rara vez como liderazgo.

Por eso estos liderazgos son inestables. Necesitan producir escena constantemente. No descansan cómodamente en la institución, porque su energía procede de desafiarla. Pero, al mismo tiempo, necesitan capturar instituciones para no disolverse. De ahí la presión por controlar tribunales, modificar reglas electorales, disciplinar burocracias, colonizar medios públicos, premiar lealtades y convertir el movimiento en estructura duradera. Daron Acemoglu y James Robinson sostuvieron en Why Nations Fail que la prosperidad de las naciones depende en buena medida de instituciones inclusivas, frente a arreglos extractivos que concentran poder y riqueza. El Nobel de Economía de 2024, concedido a Acemoglu, Simon Johnson y Robinson por sus estudios sobre cómo se forman las instituciones y cómo afectan a la prosperidad, refuerza la pertinencia de ese marco para leer la captura institucional contemporánea.

El carisma de plataforma no quiere quedarse en performance. Quiere volverse régimen. Pero al institucionalizarse corre el riesgo de perder la exterioridad que lo alimenta. Esa tensión explica mucho de la política contemporánea.

Del perímetro cerrado a la automatización

Robert Carneiro propuso que la guerra no centraliza siempre el poder. Muchas veces dispersa. Solo bajo condiciones de circunscripción, cuando no hay salida fácil, el conflicto puede producir subordinación y centralización. La analogía con el presente digital no debe ser literal, pero ilumina una diferencia importante entre dos olas tecnológicas.

El primer internet se experimentó como expansión. Páginas, foros, blogs, listas, comunidades dispersas, navegación abierta. Había conflicto, por supuesto, pero el territorio parecía crecer. La internet de plataformas cerró buena parte de ese perímetro. La vida social, laboral, informativa, afectiva y política empezó a concentrarse en unos pocos espacios privados de circulación masiva.

Y ese perímetro tiene dueños, pocos y con nombre. Meta concentra Facebook, Instagram y WhatsApp. Alphabet posee YouTube. X pertenece a Elon Musk. TikTok opera en Estados Unidos, desde enero de 2026, bajo una joint venture de mayoría estadounidense —Oracle, Silver Lake y el fondo emiratí MGX— impulsada por el nuevo marco político y regulatorio estadounidense, con ByteDance reducida a menos del veinte por ciento. La concentración no se detiene en las plataformas. Grandes fortunas han comprado también la prensa de referencia. Jeff Bezos adquirió el Washington Post en 2013; y la órbita Ellison, vinculada a Oracle en el acuerdo de TikTok, ocupa también una posición decisiva en Paramount Skydance, propietaria de CBS. El espacio donde se forma la opinión pública no solo está circunscrito. Está en manos de un puñado de actores con intereses propios y relaciones directas con el poder político.

En un espacio comunicativo circunscrito, el conflicto no se dispersa igual. Se acumula. Se intensifica. Se vuelve visible para públicos que antes podían no encontrarse. Las plataformas juntan escalas que antes estaban separadas. La conversación íntima, la identidad pública, la campaña electoral, el entretenimiento, la humillación, el consumo y la reputación profesional pasan por infraestructuras parecidas, a veces por la misma pantalla.

Ese cierre del perímetro ayuda a explicar por qué la ola del ordenador personal y de la web temprana fue más gradual y discreta en términos políticos, mientras que la ola smartphone-redes-plataformas produjo una aceleración afectiva mucho más brusca. No es que antes no hubiera tecnología. Es que el campo no estaba igual de concentrado, medido, optimizado ni apropiado.

La inteligencia artificial entra al final de este proceso, no al principio. No inaugura la transformación, la industrializa. Si las plataformas convirtieron el conflicto en engagement, la IA convierte el engagement en producción política automatizada.

Puede generar consignas, imágenes, respuestas, vídeos, segmentaciones, estilos, traducciones culturales, simulaciones de cercanía y variaciones infinitas de un mismo agravio. Puede adaptar símbolos a públicos distintos sin resolver su ambigüedad. Puede sostener comunidades artificialmente activas. Puede acelerar la fabricación de enemigos y la personalización de promesas.

El peligro no es solo la desinformación entendida como falsedad. Es la producción continua de mundos habitables para el agravio. Mundos donde cada persona recibe señales de que su malestar tiene forma, enemigo, relato y líder.

Lo que cambió no fue que la política descubriera el engaño, la transgresión o el símbolo. Lo que cambió fue el campo donde esas operaciones se recompensan. En la política de Watergate, mostrar el bastidor podía destruir una presidencia. En la política de plataformas, mostrarlo puede producir autenticidad, pertenencia y ventaja electoral. La IA no inaugura esa inversión. La industrializa.

Referencias

Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty. New York: Crown Business.

Bailey, F. G. (1969). Stratagems and Spoils: A Social Anthropology of Politics. Oxford: Basil Blackwell.

Bauman, Z. (2000). Liquid Modernity. Cambridge: Polity Press. Ed. esp.: Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2002.

Carneiro, R. L. (1970). “A Theory of the Origin of the State”. Science, 169(3947), 733–738. https://doi.org/10.1126/science.169.3947.733

Goffman, E. (1956/1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Edinburgh: University of Edinburgh, Social Sciences Research Centre / New York: Doubleday Anchor Books.

Kertzer, D. I. (1988). Ritual, Politics, and Power. New Haven: Yale University Press.

Meyrowitz, J. (1985). No Sense of Place: The Impact of Electronic Media on Social Behavior. New York: Oxford University Press.

Rizzo, S., & Stella, G. A. (2007). La casta. Così i politici italiani sono diventati intoccabili. Milán: Rizzoli.

Sahlins, M. D. (1963). “Poor Man, Rich Man, Big-Man, Chief: Political Types in Melanesia and Polynesia”. Comparative Studies in Society and History, 5(3), 285–303.

Wallace, A. F. C. (1956). “Revitalization Movements”. American Anthropologist, 58(2), 264–281. https://doi.org/10.1525/aa.1956.58.2.02a00040

Vídeo breve

Vídeo breve generado a partir de este ensayo sobre cómo la transgresión visible pasó de escándalo a infraestructura de poder.